-¡Mentiroso! ¿Por qué es tan mentiroso, maestro? Sabe usted muy bien que odio las mentiras. ¡Las detesto! ¿Por qué a mi? ¿¡Por qué!?
La noche lleva ya varios minutos circundando las calles. Los faroles imitación antigüedad francesa que adornan los andenes y que iluminan con una fastidiosa luz amarilla resaltan el gesto de desconcierto del maestro y de ira de la alumna. El viento fuerte que se desliza por el duro piso detiene su marcha un instante para darle cortés paso al sonoro golpe que retumba en la calle y que deja sus secuelas en el rostro del maestro. Pasan varios segundos antes que reaccione.
-...no...no entiendo... podrá sonar muy estúpida mi pregunta, pero, ¿cuál mentira? Es decir... que te dije qué...no comprendo...¿qué no he cumplido yo?...
-¿Le parece poco? Usted me había dicho que... No, ¿sabe qué? ¡Olvídelo!
Con los ojos irritados de tanta rabia reprimida, la alumna da media vuelta y se aleja del maestro con largos pasos sonoros. La larga falda negra de la alumna se agita fuertemente por el paso que lleva y por el viento que ha reanudado su respirar. En la distancia se va ocultando tras los claroscuros de la calle. El maestro no ha recogido sus lentes, los cuales cayeron en el momento de la descarga de tan fuerte sentimiento. Una joven, que va abrazada a su novio de turno observa el rostro del Maestro y, con gesto automático, levanta las gafas y se las ofrece.
-Supongo que suyas
-Sí, se supone. Gracias
Al ver el rostro de la joven que le ha devuelto la poca visión, un destello cruza por su cerebro, paralizándolo instantáneamente, fulminando su poca cordura.
El destello lo lleva a un pasado, acaecido dos semanas atrás...
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Era un día entre semana, sí, lo recuerdo, las calles atestadas de gente. Que estrés. No quería llegar al trabajo. Tomé el celular y marqué el número. Dije una mentira muy estúpida. Mi padre estaba hospitalizado. No me preguntaron nada. Colgué instantáneamente. Llegué a la esquina y no sabía que hacer con mi recién adquirida libertad. Después de tanto cargar las cadenas no se sabe qué hacer con la sensación de lividez. Tal vez fueron cinco o siete minutos. No me movía. No parpadeaba. Casi ni respiraba. Unos cuantos me observaban con risa burlona. En un arranque, tomé hacia mi derecha y subí por la avenida que conduce a los bares céntricos. Revisé mis bolsillos y tenía unos cuantos billetes que me alcanzaban para comprar un par de cervezas mientras veía videos en uno de los bares. Sí, cuando hay libertad optamos por el encierro. Era uno de los que frecuentaba hace un tiempo. No reconocí al de la barra. No me importó. Pedí una cerveza helada. Me senté en la barra. Desde ahí siempre hay buena perspectiva de los televisores. Me sentí con suerte pues pasaban to megatherion. Sentí un fresco de eso que llaman felicidad. Me acabé la cerveza sin darme cuenta, así que pedí otra. El barman no aparecía y yo quería sentir el fresco del líquido mientras veía keine lust. Al mirar de nuevo la barra, observé que el barman definitivamente no volvía, pero en su puesto estaba una bella mujer, blanca como el halógeno, con delgados trazos negros en sus ojos y los labios, su cabello caía en cascada hacia el infinito de la oscuridad. Me pasó la cerveza y observé un extraño gesto, casi agresivo, que me hizo retraer en mi caparazón: me sonrió. No supe en qué terminó ese video, pues terminé hablando de algunas trivialidades y frivolidades con aquella mujer, que conllevaron a una extensa conversación sobre la tendencia gothic poco desarrollada en esta ciudad posmoderna. Mi celular vibró pero no reconocí el número. Me disculpé diciendo que iba al baño y devolví un mensaje de texto al número que me marcó. Volví del baño y encontré dos cervezas en la barra. Yo palidecí. No me quedaba mucho dinero. La mujer de la barra me sonrió de nuevo y dijo algo así como invito por la sinceridad. No sé cuanto tiempo estuve ahí. El bar se desocupó, las luces se apagaron, el frío de la calle, el calor de un hogar desconocido, el calor de un cuerpo ardiente. Al otro día, ya cerca al mediodía, volví a ver la luz. Caí en cuenta que era sábado. Sin afanes caminé por las céntricas calles camino a mi casa. La mirada la llevaba perdida. Escuché a lo lejos un grito, y volteé a mirar pues reconocí en él no a mi nombre, no, sino a ese seudónimos que sólo una voz conoce tan bien. Pero observando detenidamente a mi alrededor no encontré ese cuerpo adosado a esa voz. Mi celular timbró y era un mensaje de texto.
"MENTIROSO"
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El maestro saca de su bolsillo el celular y revisa los mensajes de texto enviados. Observa el último. Comprende muy bien cuál ha sido la mentira.
"Te espero en media hora en la plaza del derrotado. Esta es nuestra noche"
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