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Inicio / Cuenteros Locales / cepon / En el Desierto de Lahm

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En la parte central de Thalis del Norte existe un desierto árido extensísimo. De mucho tiempo atrás era la barrera infranqueable en donde detenía su paso la marcha progresiva de la civilización. Confina con las montañas de Sierra Amatus y las de Kabrast, al norte por el río Lownot, y al sur por el Rodolt, aquella región parece ser el reino de la desolación y del silencio. A elevadas montañas cubiertas de nieve se suceden valles tristes y sombríos; tan pronto se encuentran anchurosos rios que se deshacen en cascadas entre angostas gargantas, como llanuras inmensas que se pierden en el horizonte, blancas durante el invierno, que las cubre de nieve, y brumosas durante el verano, por el polvo alcalino que por elas se eleva; pero siempre estéril, siempre desolación, siempre soledad… Se diría la región de la desesperación. No se ve ni un solo ser humano. De vez en cuando, el buitre que se cierne, y el oso que torpemente husmea de aquí para allá, buscando su alimento, son los únicos seres vivientes dueños de aquel paraje.
No es posible que haya en el mundo un paisaje màs melancólico y triste que el de Sierra Amatus, en su vertiente, en su vertiente sur. Se pierde de vista aquella llanura inmensa, tapizada de extensas placas alcalinas, sin que nada se atreva a perder la monotonía de su blancura, más que alguna que otra planta exótica. En el horizonte se esfuma una larga cadena de montañas de escarpados y elevados picachos. Parece que la vida no ha llegado hasta allí; no se ve ni un pájaro que cruce el azul del cielo, ni señal de que planta humana haya hollado el gris de su suelo, y siempre y por todas partes el silencio más profundo…, un silencio que hiela la sangre en las venas. ¿Pero no hay vestigio alguno de seres humanos? Si se contempla desde lo alto de Sierra Amatus la llanura que arranca de su falda, se distinguirá sin gran esfuerzo un camino que se pierde en el horizonte, después de serpentear por el desierto. Y un surco del continuo pasar de ruedas; han formado y seguido aquel sendero muchos aventureros… Aquí y allá, osamentas –sobre cuya blancura se rompen los rayos solares–, las unas grandes y deformes, las otras pequeñas, fragmentos de bestias, esqueletos humanos…
En una longitud de 1,500 millas no se encuentran más que los restos que indican el paso de misteriosas caravanas.
El 4 de mayo 2847, un viajero solitario contemplaba desde lo alto de una de aquellas cimas la desolación y la soledad del paisaje… Difícilmente podría fijarse su edad en veinte, treinta años; ¿Quién sabe? Delgado, de rasgos energéticos, de tez amarillenta, cuello largo y apergaminado, algunas blancas hebras se perdían en la revuelta mata de pelo de su cabeza e hirsuta barba.
Los ojos eran negros, en los que se veía brillar una vida intensa. Su descarnada mano semejaba la de un esqueleto, y con ella oprimía un fusil. Para sostenerse necesitaba apoyarse en el arma, y, sin embargo, parecía, por su elevada estatura y la energía de sus movimientos, ser fuerte, vigoroso y ágil… Pero su delgadez, las prendas de vestir que cubrían sus huesos descarnados, indicaban claramente que aquel hombre moría de hambre y sed.
Anduvo, subió, bajó, con la esperanza siempre de encontrar el deseado manantial; pero nada, nada encontró. Extendió su vista, y ni un árbol, ni una planta siquiera que delatase agua, ni un mal charco… Siempre igual, siempre la inmensidad de la llanura de sal, y en el horizonte las eternas montañas, como barrera infranqueable. Estaba en el desierto, y era preciso perder toda esperanza. En vano miraba ávidamente de norte a sur, de este a oeste… Había llegado el término de su viaje, y no le quedaba otro remedio que esperar la muerte sobre esa escarpada roca. “¿Y porqué no? –se dijo, sentándose desfallecido sobre el pedrusco–. ¿Qué más da morir aquí que en una mullida cama?”
Cuando se hubo sentado, los ojos del hombre clavaron su mirada en tres puntos negros que se divisaban en el horizonte y que rápidamente iban agrandándose. Eran tres grandes buitres que empezaron a describir círculos sobre el viajero y acabaron parándose en una roca no lejana. Aquellos pajarracos de negro plumaje eran el presagio de la muerte.


Texto agregado el 23-05-2006, y leído por 57 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2007-03-13 05:01:22 Hola =) no lo leii pero = x lo ke me dijo el gino esta wena xDD! ia xauu posteeame xDD! Javii
2007-03-12 03:30:09 gracias cepon por esta historia :D continúala porfavor! gino
 
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