Viernes
El sol habia cumplido su recorrido por la curva del cielo, ahora la noche era la dueña del ultimo viernes de enero. Camino por los pasillos. De Guardia.
Familiares de enfermos esperan cerca de las puertas de las salas, parados, apoyados contra la pared impecable, blanca, el brillo de las luces en los pisos. En cuclillas se tapan los ojos con la palma de una mano abierta, se consultan entre si, con la mirada y voces bajas, murmuran, acompañan a que el tiempo pase, que la angustia termine rápidamente, se quieren ir. Se enojan.
Uno, a mi paso, suda como si se hallase al rayo del sol. No les gusta el olor del hospital. Me observan buscando alguna respuesta, desafiantes.
En un banco alejado dos ancianas beben mates en silencio y ablandan, con las encías y saliva, trozos de galletitas que rítmicamente se introducen en la boca. Me muevo sin mirarlas.
Vestido de verde, camino, huyo. El día lo tengo ganado. Pienso. La cabeza me pide no hacer mas nada, que ya es bastante, solo sentarme y dedicarme a la contemplación.
Un cura, - en la época que iba a patear todas las tardes a la canchita de la iglesia -, en los años que las cosas las fijaba para siempre (ahora me olvido todo rápidamente), me dijo, que la contemplación no solo consiste en tratar de conocer el rostro de Jesús o su resplandor divino, sino en entregar el alma al pensamiento de Cristo y los misterios de la religión.
Era italiano, gordito, de anteojos. No me atrapaba nada de lo que decía, - no se porque - , pero respetuosamente lo escuchaba hasta que terminaba de hablarme, - me caía bien -. Después salía disparado a donde el fulbito gobernaba.
Ahora la contemplación que necesitaba era otra, tumbarme a no ver nada, a no pensar nada. En el comedor de la Guardia, me siento frente al televisor apagado, los codos en la mesa, sin ganas ni de pararme a encenderlo. Estoy solo, es lo que busco, no hacer nada. Una mosca me roza el brazo, la espanto fastidioso.
El aire fresco que trae la noche comenzó a aliviar los interiores filtrándose por donde podía. Me paso la mano por el cuello para aflojarlo, estoy sudando, de un brillo húmedo se me impregnan los dedos. Pegajosos. Los seco en el pantalón del equipo. Es la hora de tener hambre.
- Por favor vení a la Guardia, me avisaron que traen un herido de escopeta... creo que en el tórax...! - Dijo el teléfono.
- Ya voy...! - Dije.
Era lo ultimo que quería hacer en ese momento. Me quede sin reflexión contemplativa. No se que putie, salí caminando con la mente en blanco. Sin mirar. Volví a putear. Por que no estaré atendiendo una verdulería. Pense. Pero estoy acá de guardia. Inspire profundamente y me fui mirando en el reflejo de los vidrios, donde afuera era de noche. Iba solo. El reflejo de los vidrios siempre mejora mi aspecto.
- Ya veo que no es un carajo...! - Me conforme en los pasillos vacíos. Ahora abriendo las puertas hacia la zona que ingresan las ambulancias.
-Y si se muere..., se muere...! - Me seguí conformando y colocando unos guantes de látex.
Advertí por arriba de las cabezas el alboroto que ya habia armado la noticia. Varios se asomaban para afuera, para la calle. Habia aprendido que las batallas morales se libran a solas, - secretamente -, e involuntariamente, desde que era practicante repetia los mismos ejercicios de autocontrol. Las puertas vaivén estaban abiertas y trabadas.
En los brazos de un hombre joven, conmovido, asustado y dantescamente ensangrentado, ingresaba una mujer. Todos corrían. Vi la palidez de la muerte en la piel del rostro que me dejaba ver su pelo negro. La boca abierta buscaba aire. No le descubrí ningún movimiento. Los brazos sin ofrecer resistencia colgaban péndulos chocando con todo lo que se les interponia en su ir y venir. - La vi sola en el tumulto -. La dejaron sobre la camilla en medio de gritos, apuro y torpeza.
