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Inicio / Cuenteros Locales / semanticon / Sus Vidas

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Su casa era como el final feliz de la jornada, se vanagloriaba de sus soledades incluyéndose en ellas, revolcándose entre sus sábanas, acomodando su silencio al propio. Se enorgullecía de su soledad, la necesitaba y ella a él. Se desplomaba en su sillón y miraba por la ventana un horizonte que jamás sería suyo, era un horizonte con retrospectiva, muy parecido a su juventud.
Tomaba un libro al azar, y leía en voz baja, muy baja.
Esa tarde, tal vez la más importante de su vida, al incómodo viaje, se le sumaron los cotidianos problemas de nuestra bendita ciudad de Buenos Aires, por lo que no estaba de muy buen humor. Pero los desvíos lo llevaron directo a su destino, el no sabía donde estaba con tantas vueltas, y una mirada, tan extraviada como la suya buscó aliado en la desgracia.
Solo se miraron durante unos segundos, y el supo que ya no disfrutaría tanto de su soledad, porque ahora la ausencia, si bien aún no contaba con un nombre, si contaba con una mirada.
El torpe frenar del colectivo, sumado al calor intenso y al mal humor general, hizo que el breve enlace se cortara y el se agachó a ver que pasaba, no sin una postura prefabricada y pseudo viril, ella lo miró por el reflejo que daba una de las ventanillas del segundo asiento de dos, contando desde el fondo hacia el frente, y también pensó que era el momento de olvidarse de sus prejuicios y de los prejuicios generales, pero la camisa sudaba, ya no solo por el calor, o los nervios del trajín, sino por ese delicado juego en el que nadie sabe quien dará el primer paso, en el que ganan o pierden ambos, en el que la estrategia no cuenta, solo observa.
El colectivo avanzó media cuadra en quince minutos, el calor se hacía insoportable, el chofer ya no tenía botones que desabrochar, el sol araba sobre el asfalto, y sus ojos se buscaban como al agua.
Ella debía llegar a la facultad, el a su libro, ambos a sus respectivas soledades, mientras el colectivo avanzaba otro tramo.
Un oportuno vendedor ambulante pidió permiso al conductor para subir a vender, el chofer lo dejó subir y se compró una gaseosa en lata, todos compraron algo, pero él, en un momento de inspiración cósmica, tomo una gaseosa y un agua mineral, y cuando ella introdujo su mano en la cartera para hacer su pedido, el le extendió la botellita sin preguntar nada.
-No lo puedo permitir-, dijo ella, a lo que el respondió, -¿y dejará mal parada mi caballerosidad delante de todo el pasaje?-, tomó aire y prosiguió mientras ella sonreía y aceptaba el agua, - Tal vez sea yo quien no deba permitir que aún continuemos aquí, teniendo tantos barcitos cerca-
El conductor se había puesto a discutir con un taxista que obstruía el paso, los pasajeros estaban realmente irritados, habían transcurrido más de cuarenta minutos y no habían avanzado ni dos cuadras.
-Bajemos- Dijo ella.
Sin dudarlo él presionó el timbre y las puertas se abrieron como las aguas del mar rojo.
La gaseosa y el agua fueron a parar a un tacho de basura puesto en esa esquina por los dioses del olimpo, después de cuarenta minutos sosteniéndolos pesaban mas que un yunque atado a los tobillos.
Caminaron hasta un bar, y entraron, - ¿cerveza?- preguntó él.
-Con maní- dijo ella.
- Contame tu vida, como si recién me hubieses conocido- dijo él.
-Vas a necesitar tiempo- dijo ella, sonriendo nuevamente.
-Tengo una vida para oírla, y dos muertes seguras si no lo hago, tal vez hoy debas redimirte de todos tus silencios salvando dos vidas- suplicó él.
Pidieron otra cerveza, con maní, y ella comenzó su relato.

Texto agregado el 05-06-2006, y leído por 4 visitantes. (0 votos)


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