A mi hermano Pedro Andres. Q.E.P.D.
Voy a hablarte del barrio
y de aquella casa alegre que un día dejamos.
La calle donde crecimos, cambió su rostro de barro y piedras
por la rudeza viril del pavimento, el níspero, sigue caprichoso
dando sus frutos y la semilla que dejaste sembrada
ya germinó y te dará frutos, alguno llevará tu nombre.
No habrá llantos ni gritos que turben ese pequeño universo,
papá y mamá ya no alzan la voz ni a la hora de los regaños.
En la sala siguen vetustos los muebles.
En los muros aún cuelgan viejos retratos familiares.
Los cuartos expiden un raro tufo a soledad.
Los pisos revelan rastros de pasos imaginarios.
Las tejas tienen desordenados ojos que los años le han regalado
y pueden verse pedazos de cielo por donde el sol entra
dibujando inconmovibles figuras.
Nadie pelea el caldero del cucayo a la hora del almuerzo.
La mesa sigue en el mismo lugar sitiada por sillas arcaicas.
Los jardines del patio, son montón de rastrojos
que no se quien llevó hasta allí sus semillas
y no tengo a quien culpar de todo lo que pasa
porque hasta los perros se fueron de la casa.
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