El niño había levantó la colcha de su cama, que arrastraba hasta el suelo; buscaba un juguete perdido desde hace días, pero algo de figura espantosa y expresión inenarrable lo alejó de allí.
-Hay monstruo, mamá, hay un monstruo mamá –vociferó el chiquillo con desesperación-. Debajo de la cama, míralo.
La madre, en el pasillo echaba un poco de agua a los macetones adosados a la pared.
-En un rato cenaremos hijo –contestó la madre, saliéndose por la tangente-. Recuerda que tu primo Luisito va a venir, para acompañarnos, no tarda mucho, espérate.
El monstruo salió de debajo de la cama. Era morado. No sabemos si tenía ese color por una improbable envidia cuando fue un monstruo-bebe o un monstruo-joven, o lo adquirió en la etapa más reciente de su monstruosa vida. Verdad es que su gigantesco puerco (perdón, cuerpo) abarcaba más menos dos metros de ancho y podía rozar con sus pelos ralos el techo pintado de azul con estrellitas amarillas (diseñado así para procurar el mejor descanso del niño). Aquellos ojos harto espaciados el uno del otro, aceitunados, de tamaño gigantesco, le concedían un aspecto infame. Por las orejas (o dos pequeños apéndices que eso asemejban) salía una especie de sumo azufroso, el cual hizo caer una estrella de aquel cielo artificial.
-Mamá –vociferó aún con mayor brío el niño-. El monstruo me va a comer.
En ese momento llegaba la visita esperada: el primo Luis, quien saludó a su tía, avanzó con celeridad por el pasillo, y al detenerse bajo el umbral de la puerta, observó con que apetito el monstruo, de un gran bocado, se comió a su primo.
No es curioso que los monstruos salgan de debajo de las camas para comer niños, mucho menos en tiempos de hambruna. |