GRITARÍA
Gritaría la soledad
que demasiadas veces
se intoxica entre rejas
de culpa y oprobio,
se desampara
con nieblas de ausencia
de parientes, amigos,
que se ‘pierden’ en boga
de esas nuevas corrientes
de conjugación y práctica
del verbo utilizar.
Gritaría maldiciones
a los totems de la pena
y del eterno imposible
de fondo o a la vuelta
de cualquier mojón
del camino.
Acre el gesto,
nubla la mirada,
hinchada la lengua,
acribillado el cuerpo,
gritaría,
a los dioses infortunados,
guardianes del territorio
aún por inventar,
del párrafo virgen y por cubrir,
nunca al alcance,
siempre en falta perpetua.
Gritaría basta
a la interminable conquista,
al aprendizaje del aprendizaje
y el dolor de volverse del revés,
como calcetín mudar la piel.
Regenerar órganos y entraña.
Gritaría al fin un hígado
que a la postre sólo asimila
en días pares.
Gritaría un útero que echó el cierre
a su cupo de crianza.
Una vagina pertrechada
en su bastión gritaría,
harta de tanta espera
y tanto desencanto global,
a cerrojo cal y canto.
Gritaría un estómago
ya sin nervios, plaza boba
incombustible a los asaltos.
O un corazón más sosegado
que sigue triturando
el hielo de sus cristales.
Gritarían unas piernas
aún más pesadas
que temen las hagan
emprender el vuelo.
Si pudieran todos gritarían,
y lo cierto es
que ya lo hacen.
Lo cierto es
que no dejan de hacerlo.
Primero hablan,
luego dan gritos.
Angeles Yagüe
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