Tan inmerso e involucrado en lo que sólo él ve, pero que, como a todos pasa, puede no ser, algo que parece no desaparecer ante sus ojos y, extrañamente, jamás presenciado ante nuestro pensar.
Tan quieto, tanto que no parece respirar, tanto que no imagino a sus músculos faciales formando una sonrisa, tan clara su piel, como su inocencia; y tan oscuro su cabello, su vestir, como su seriedad.
Tan impresionante como aburrido y sin gracia. Tan introvertido como expresivo. Incomprensible y tan fácil de entender.
Tan extravagante, cuán despreocupado y cuidadoso. Tan áspero y tan delicado.
¿Quién creería lo del barniz de sus uñas?
Irremovible de su lugar, que ni en su más profundo sueño ha de mover un párpado para un movimiento ocular, que sólo el pestañear le vence, pero aún así, ni sus ojos, ni el sol, pequeño gran ente que nos cubre, le da luz.
¡y con este viento su pelo ni se inmuta!.
¿Qué soñará?; tal ves un mundo libre, uno sin mentiras, en donde se aboquen a la reflexión. O algo serio, un lugar superficial cuyos habitantes manchan con el típico tema del “yo-yo”. O quizás, por qué no que su corazón y su mente conozcan el hecho de vivir una vida aparte, paralela, que toma la mitad de nuestro día, pero que conserva nuestros ideales y metas, con los que, aquí, podemos experimentar usando tantos caminos como recovecos tenga el cerebro.
Sus ojos negro azabache no necesitan moverse para observar su entorno, se mantienen quietos, rigiéndose y obedeciendo al giro de sus hombros. Su vos, ¡quién lo diría!; dulce (pues dijo extrañamente algo, lo que me hace sospechar que percibe mi presencia).
Siento que su alma le coge los sentidos y ruega que se mueva, pues, me parece que teme que este descanso inmóvil sea tan eterno que acabe en “eterno” literalmente, pero su intento, como muchas veces antes, fracasó. Y esta esencia de existencia tan atrapada en el cuerpo hermético, cuya esperanza de brotar no muere, lucha por asegurar su vida mediante movimientos, y él, sin interrumpir su vuelo, nado y trote, cede a cambiar la posición de sus dedos; sólo dos de ellos se rozan y caen rendidos sobre la mano hermana, cuya piel no siente.
De pronto, él se levanta y camina con la vista perdida entre las partículas de aire que riñen a su paso por pertenecer a los recuerdos de cosas vistas de este gótico, que así se hizo llamar y que ignora su nombre.
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