El pecho era una explosión de sangre, de ropa manchada, coágulos que se deslizaban por la piel y caían al suelo. Alguien los pisa. Por un momento todo es rojo. El aliento es fétido y rojo. Vomita ahogando una queja, un gemido.
La aspiro, - Tose -. El olor de la sangre inunda el aire. La examino. La tijera corta la tela empapada y roja. Mis guantes están rojos. Van cesando los gritos.
De un orificio de unos cinco centímetros de diámetro rodeado de piel quemada y pequeñas heridas puntiformes, soplaba sincrónicamente un borbotón de sangre espumosa en cada inspiración. Apreté contra la herida un apósito grande dejándolo cerrado. Tenia buen pulso radial. El aire entraba en el hemitorax izquierdo. Del otro lado no escuchaba nada.
- Le ponemos dos buenas vías... a chorro!, la vamos agrupando, pasamos por rayos, le sacamos una placa de tórax y la llevamos...rápido a quirófano...! - Creo que dije. - Yo voy para allá armando el equipo...! - Sino fue algo muy parecido. Le vi mover la cabeza hacia los costados como diciendo que no.
- El que disparo el arma fue el marido...! - Escucho. - Era el flaco que la traía alzada...!, el jura que era un cartucho cargado con sal gruesa...!- Por algo será dije, sin pensarlo.
El murmullo del ingreso a la Guardia habia quedado atrás. En los quirófanos el aire acondicionado estaba funcionando. Una buena. El silencio acompaña el ritual. Ya terminaba de cambiarme.
- Con sal las pelotas...! - En la placa - mirándola a trasluz contra los fluorescentes del techo -, se veían los perdigones metálicos amontonados en la base del hemitorax derecho y el diafragma de ese lado estaba exageradamente elevado.
- Le dió en la base del pulmón y al hígado, no se si no tocá el pedículo...? - Suspire mirando hacia el quirófano “A”. Ya estaba adentro. Me apuro.
- No le tiró errar...ni quiso hacerle una joda...!
- Chicos está muy hipotensa...! - Gritó la petisa, que estaba embarazada de seis meses.
- Por que no apuramos el tramite...! - La tenía intubada. El tubo transparente ahora era rojo, manchado por la sangre.
El apósito que cubría el chumbazo era blanco solo en los bordes, le habían colocado otro arriba, apretado por una cinta adhesiva ancha, al que lentamente le crecía una escarapela roja en el centro.
La ceremonia de vestirse duró segundos. Cuando ya estaba puesta en posición, fija a la camilla y con los campos puestos, escuche:
- Che...!, la tengo sin presión, no le encuentro pulso ! ...fijate vos si hay latido...?
Se descubre en el ambiente y en los rostros, ahora tapados por los barbijos, el rumor inequivoco, de la parca volando. Todos lo perciben.
- Plata o mierda...! - Pense. Y comenzó el vértigo controlado. La pared no sangraba al abordarla. El humo del electrobituri. No se si operamos bien, pero operamos rápido. El Finochietto abría sus dientes plateados, las costillas se separaban, mostrando coágulos recién formados en la cavidad pleural.
- Aspiramos...! aspiramos...! - Un clamps vascular en la zona inferior del pedículo pulmonar paró un chorro grueso como un dedo, aprete varias compresas a presión sobre el diafragma que era un colador.
- Lavamos...!,... ligadura...! - La cara superior del hígado era un puré de coágulos y perdigones. Encontré el taco del cartucho entre ese pate.
- Y como estamos...? - Escuche que dije.
- Igual...! - Sonó del otro lado.
- Pero latido tiene...! - Me conforme. Veía al bobo moviendose locamente. - Creo que paramos la canilla...? , por lo menos lo más importante, o no...?
- Si, ... sangrado activo no veo...! - Me dijo Esteban, apretando la punta del aspirador contra una compresa de gasa. La sangre y el haemacel goteaban a mil. Seguimos.
