PADRE, HIJO, BURRO Y MACHO
Se labraba con arado romano. La familia contaba con dos caballerías de las que se valían para llevar a cabo las labores que requería su exigua, pero bien trabajada hacienda. El labriego, hombre fornido, de anchas y arqueadas espaldas, ya rondaba los cincuenta. La senda del tiempo, pero sobre todo el trabajo y el sudor, habían dejado en su rostro regueros de arrugas y trazas de negrura. Como casi todas las gentes del campo, era persona seria, formal, abnegada. Contenido en el decir, pero ducho en el hacer, se preocupaba menos del mañana, si las tareas diarias de barbecho, abonado o sementera, quedaban terminadas y bien realizadas. Se hacía acompañar por su hijo, un recio mozalbete de apenas quince años, que ya apuntaba formas de gañán. El muchacho era algo rudo, pero noble y bueno. Quizá un poco menos trabajador que el padre, aunque esta apreciación pudiera deberse a que el joven aún no estaba curtido en el duro trabajo de la azada, la hoz y el arado. Había dejado antes de tiempo la escuela porque decía que no le entraban las letras, que lo que a él le gustaba era ser labrador como su padre.
Antes, don Vicente, que a la sazón era el maestro del pueblo, había dicho a su progenitor:
-Mire usted, el chico pone voluntad, pero le aseguro que sus entendederas no dan para mucho. Mi experiencia me hace certificar que ni un milagro será capaz de hacerle conocer, ni siquiera medianamente, la lengua del Manco de Lepanto y mucho menos escribirla. Digo así mismo que es de todo imposible adentrarlo en el proceloso mundo de la matemática o la física. En pocas palabras, que para asunto de estudios, el zagal tiene yerma la sesera.
El atribulado padre, que siempre soñó con que su hijo fuera hombre de buen saber, quedó absorto ante el dictamen del maestro. Apenas si en alguna ocasión había oído pronunciar las palabras “matemática o física”. Mucho menos sabía quién era el “manco” del que el profesor hablaba. Pero el labriego, que a pesar de todo no era lerdo, entendió el discurso del experto.
Hubo reunión y consenso de familia y con el beneplácito del muchacho, se decidió que el mozalbete sería labrador de profesión.
Al fin y al cabo era un digno trabajo. Eso hacía el padre y eso mismo hizo su abuelo y demás antepasados.
Durante largo tiempo, el padre le impartió sabios consejos sobre labores agrícolas. Y todos los días al final de las enseñanzas, el labriego concluía con la misma frase. Sentenciaba:
-Y no olvides nunca, hijo mío, que el trabajo es lo primero.
Aquel día, como tantos otros, padre e hijo se hallaban roturando el rocho que poseían en una ladera del paraje Choza de Chamín. Los animales, un burro y un macho mular, atados por el yugo, tiraban del arado que el padre sujetaba con firmeza. Lo empujaba fuertemente, apuntando con su reja hacia las entrañas de la tierra. La jornada estaba siendo larga y dura y las bestias estaban agotadas.
-Arre, burro; arre, macho, –había gritado incansablemente el labrador durante todo el día. A veces, el campesino asía una vara de olivo y golpeaba a las caballerías para que aligeraran el paso, repitiendo:
-Arre, burro; arre, macho.
El muchacho pensaba que era demasiado. Que las pobres bestias bastante hacían con estar sometidas de sol a sol, al brutal trabajo, como para que, además, fueran maltratadas con aquel palo.
En el descanso de la merienda, ya atardecido, el hijo hizo llegar al padre esta consideración.
El padre, seguro de poseer el bien y la verdad y con la gravedad que exigía el caso así habló:
-Hijo mío, estos animales son para mí un todo. Los quiero casi tanto como a ti. Si no fuera por que eres mi hijo, diría que más que a ti. Sobre todo al borrico, que ya estaba conmigo desde antes que nacieras tú, y que el pobre, por viejo, apenas si puede arrastrar las herraduras. Solo su nobleza y corazón le hacen no rendirse ante la fuerza y la juventud del mulo. Pero el trabajo es lo primero y las faenas hay que terminarlas. De vez en cuando, hay que darles con la vara para que se reanimen. Los animales han de saber que el día no ha terminado y que hay que seguir en la brega. Como habrás observado, no los golpeo fuerte. Lo preciso, para que no se tumben. Además esta noche, en compensación, se encontrarán con doble ración de cebada en el pesebre de la cuadra.
El joven escuchaba con venerable atención y se decía que tendría que ser así. Que su padre llevaría razón y que aunque las caballerías sufrieran un poco, ello quedaba compensado por la doble ración de pienso que encontrarían a la noche. El trabajo es lo primero, había dicho mil veces su padre. Así que si fuera menester, él también golpearía a las acémilas, con tal de que la faena quedara terminada a su debido tiempo.
Acabada la merienda, los labriegos se dispusieron a reiniciar la faena, pero, al acercarse a la yunta, vieron con estupor que el pollino yacía tumbado en el suelo y que al reclamo de sus voces, éste no se movía. El corazón del viejo animal se había cansado de latir. El burro había muerto.
Al veterano labrador le resbalaban por las mejillas lágrimas de dolor que al contacto con el polvo y el sudor, se convertían en pequeñas bolitas grises y sucias. Éstas surcaban sus mejillas y se amontonaban al borde del cuello de la camisa, que aquella mañana se había puesto limpia, planchada y con olor a lejía. Arrodillado junto al pollino, se santiguaba y sus labios musitaban plegarias.
