El primer escenario podría ser la calzada de Tlalpan, o más bien algún hotelito de la calzada de Tlalpan, con todo y su furgón de metro anaranjado repleto de gente; los gritos a la salida de la estación, las humeantes y olorosas carnitas de suadero al pie de la calle, el ruido del ir y venir de los autos, el claxon insultante recibido por algún iluso que pretendió pasar del carril de baja al de alta, ( ese que va pegadito a las vías del metro)
La parejita que haciéndose la despistada, se aproxima al mencionado hotel: ella
definitivamente mas resuelta, con un vestido ceñido a las caderas, madurita, tal ves
rondando los 40, las carnes firmes, aunque el orgullo ligeramente magullado, la
sonrisa aun así, velada por cierto temor que no alcanzó a dejar en la pesera.
Él, definitivamente más nervioso que ella, cuarentón también a luces vistas, inquieto,
inquisidor, imaginando cruzarse con algún otro peatón conocido; el paso acelerado con el afán de perderse pronto entre aquellas paredes; el brazo que ella tiende hacia él, y que él, discretamente (para no herir susceptibilidades), logra zafarse en el mejor de los lances, una especie de “chicuelina”.
El segundo escenario, podría estar ya dentro del hotel Cibeles, con todo el nombre
completo, y el pasillo ligeramente iluminado; alguna pareja que cumplió ya con sus 30
minutos de faena; él, ahora si ya dueño del momento, seguro, sosteniendo a la dama por el talle, el pecho echado pa’delante (el de él). Ella, ya no tan resuelta, como preguntándose, ¿y si mi marido se entera? Pero él está ya concluyendo el trato, 650 pesos el día, o 200 la tarde. Nadie les indica la habitación, nadie les pregunta por el equipaje, solos, enmudecidos como siempre que se sube uno al elevador mirando los números uno a uno; se abre la puerta; como autómatas caminan por un pasillo silencioso y vacío. Miran de reojo el número 214 y cómplices como han sido hasta ahora sonríen y entran.
El tercer escenario, podría ser inmediatamente al traspasar la puerta; cuando ella enciende las luces, y él piensa (esta pinche vieja ya estuvo aquí, dio luego, luego con el apagador), pero recapacita al pensar que los arquitectos, todos ellos, han acordado ciertos estándares.
Este tercer escenario no es precisamente apto para menores, ustedes saben: el
cachondeo, y los jadeos, los besos apasionados que quieren aprisionar aquel momento, el abrazo desesperado y los botones cediendo, una camisa por este lado, unos calzones por este otro, los calcetines por aquí, las pantaletas por allá, las medias, las miradas de reojo, ¿celulitis? una poca alrededor de las caderas.
--No pensé que estuviera tan panzón-- en la mente de ella.
Afuera, el zumbido del tren que por esta zona se hunde en la tierra, penetra cual largo
es, en el túnel que ha de llevarlo al centro de la ciudad, portales, san Antonio abad,
chabacano, Pino Suárez. Y los gritos de los vendedores dentro del furgón, y las voces
altaneras de los que van empujando, y las carreras de uno y otro lado, y el jadeo incesante y a ratos desentonado.
Ese podría ser entonces el tercer escenario.
El cuarto escenario viene cuando él se llega, (a algunos habrá que explicarles: que llega cuando él, …en fin) cae sobre él, todo el sentimiento de culpa y remordimiento:
(que chingados ando haciendo aquí), (y mi chepita, tan buena). Entonces, recostados,
pegados uno al otro, ella mas bien que el otro, con aquella culpa que lo inunda todo, que cae como una loza pesada y sucia; la mano que recorre con ternura la panza, que retuerce los vellos del pecho (los de él, se entiende), el silencio que en aquellos trances, no sabe como ser discreto, y que en vez de quedarse dormido, como ellos, comienza a hurgar entre los recovecos, -- si la chepita lo supiera-- --si mi marido se entera— en uno y otro lado.
Este podría ser entonces el cuarto escenario (la parte trágica del cuento) o en el caso del cine, el momento cuando a los amantes hacen un acercamiento en cuadro y poco a poco lo van desvaneciendo.
El quinto escenario podría llevarse a cabo en el baño, el agua pura y cristalina que se
encarga, --Dios sabe con que milagro-- de lavar conciencias y no sólo cuerpos. Esa mujer hasta hace unos momentos ajena, ese hombre al que jamás imaginaste compartirle tus secretos, la espalda con algún barrito indiscreto que como tope provoca que la mano se detenga mientras la cubre con el jabón, los besos de nuevo apasionados, las manos que lo empiezan a recorrer todo de nuevo, los abrazos, el entre cuerpo a cuerpo, el agua que sigue limpiando las conciencias. --Órale, si también así se puede— (le diré a mi Chepita que lo vi por Internet). Las toallas blancas cubriendo los cuerpos, el aroma que se desprende de ellos, -a jabón chiquito-, jardines de California o rosa Venus, según me cuentan los avezados en ello.
El sexto escenario podría ser aun en la habitación; mientras ella se viste despacio. Él corre un pelín las persianas y desde allí, se asoma con vista a la calzada, es todavía temprano, alrededor de las 6, sin embargo este horario de invierno deja caer ya la nostalgia y la melancolía que envolverá está tarde la inminente despedida. Raudo, el metro iluminado deja tras de si el suspiro de todos los que ansiosos emprenden el retorno a casa, mientras a los lados, huyendo también del centro, con lentitud, microbuses, peseras y autos, con caras y almas aburridas dentro de ellos.
Para aventura no estuvo mal, después de todo es un hombre, no podía negarse toda la vida a tales coqueteos, --la carne es débil—se justifica, además no soy ni el ultimo, ni el
primero.--Chepita la dueña de mis quincenas, la madre de mis hijos, la abnegada que como ahora, siempre espera.--
Acomoda su corbata, toma un dulce de menta, --de esos que dicen que en estas habitaciones siempre dejan—
El séptimo escenario, (y para aquellos que estén fastidiados, debo aclarar que estamos ya prontos al desenlace) el séptimo, repito, podría ser ya fuera del hotel, el Cibeles, les recuerdo, (aunque las tarifas no se si sean actuales). Ella se ha ido ya en un taxi que él muy gentil solicitó. Nuevamente, el ruido ensordecedor del metro al rodar por las rieles, el sonido inconfundible a frenos de aire, confundidos por los motores a diesel y a gasolina, el claxon insistente, las aceleradas y el rechinido de llantas, los tianguistas que poco a poco retiran sus mercancías, los tacos de suadero, buche y nenepil ricamente iluminados con focos de 100 y 60.
Aun faltan 3 horas para emprender el regreso a casa, habrá que volver un rato más a la oficina por aquello de guardar las apariencias.
El octavo escenario se desarrolla allá por Satélite, también en algún hotelito aislado, -- la Chepita—(la muy cabrona) ha abordado ya el taxi que le han solicitado, y en el camino, va pensando en como indicarle a su marido --que se la vive trabajando—las nuevas posiciones que le han enseñado.
Diciembre, 2002
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