LUCIÉRNAGA
En cada anochecer
acudíamos a mirarla
al recodo del muro.
Una piedra como pesebre
con follaje de zarzamora.
“Sigue ahí la luciérnaga”,
Alerta de mi hermano.
“No. Se ha movido un palmo”,
Apostilla de otro.
Y todo era mirar, medir
el milagro de luz refulgente
en el raso marino
de la núbil y pura noche.
La contemplábamos
ahítos de palabras contenidas,
inmersos en el ritual
de la máxima entrega.
Ni moverse. Ni un pestañeo.
“Si, si. Si te mueves, se apaga”
“Si te mueves, desaparece”
y la ocultaban otras hojas
y nos veíamos suspensos
en desfallecidos instantes
de abandono a la oscuridad.
Fuimos amantes entusiastas
a su gracia fosforescente
al halo de su magia verdeluz.
Sabíamos que le gustaba vernos
así embobados
mientras la noche nos mezclaba.
Angeles Yagüe
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