En tanto el sol se dejaba derribar por el ocaso, y la tarde era tan solo la víspera de una nueva incertidumbre, y los pájaros abandonaban su canto para oír la desesperación de los poetas insomnes; en tanto las sombras se disputaban un sitio en el sitiado horizonte, y peregrinaban austeras las naves olvidadas del insomnio… el azar decidía entre la vida y la muerte, y nadie sabía si una u otra opción era la afortunada.
Exegeta mudo de las tristezas ajenas, intermediario entre el infierno y el mundo, vocero del dolor propio y sereno unipersonal de las barcas abandonadas del desconcierto, he salido a la hoja a vestirme de su desdicha, a adornarme con sus plumas, a mancharlas con mis miserias.
He aquí el prólogo de una vida, que no merece más que estas palabras.
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