No tuvo tiempo de huir de sus demonios, y finalmente lo cercaron, lo miraron fijamente, pero sin malicia, lo juzgaron de idiota entre otras virtudes. El tiempo había concluido, y la sangre corría por sus venas como un turbio río de musgo congelado y añejo, el fin había llegado, ese tan temido y esperado fin, presentido, preludiado, sordo y enfermizo fin.
Allí comenzaron todas sus historias, por cierto, ninguna con un final feliz.
La niebla, la noche, el insomnio, los jueces del universo congregados en su conciencia, los errores haciendo eco en sus entrañas como lobos rabiosos, la carne fétida del cadáver posado en el charco por dos o tres días, y sus rencorosos pasos llegaron nuevamente al punto de partida, que no era el mismo de siempre, aunque parecía un lugar común. Ya no tendría fuerza para transitar un camino más, una instancia más de esos decorados infiernos a los que se sometió por propia voluntad. Ya era tarde, y el sol que lo alumbrara no brillaba en el poniente, y el árbol que lo abrigara había sido talado de raíz por él mismo, y la suerte, que no es una palabra respetable, que ni siquiera es una palabra digna de ser dicha, se había marchado con ruido de tacos en el asfalto.
Ella se fue antes que sus pasos, y era natural, naturalmente doloroso.
Pareciera que tener razón en suposiciones vagas y sin fundamentos fuera más útil que la propia felicidad, esa que alcanzaba por momentos. Parecía que los métodos que tenía para torturarse eran más elaborados que un campo de concentración NAZI, realmente era suicida, y el momento del fin ya había pasado.
Miles de payasos con sus dientes afilados y sus ojos inyectados en sangre asistieron a su decadencia, gozando con voluptuosidad ese tristísimo espectáculo, el titán había caído nuevamente, y la burla era general. La muerte estaba cercana, y no era de temer, pues el la conocía de cerca, y no solo que no le escapaba, sino que la buscaba, de una u otra manera. Y el dolor de no encontrarse mutuamente crecía en ambos como la hiedra en el alma.
Tragos de mercurio arrebataban su garganta, miedos, destrozos, pirámides de cuerpos tendidos por la mediocridad asolaban su paisaje, dragones solitarios, duendes transparentes, brujas con olor a azufre, aves ensangrentadas, puertas cerradas por el destino, corazas ceñidas de odio y resentimientos adornaban su éxodo a la tierra del olvido.
El ciego tanteaba los dados, el pescado se pudría en su red, la rosa drenaba bilis en algodones sucios.
El mundo se había tornado en una copia grotesca del mundo, o eran sus ojos, viendo al mundo desde su ceguera.
Sábado tirano, domingo azotado por la ausencia, lunes trágico de soledad compartida a gritos, martes infierno sobre el asfalto estéril, y el sueño del hijo esfumado entre las cenizas miserables de sus entrañas.
Pudo haber muerto en enero, o en Europa, o entre sábanas mugrientas de un hospicio para retardados. Pudo haber sido peor, siempre puede ser peor. Pero hoy la muerte, se ha compadecido de un alma, y la golpeó con su sorpresivo beso. Y sin despedidas, sin preludios, sin esperanzas, el joven compareció ante el tribunal sin una sola excusa, sin un solo testigo, sin una sola culpa que no fuera la propia, y eligió el juicio eterno, a la condena de seguir viviendo una vida despreciable.
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