En lo alto de las montañas frías,
en los ojos de mi cordillera querida
Hallé un sol naciente abrupto
que todo lo quemaba, así, desnudo.
Qué hambre vi yo en esos montañosos labios
cansados de hiel en forma de llanto
nunca amados, la soledad eterna les baila
mientras el pasivo silencio les canta.
Aquí es, donde los ángeles no alcanzan
y los demonios temen también morir en la hazaña.
Tú, un dédalo interminable de tristeza
en ti los años han espolvoreado escarcha con destreza
¿Por qué lloras mi eterna cordillera?
Tú, magnánima, que blanqueas,
que limpias y bañas de tu pureza todo
ígnota en amargos días nublados
Seniles mujeres de la mano en una ronda
En una cadena interminable de blancura
Perdóname si te ofendo, pero de ti déjame libar
tu sangre pura, un cristal amorfo que ansío probar. |