El polvo de la calle formaba una columna hasta el cielo, que poco a poco se dividía hasta desvanecerse. Empezó a oírse el choque de unos zapatos contra el suelo; la gente temía y evitaba ver detrás de la polvareda que el viento había levantado. Pero era imposible resistir la curiosidad y era imposible no dejarse llevar por ella. Uno a uno, los transeúntes voltearon hacia allá y los pasajeros de autos y camiones dirigieron sus ojos hacia el polvo, casi invisible ya.
Y entonces… lo vieron; ese extraño tipo todo vestido de negro y desarreglado, bestia errante en este mundo de humanos, extraño y enigmático a la vez.
De pronto, todo calló. Pareciera que el mundo se hubiese detenido ante la presencia de aquel sujeto. Callaron las aves, los animales y las personas, que minutos antes trabajaban, permanecían ahora quietos como la calma de la noche y el silencio del alma.
Él, distante y sin importarle la curiosidad del mundo que lo rodeaba, siguió su paso a un ritmo tranquilo, y frente a todos aquellos que lo veían como rareza. El aire quedó impregnado con su silencio y frialdad, y la respiración de la gente se detuvo, y sus corazones dejaron de latir, sus risas y bullerías cesaron.
Una vieja, que lavaba ropa al aire libre, se llevó la mano al rostro y se persignó. Luego dijo con voz apagada:
-¡Santo Dios! Ese hombre es el demonio.
Dicho eso dejó la canasta repleta de ropa y se apresuró a llegar a la puerta de su casa, abriéndola con rapidez y miedo.
Mientras tanto, el hombre extraño ya se había alejado de ahí.
La gente volvió entonces a sus mismas labores, que siempre habían llenado su monótona existencia. Nunca nadie volvió a ver a ese ser extraño y nunca se supo si era ángel o demonio; si estaba vivo o muerto; si era humano o la reencarnación de un animal.
Pero el recuerdo del misterio que lo rodeaba aun vive en las memorias de todos los que presenciaron la escena, tan aterradora y hechizante de aquel sujeto, que tan tranquilamente caminaba por las calles e hipnotizó al mundo.
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