La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - claraluz - 'La mecedora'


La mecedora

Era la tercera mudanza en menos de cinco años, nos íbamos a una casa mayor pero en esta ocasión no nos desprendíamos de la anterior.
- Mamá, estoy cansado.
- Date una ducha y ponte a leer, ya papá y yo terminamos con lo que queda.
Raúl me dedicó una sonrisa y de buen grado fue a descansar. Tiene sólo cuatro años y se porta como todo un campeón.
- Cariño, yo casi estoy. ¿A ti te queda mucho? -me pregunta mi marido-
- No, acabo de meter toda la ropa en las maletas. Ahora voy a revisar el desván.
- ¿Necesitas ayuda?
- No, tranquilo.
- Vale, pero en años no hemos necesitado nada de lo que está allí, no será imprescindible ahora.
- Tu prepárate y cuando estés sube al coche con el niño, que yo bajo enseguida.
Abro la puerta del desván y enciendo la luz. Allí estaban las estanterías ordenadas llenas de cajas embaladas, la bicicleta estropeada de Raúl, la pantalla del ordenador que quedó sustituía por otra más moderna, los tablones de madera que sobraron de la vitrina del comedor, apuntes de cuando estudiaba en la facultad, antiguas agendas, las viejas cajas de azulejos y pisos de la casa, cajas de ropa de cuando Raúl era un bebé, y la mecedora de la abuela. Mis ojos se pararon en ella, tenía algo de polvo pero aún conservaba intacto ese precioso color cerezo y a un lado los dos cojines que utilizaba para acomodarse en ella. Se la habíamos comprado para que viera más cómoda la televisión, y la colocamos al lado del sofá del salón. Me senté y cerré los ojos. Solía recostarme a su lado y le cogía del brazo.
- Mamá María, cuéntame más historias.
Ella sonreía. Tenía dentadura postiza que sólo se ponía para salir, pero en casa su sonrisa estaba totalmente desdentada. Su cara llena de suaves arrugas delataba el paso del tiempo, sus ojos eran grises y sus manos llamaban la atención por bonitas.
- Te pareces a tu abuela -me decía la gente en la calle- cuando iba con ella de paseo.
- Tienes sus mismos ojos -decían -
Pero nadie se había fijado que teníamos las mismas manos, igual de suaves, los dedos anchos de nudos pero muy delgados en la yema. La gente le decía que tenía unas manos preciosas, pero nadie me dijo nunca que las mías eran iguales. Sólo la familia comentaba ese detalle. ´
Ella me contaba los duros años de su niñez, en la guerra y post-guerra. No tenían luz en el barrio y caminaba más de una hora para ir, descalza, a buscar agua al fondo del barranco. Hoy nadie baja hasta allí, supongo que no sabrán ni su nombre. Durante el día tenía que ayudar a su madre pues había muchos hermanos que criar y ella era la mayor. Muchos de ellos murieron, no habían medicinas para curarles, a veces lo que no había eran alimentos. Por las tardes salían a las aceras a hablar con las vecinas.
Cuando me contaba las historias, cogía unos ovillos y la aguja del dos para hacer ganchillo.
- Esto es para ti -me decía con orgullo-. Bordaré tu nombre en una toalla y lo pondré de adorno.
Aún hoy día guardo esa colección de toallas, también de paños de cocina, de sábanas. Sabía bordar como nadie, así se fastidió la columna. Cuando joven obtuvo el título de costurera con nota alta y la gente venía a casa con sus cosas para que ella las bordara. Con eso pudo sacar dinero y darles estudios a sus hijos, un total de cinco le sobrevivieron. No tuvo suerte en el amor y un buen día él marchó, no lo nombraba, yo durante mucho tiempo pensé que había fallecido, hasta que un día llegó a casa una carta comunicando el fallecimiento, así como el país donde estaba enterrado.
A ella le gustaba hacer las tareas de la casa y preparar la comida. Es curioso, la observaba en la cocina pero ahora nada me sale con el sabor de entonces. Cuando nos dejó, el vacío fue muy grande y triste. Hoy en día sigue en el mismo lugar, el vacío, sólo que ya no está triste porque lo he llenado de recuerdos alegres. Al día siguiente, de su ropa cayeron unos pelos canos y perduraba su perfume. Mi otra abuela necesitaba ropa, se la dimos a ella.
- ¡Mamá, no me oyes!
- ¡Mamá, mamá!
Yo estaba absorta en mis recuerdos…
- Hijo ¿Qué pasa?
- Papá está tocando la bocina. Llevamos en el coche más de media hora, dice que vamos a llegar tarde. Me ha dicho que te diga que no dejes las luces encendidas y cierres bien la puerta.
- Raúl, dile a papá que vuelva a aparcar el coche. Nos dejábamos algo muy importante, la mecedora de la abuela.
- ¿Y quién es la abuela?
Me di cuenta que no le había hablado a mi hijo de su bisabuela, sólo tiene cuatro años pero entiende muchas cosas. Tenía que ponerle remedio a eso.
- Mira hijo ¿ves todas las estrellas que hay en el cielo?
- Si, papá me las está enseñando. Ayer vimos a Casiopea.
- ¿Y cuál brilla más de todas?
- Aquella mami. ¿Es que no la ves tú?
- Si hijo, yo también la veo y además la conozco, es tu bisabuela.
El niño me miró con cara de extrañado.
Pasarán años y me faltará vida para vaciar todos los recuerdos que guardo de ella - le dije- no bastará con un solo relato para hablar de una persona tan grande e importante, pero empezaré ahora de camino en el coche.
- Vale mami - me sonrió-
Mi marido estaba en la puerta, había escuchado casi todo pero no quiso interrumpirme. Ahora coge la mecedora y la baja al coche. Raúl y yo le seguimos escaleras abajo.


Texto de claraluz agregado el 11-06-2006.
La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net