El hijo, entre asustado y conmovido, apoyó una mano en la cabeza del progenie y musitó:
-Padre, que no es persona, que es un asno.
Levantó la vista el campesino, miró al cielo y con voz firme, cual si fuera inequívoca sentencia, proclamó:
-Estoy seguro hijo mío, que Dios existe. Y si Dios existe, necesariamente tuvo que hacer un alma para mi burro, de la misma manera que la hizo para ti y para mí.
Después de una pausa apuntó:
-Pero, ¿nunca te diste cuenta? El burro hablaba igual que las personas. Bueno, quiero decir, que a veces, el burro me miraba e intentaba hablar y como no le salían las palabras se sentía nervioso y por eso rebuznaba. Pero, hijo mío, yo lo entendía siempre. Y él también a mí. -Hizo un paréntesis y añadió-: A este burro hay que hacerle un entierro, como si de persona se tratara.
El muchacho quedó preocupado, pensando por un momento que su padre pretendía enterrar al jumento en el propio Campo Santo de Albalate; se tranquilizó cuando lo oyó continuar:
-Acércate a aquellos almendros y con sus flores y ramas, con el máximo esmero, da forma a una corona. Pon tanto cuidado como si el destinatario de la ofrenda fuera tu padre. Haz también una cruz con un par de ramas fuertes. Mientras tanto, en la linde de la finca y al abrigo del zopetero, cavaré una sepultura suficientemente amplia, que el borrico bien se lo merece.
Así lo hicieron.
Regresaron al pueblo ya anochecido. A la entrada, en la calle San Juan, oyeron cómo el reloj de la iglesia desgranaba una monótona melodía, para, a continuación, dejar sonar nueve campanadas.
Padre e hijo a horcajadas, a lomos del macho.
El labrador, cabeza baja, iba pensativo. Lanzó un suspiro y con voz apenas perceptible, susurró:
-Esta noche, después de cenar, iremos a la ermita de San Antón y allí, delante del Santo, rezaremos un padre nuestro en recuerdo del animal. Y el domingo iré a misa y hablaré con el cura. Le diré a don Primitivo si tiene a bien hacer una misa en memoria del burro.
Y el muchacho:
-Si, padre, sí. Y un novenario, padre, y un novenario.
Al padre esto le pareció un poco excesivo, pero comentó:
-Todo se andará, todo se andará.
A la mañana siguiente, macho, padre e hijo volvieron al trabajo inconcluso del día anterior.
El zagal iba preguntándose por el camino, cómo podrían arar el trozo de tierra que quedaba con una sola caballería.
El padre pareció adivinar sus pensamientos. Levantó la cabeza, miró al hijo y dijo:
-El trabajo es lo primero y ha de terminarse. Hasta que encontremos otro animal sustituto del borrico, yo me pondré al lado del macho y tiraré del arado con todas mis fuerzas. Tú manejarás la esteba y trazarás los surcos.
Al joven le pareció que lo que decía su padre no era normal, que estaba perdiendo la razón, que quizá le había afectado en demasía la muerte del rucio. Pero obedecer al padre es uno de los primeros preceptos. Lo había aprendido en la escuela. Además, el tono de las palabras pronunciadas no admitían réplicas ni dudas.
Llegados a la besana, el muchacho dispuso arado, orcates y colleras. Aparejó al macho convenientemente y puso al padre, con el mayor de los cuidados, el otro extremo de los aparejos. Los dejó caer suavemente sobre sus hombros. Después, recordando las doctrinas del ascendiente, empuñó el mango del arado con puño firme. De inmediato, conminó al padre y al mulo a que comenzaran la andadura, al grito de:
-Arre, padre; arre, macho.
Con esta orden, padre y animal, se pusieron en marcha.
En honor a la verdad, habría que decir que en un principio el paso era lo suficientemente ágil, como para no echar de menos al burro.
Y el muchacho a lo suyo:
-Arre, padre; arre, macho.
Poco después la marcha languidecía, no por culpa del macho, sino por cansancio del padre que iba poco menos que arrastras, sudando copiosamente.
El joven pensó que con aquel paso la faena no se acabaría nunca. El incipiente labrador volvió a recordar las enseñanzas del padre. Y enarbolando la vara de olivo, golpeó con ella el trasero de su progenitor, a la vez que lanzaba otro varetazo en el lomo de la bestia. Al tiempo repetía:
-Arre, padre; arre, macho.
El padre lanzó un alarido. Dijo:
-¡Aaaaay!
El macho no dijo nada.
Y el nuevo y joven labrador:
-Lo siento, padre, el trabajo es lo primero. Cuando lleguemos al pueblo, le diré a madre que en compensación, le prepare doble cena.
Se sabe que la faena se pudo terminar. También se tiene certeza de que no hubo misa para el burro ni tampoco novenario. El cura había quedado asombrado ante la petición del labrador. Don Primitivo reaccionó a la demanda del labriego con aspavientos y dijo:
-Pero, hombre de Dios; ¿te has vuelto loco? ¿Una misa para el burro?. De ninguna manera. ¡Válgame el Señor que ocurrencia!
Y el tema quedó zanjado.
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