En cierta ocasión dos muchachos paseaban por los campos de Albalate. Conversaban animadamente y observaban cómo los viñedos exhibían su fruto sazonado y colorido. Las uvas de tonos dorados, blancos, ocres o negro azulados aparecían medio escondidas entre pámpanos verdes. Eran tiempos de extrema carencia y todo se controlaba con celo, pero la tentación de probar la fruta era fuerte. Sabían que si eran vistos tomando algo que no era suyo, podrían ser multados, amén del agravio a que serían sometidos y la regañina de padres y maestro.
No obstante, estaban lejos del pueblo y el riesgo de ser vistos no era mucho. Una hermosa viña más a la vera del camino y los chavales decidieron que de allí ya no pasaban. Había tantas uvas que, las que pudieran comer, no se notaría y, además, juzgaron que la falta no era grave.
Gustaban los frutos con deleite y platicaban: “Esta es garnacha y esta cencibel, a mí me gustan las negras, a mí las de moscatel.”
Estaban sentados debajo de un cerezo y al levantarse quedaron petrificados. Allí mismo, detrás de un ribazo, estaba el tío Balbino. Era el guarda rural y, sin lugar a dudas, los había espiado y ahora cumpliría la ley.
-Buenas tardes, chicos. ¿Están buenas las uvas?
No cabía duda. Diez pesetas de multa a cada uno y a pedir perdón al dueño. El azoramiento y recelo de los chavales era tal que escondían la mirada y no atinaban a decir palabra.
-¿Es que estáis sordos o es que os ha comido la lengua un gato?
La situación empeoraba. Habría que mirar al hombre y decir algo.
-No, si las uvas no están malas...
El tiempo parecía no pasar y el desamparo y orfandad de los zagales era evidente. De pronto, les pareció (¿o estaban soñando?) que el guarda se dirigía a uno de ellos y preguntaba:
-¿Tú sabías que esta viña es de tu padre?
No, no estaban soñando. El guarda había pronunciado estas palabras. Los muchachos respiraron, sonrieron y pensaron que tenían mucha suerte. Entonces el preguntado se estiró, sacó pecho y contestó con aplomo y cierto orgullo:
-No, no señor, no lo sabía, pero lo sospechaba, pues esta viña está tan primorosamente labrada como labra mi padre y estas uvas son tan ricas como las que lleva a casa.
(Añadir, si acaso, que el dueño de aquella viña era el padre de quien escribe este relato. Uno de los mejores labradores de la comarca.)
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