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Inicio / Cuenteros Locales / FENIXABSOLUTO / UNA PEQUEÑA GRAN MADRE

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UNA PEQUEÑA GRAN MADRE


Los primeros en huir fueron los drogadictos y los ladronzuelos, pero los mendigos se resistieron a desalojar el ruinoso edificio que los albergó por años, mas la orden del alcalde fue la de dejar limpio aquel lugar, que alguna vez fuera el cuartel principal del honorable cuerpo de bomberos de la cuidad. Luego de prometerles tres comidas diarias y una cama limpia en un albergue municipal, los indigentes abordaron el camión que los llevaría a su nuevo hogar, solo entonces, los obreros empezaron a destapiar los ventanales y la gran puerta levadiza de emergencias, penetrando así, la intensa luz de la mañana a cada rincón del hasta entonces lóbrego edificio; lo que provocó que docenas de ratas que se escondían dentro, fugaran velozmente con dirección a las alcantarillas de la calle.

Sólo una rata no se espantó ante tanto fulgor y bullicio, y aunque sus instintos de supervivencia le gritaban que corriera tras la huella de sus semejantes; más fuerte gritó su instinto maternal, que la hizo permanecer oculta tras unas llantas viejas, en su nido junto a sus ocho crías recién nacidas.

Entre los intersticios de su escondite, la rata pudo observar a aquellos hombres de uniforme blanco, con martillos, escobas, palas y carretillas, movilizándose por todos lados, llevando la basura y los muebles viejos hacía la calle, mientras discutían sobre el resultado del partido de fútbol de la noche anterior.

La madre entonces, miró con preocupación como poco a poco el edificio quedaba limpio y vacío; y cada vez más cerca a los obreros aproximándose al lugar donde estaba con sus bebés. Pareció comprender, que cuando llegaran al nidal, los matarían sin piedad.

Los ocho Vástagos inconscientes del peligro, mamaban las ubres de su madre, mientras esta se preparaba, cual fiera salvaje, a arrojarse contra el primero que se atreviese hacerles daño.

Uno de los hombres empezó a desbaratar la pila de llantas donde se ocultaban y al verse imposibilitada de escapar junto con sus crías; la rata se precipitó como un rayo saltando sobre el hombro del obrero para poder morderlo, sin embargo, este con rápidos reflejos se la sacó de encima y no pudo lograr su cometido. La rata intentó contraatacar nuevamente, sin importarle el tamaño de su rival, lanzándose esta vez con su menudo cuerpo, contra el pie protegido con bota de cuero, mas éste, no tuvo ningún problema en patearla lejos, mientras llamaba a sus compañeros para que lo ayudaran a deshacerse de la pequeña amenaza. La madre entonces, pareció entender que era inútil seguir defendiendo de ese modo el nidal; entonces, desfiló su gris y peludo cuerpo por el borde inferior de las paredes, para que todos los hombres se percatasen de su presencia y la siguieran, logrando así alejarlos de sus bebés.

Los hombres gritaban y se reían siguiéndola con las escobas en la mano y lanzándole piedras que ella ágilmente esquivaba hasta que pudo refugiarse bajo el chasis desmantelado de uno de los viejos camiones de bombero que aún no habían sacado fuera del edificio.

Armados con escobas y palas, los villanos golpeaban una y otra vez el metal del chasis, pretendiendo obligar a salir al animal para poder molerlo a golpes, pero la rata se sintió segura dentro y no salió por más ruido que estos hicieron.

En esa adversidad, mientras se frotaba con la lengua una de sus patas ligeramente lastimada, la rata parecía meditar el por qué los hombres las odiaban y miraban con tanto asco... ¿sería que no soportaban la competencia? ¿o sería tal vez que veían reflejados en ellas su verdadera naturaleza viciosa despreciable y salvaje?, sea cual fuera la verdadera razón, la rata recordó que aquellos hombres que solían morar el edificio abandonado, si toleraban convivir pacíficamente con ellas, y comprendió que esos individuos eran sus verdaderos semejantes, porque los drogadictos, alcohólicos, ladronzuelos y mendigos, también eran rechazados y marginados por su propia sociedad.

La madre, dejó de filosofar y empezó a atribularse pensando en sus pequeños. Por un instante creyó que solo debía esperar tranquila, protegida y oculta en los fierros, a que los obreros se cansaran y se marcharan, para poder luego reencontrarse con sus hijos, pero entonces, un potente chorro de agua proveniente de una antigua manguera contra incendios que uno de los hombres sujetaba, empezó a inundar la chatarra y al no tener otra opción, salió desesperada por un rincón. Solo alcanzó a correr un par de metros rumbo a su nido cuando un escobazo propinado por uno de los villanos, hizo más lento su escape; luego vino el segundo impacto que rompió sus costillas y la hizo convulsionarse de dolor. Emitiendo chillidos de sufrimiento, continuó avanzando siempre hacia el nidal, hasta que dos fuertes golpes con pala le quebraron el espinazo y la cabeza. En tanto, los hombres celebraban eufóricos.

Agonizante, estiró las patas y su mirada quedó perdida en dirección al cúmulo de llantas. Tras el muro de caucho, las ocho ratitas aún llamaban llorando a su mamá.

Texto agregado el 10-05-2006, y leído por 66 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
2008-03-02 18:10:07 Excelente. Bueno y cuidado cuento. daywaskya
2008-01-07 23:00:52 Nunca se me ocurrio pensar en las ratas sino como ratas. Pero esta idea genial de presentarla como una parte de la crecion; no una parte cualquiera, la mas importante, la madre, merece mis elogios. Llevate tus estrellas. ouacosta
2007-11-04 02:55:22 Gracias por tu invitación, al azar seleccioné esta magnifica creacion que nos regalaste. Admiro la sensibilidad y la sencillez en tu relato. Mil estrellas okutany
2007-08-13 06:03:06 Odio las ratas, pero me hiciste sentir lastima por aquella, me hiciste reflexionar tambien cuando dices que los hombres solemos ser ratas, y tienes razon, Felicidades 5* losergirl
2006-08-17 06:12:52 Hiciste que mientras leia tu cuento me olvidara de que no me gustan las ratas. Felicitaciones yulym
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