Una habitación sencilla, provista de un libro pequeño y un escritorio, lo suficientemente pequeña como para ser invadida por la oscuridad sin más oposición que la unidad de fuego que la vela sostiene sobre sí. Una ventana frente a los escritos, el tintero y el fuego, una que a mirada descuidada no era más que una mera pintura, una copia en vida de un paisaje deslumbrante, bañado de río y hierba, a lo lejos, tal vez, unas montañas majestuosas rozadas por la luz del redondo y blanco rostro y su cabello de estrellas que decoran la parte que la tierra no toca. El mantel rojo que cubre la mesa está algo percudido, pero creo que le da calor a este escritorio y a la habitación. Mi inspiración se estancó, tal vez lo mejor sea observar, sin soltar la pluma ni alejarme del libro, todo esto que me rodea…
La última imagen que pasó por mi retina en ese momento fue la cegadora luz del centro de la llama, la misma que, ya a la mañana siguiente se había extinguido.
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