Sentado en su silla de domingo, cavilando sobre cuestiones terrenales, casi frívolas, sorteando problemas cotidianos, diarios, recreando la semana que no volverá, dejando pasar un segundo que tampoco tiene regreso, soportando la desidia de la tarde que se resiste a ser noche, con su copa de vino tinto y rodeado por libros que aún no acaba de leer, con notas que aún no acaba de escribir en un olvidado cajón, con sus manos cansadas de sostener cansancios, con su destino aún inédito, pero previsible.
Todo parecía estar resuelto, y así fue, murió esa misma tarde, sin complicaciones, ni para él, ni para ella, (la muerte).
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