Retazos de vos, retazos de la que algún día fuiste recorren mi almohada sin gloria pero con penas, penas propias, ajenas, lejanas, con olor a libros viejos, de esos que ya se pusieron amarillos, esos que leemos solo por recordar como fueron cuando nuevos.
Esos que saben a descubrimiento de una tierra ya colonizada, y peor que eso, civilizada.
Retazos de mi alcanzan a sus propios escombros, soñolientos, desvelados trozos del que fui acusan recibo en una sola nota de desalojo, intimando al alma a abandonar el vencido y vulnerado cuerpo. A estas alturas tan profundas del pensamiento humano suelo llamarles “El punto mortaja”, el humo comienza a fastidiar, y el tabaco a ser cada vez mas necesario, y fastidia que sea necesario, y fastidia el humo, y el tabaco se consume y se hace humo, como casi todo en “El punto mortaja”.
Mis manos no pueden mas que escribir tonteras, mis labios están sellados, solo el sonido del teclado rompe el mil veces adjetivado silencio nocturno, el sol asoma y mi noche cada vez es más oscura, mas cerrada, mas febril.
A estas horas las almas en pena se congregan frente a mi puerta, y me gritan que no estoy solo en mi desvelo, ellas por lo menos no tienen un cuerpo achacado y débil que soportar, pero como suele ocurrir con las carencias, lo quieren. Juro que les daría el mío, pero van a sufrir el doble de la pena que les fue impuesta, además ya ni si quiera es mío.
El alarido del alba rompe a la noche en pequeñas partículas de llanto, de emociones contenidas, de vidrios quebrados por la humedad y el silencio, de vos, de la que un día fuiste, de penas propias, lejanas…
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