Aun no me acostumbro a ver las casas dolidas en mi querida Falluja, con las paredes caídas donde los proyectiles fueron mandados a doblegar figuras y certezas, con los árboles moribundos, acostados, dormidos a la fuerza junto a los faroles que alumbraban la esquina. Igual, hoy acepté acompañar a mi padre y a dos de sus amigos a conseguir tabaco para el abuelo. Desde que vi esos camiones dejando huellas por donde pasaban, y merodeando mi barrio, rugiendo y disparando a merced, no fui capaz de salir a la calle. El miedo tiene unas patas muy largas y rápidas, y tiene ayuda desde el cielo que tiran bombas cada vez más precisas. Parece que lo disfrutan, como si el pecho se les cierra y dejamos de ser personas. Se siente muy profundo y certero cuando el peligro está latente, no hay duda, no hay tiempo. No solo yo tengo miedo, es un miedo colectivo, donde en las miradas las pupilas inmensas nos delataban sin pudor. Mi papa y sus dos amigos también tienen miedo. El miedo se llevó las aves, ni los gallos cantan, pero parece que los mosquitos se alimentan de miedo. Al menos así me acostumbré a pensar luego de noches de insomnio crónico. En el camino en busca del tabaco yo me sentí mas seguro junto a mi pa, después de todo él era quien llevaba la bandera blanca en señal de paz. Yo no reconocí nada, lo observé sin mirar, con demasiado miedo para recordar lugares conocidos, con el pánico acentuando mi necesidad de concentrarme en el presente, en un estado de alerta absoluto. Hoy salí solo porque me lo pidió mi abuelo, acá la edad no cuenta, todos somos un número. Trivialidades se vuelven propósitos para no perder la costumbre de soñar, darle de beber a la esperanza cucharadas de fe. Hoy nos levantamos con una meta alcanzable, palpable, y sobretodo neutral, que creo es lo que ellos quieren. No sé, puedo estar equivocado, ya que minutos después, a cinco minutos de casa los gritos de las balas me echaron a correr lo mas rápido que he corrido en mi vida, cada vez mas rápido, cada vez mas lejos del tabaco para el abuelo. |