- Aunque no lo puedas creer...! estamos cono una presión hermosa...! - Gritó la Petisa, todavía con la perita del tensiometro apretada en la mano y sacándose el estetoscopio con la otra. Nosotros insistiamos ligando lo que se nos cruzaba. Alguien habia puesto música muy suave.
Junio avanzaba con su color de frío y barro sobre la Comarca. Para variar todavía no habíamos cobrado. En el consultorio se olía el paso de dieciséis pacientes. Y en mi cabeza también.
- Queda una señora solamente...!, no hay nadie más...! - Me dijo la enfermera, con una sonrisa como para aliviarme.
Por la puerta abierta apareció una mujer. Humildemente vestida de oscuro. El pelo casi blanco acomodado en un rodete. Un monedero de plástico agarrado en las dos manos y apoyado sobre el abdomen. Su rostro era la continuación de un paisaje patagonico. Miraba el piso al caminar. Cuando llego frente al escritorio saco una de las manos del monedero y la tendió hacia donde yo estaba sentado. Me alargue sin dejar la silla y le alcance la mano. Me pareció pequeña y helada. Se sentó lentamente y nos quedamos mirando.
- Yo soy la mamá de Rosa... - Me dijo. - De Rosita, usted la operó de un tiro que le pegó el marido, en el verano...! - Agregó cuando le puse cara de no saber de quien hablaba.
- Siii..., anda muy bien, la vi hace unos días...! - Me relaje. Era la última paciente del consultorio y mis ganas de rajarme eran más que evidentes.
- Vino a hacerse un control, por suerte tubo una muy buena evolución...! - Asentí.
- No..., por suerte no! - Dijo terminante.
Usted a mi no me conoce..., por que yo en ese momento no quise venir al hospital...- Suspiró. - Cuando ella estaba en Terapia..., usted habló solo con las hermanas..., mis otras hijas, que son las más grandes..., Rosita es la más chica...! - No dejaba de mirarme a los ojos, ni soltaba el monedero.
- Yo cuando esto pasó...no estaba acá, con mi marido somos pastores de la iglesia Evangélica y habíamos viajado a una reunión a Valcheta ... - Continuaba mirándome como sin verme.
- Nos avisaron por teléfono..., no me dijeron bien que habia pasado..., pero yo sabia que a mi hija le pasaba algo muy grave, ...que estaba en un momento muy difícil, ...nos vinimos en el colectivo de la noche, ...y en el viaje presentí que no la iba ver más viva...! - Levanto apenas el mentón como en un suspiro.
- Créame doctor..., presentí la muerte...! - Yo escuchaba sin hacer un gesto.
- Bueno..., sin dudas fue un momento muy difícil..., por suerte llegó a tiempo..., la trajeron rapidamente...! , y también por suerte tenemos un equipo quirúrgico muy bien entrenado...! - Agregue como para decir algo.
- No doctor...!, y perdóneme por lo que le voy a decir..., pero no fue por suerte...! - Se la veía conmovida.
- En ese momento... ! - Se hizo un silencio. - Cuando tubo que decidir y ...hacer lo que tubo que hacer con mi hija, ...usted no estaba solo...! - No imagino la expresión de mi cara. Me quede esperando lo que seguía.
- Sabe una cosa doctor...?, yo no se si usted es creyente..., le voy a estar eternamente agradecido, ...pero no se si cree en cosas superiores... que no son milagros, pero ocurren...! - Del otro lado del escritorio la seguía con la mano apoyada en los labios, frotándolos.
- Pero en ese momento...! - Continuo. - Cuando tubo que actuar para operar a mi hija..., cuando hizo lo que usted dice que tenia que hacer...! - Suspiraba enérgicamente.
- Justo en ese momento...!, ni antes, ni después...!, en sus manos, para traerla de nuevo a la vida..., estaba... Dios!
No me salió decir una palabra y sentí que me corrió una caricia fría por la espalda hacia la nuca. A los ojos me los cubrió una lagrima repentina que me hizo parpadear.
(2001)
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