“Yo estoy tirado y el tiempo se arrastra,
indiferente, a mi derecha y a mi izquierda”.
Juan Carlos Onetti, El pozo, 1939.
Cada tanto a Mercedes se le da por pensar y registrar, con obsesiva y absurda sistematización, las paradojas que componen la clave misma de nuestro tiempo. Entonces piensa en todos los funcionarios públicos, nacionales e internacionales, que podrían oficiar de Judas Kai en este San Juan, y sin embargo el pueblo paraguayo se esmera en hacerlo reventar a fuerza de cohetes, desde le silencio o la puteada limpia, al Maño Ruiz, quien si no hubiese sido por la mala racha de esos dos primeros partidos, hoy sería el chamán espiritual del ánimo futbolero nacional. O indignada hasta la rodillas de su sentido humanitario, despotrica ante las lágrimas de bronca de todos aquellos que esperaban el colectivo en Herrera ese fatídico jueves 15, mientras gran parte de los niños del Paraguay, sin hablar del mundo, se-mueren-literalmente-de-hambre-a-cada-minuto y nosotros chito! .
Mercedes piensa en los cálculos paradójicos de la psicología laboral y trata de establecer relaciones directamente proporcionales entre la búsqueda de trabajo y la efectivización del mismo. A saber observa la fórmula: que una persona N con cierto conocimiento J, experiencia laboral P, y que asiste a U cantidad de entrevistas, es directamente proporcional conseguir un N(de) J(a)PU trabajo, lo cual es inversamente proporcional a que la fórmula citada dé como producto una articulación posible para la dignidad humana en el mercado laboral. Y la cosa se vuelve peor, si a esa persona N que Mercedes observa, le sumamos un edad Z o la falta de una formación X, con lo cual la fórmula se vuelve directamente proporcional a que NINUNCA va a conseguir trabajo, de puro exacta que es la ciencia nomás.
A Mercedes la entristecen particularmente los datos que arrojan las paradójicas vicisitudes de la vida. No soporta contabilizar la cuantiosa suma de la muerte de proyectos o ideas libertarios, que son engullidos por la voraz-cretina lógica del sistema. Y el cuaderno de las bajas de Mercedes adiciona la pérdida de un noble escritor por acá, el stop para una publicación independiente por allá, la no impresión de algunos escritores no comerciales, la no comercialización de otros y el fin de ciertas etapas más jocosas de nuestra vida. En este mismo cuaderno, en la sección inclemencias, se cuentan los casos de cuántos niños cantores de alabanzas, predicadores del Señor y demás excluidos suben a los colectivos de la cuidad de siete colinas para elevar su plegaria de miseria a un Dios que, si primero existiera y luego fuera misericordioso, no los hubiese abandonado a la suerte de su destino.
Hace un par de años que Mercedes experimenta la paradoja del techagau. A saber y siempre para sus adentros, cuando la nostalgia por la tierra plana que la vio nacer arrecia, contabiliza el volumen acuoso de sus lágrimas, las horas invertidas en recordar anécdotas, la suma de rostros en la otra margen, que al final son todos y uno, el patriotismo inmenso en un gol de Tévez visto desde la distancia y la profundidad cuadrada de la pérdida de la historia inmediata de su país, por haber elegido esta otra. Sin embargo, cada vez que viaja de visita, experimenta la bronca natural ante su familia, una tristeza infinita por el futuro laboral de amigos talentosos que deben invertir su vida en trabajos de mierda, la persiana abierta de imposibilidades que es su tierra y el odio encarnado a ciertas tradiciones del ser argentino.
A lo largo de su estudio, Mercedes ha descubierto cierto equilibrio en las fuerzas de las paradojas, un páramo inexplicable donde lo que está jodido e vuelve una forma de lo circunstancial para impulsar la venida de otra forma de lo posible. Y es así como Mercedes se contenta, augurando la llegada de días rojos, mientras una vez toma el colectivo hacia un mísero trabajo, asiste al desfile de los excluidos cada día, inventa su Judas Kai, llora y putea contra su tierra y ésta, encuentra y pierde algún buen escritor; y vuelve nuevamente a su casa, donde ya no está sola.
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