El día que precede a la noche más mágica del año, el sol dura más tiempo en el cielo demostrando con intensidad su esplendor. Ocurre seis meses después de la Navidad y su atardecer da paso a la noche de San Juan, que glorifica haciendo bailar las llamas de miles de hogueras. Estas al igual que el agua están presentes en todos los rituales.
Coincide con el final del solsticio de invierno. Solsticio desde antaño ha significado “puertas”. Y llevan razón, desde la lumbre de esta silenciosa hoguera en que me encuentro veo puertas que se abren y me invitan a serpentear caminos llenos de magia.
Las mozas enamoradizas sueñan con el hombre que les despose y juegan a adivinar quién será el galán. Al dar las doce campanadas dos amigas comparten una receta y los ingredientes; una vela rosa, incienso de sándalo, perfume de verbena, un saquito rosa, un cordón rojo y otro verde, purpurina roja, un trozo de imán, una rosa seca y las cenizas de la hoguera de San Juan.
Primero encienden la vela y luego el incienso. Cogen el cordón verde y le hacen siete nudos sin dejar de mirar la vela y visualizando al amor que anhelan. Toman la mitad de la purpurina y la arrojan al aire para que les caiga encima. Introducen en el saquito los cordones y una bola con cera de vela, la otra mitad de la purpurina, un poco de ceniza, el imán, la verbena y la rosa seca. Cierran con celo el saquito con un cordón rojo y juran llevarlo siempre consigo.
Las llamas de las hogueras, como dragones rugiendo bajo el embrujo de las damas, liberan a las reinas moras y comulgan con las olas del mar recibiendo de él todas sus fuerzas.
Los padres de familia preocupados por los gastos sueñan con el desahogo económico y mejora familiar. Dos vecinos comparten los ingredientes de una misma receta; una vela amarilla, incienso de canela, perfume de verbena, trozos de papel blanco, cenizas de la hoguera, una moneda, un recipiente dorado y agua.
Ambos encienden la vela y el incienso. Escriben en los trozos de papel el deseo que anhelan y lo doblan por dos partes. Luego introducen el papel junto a la moneda y las cenizas en un recipiente lleno de agua y esperan a la mañana siguiente para comprobar que el papel no se desdobló y lo guardan bajo el colchón durante todo un año.
Esa noche al mismo tiempo, ocurrirán miles de rituales en todo el mundo. Son más puertas que se abren en la noche del solsticio. Será entonces cuando en medio de las llamas de todas las hogueras afloren unos espíritus duendiles moradores de la oscuridad que salen a pasear bajo la luz de la luna, espolvoreando su magia.
Son capaces de hacer que las plantas venenosas pierdan sus propiedades dañinas y las medicinales crezcan en virtudes. Rompen losas de la tierra dejando ver tesoros escondidos para que unos pobres dejen de serlo. Aunque no tienen remedio para todo ni para todos, no escatiman en esfuerzos y hasta convierten sus gotas de sudor en rocío de mañana con el que las mozas lavan sus caras, ganando en belleza y juventud.
Es entonces cuando llega el momento de cerrar estas puertas de caminos serpenteantes. Termina la noche en que el fuego y el agua han compartido sus fuerzas cargando la atmósfera de un aliento sobrenatural, impregnando cada lugar mágico del planeta. Ha sido el momento propicio para sentir escalofríos, estremecernos e ilusionarnos con los sueños sanjuaneros.
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