Llevo más de dos horas manejando y por ningún lado encuentro la salida de la ruta 45 A que desemboca en la carretera central del norte y que me lleva de nuevo a la ciudad. Con ésta es la tercera vez que paso por la misma población, un pequeño caserío bastante influenciado por el progreso citadino, en el que el comandante de la estación de policía me detuvo, no sin cierta actitud arrogante, revisó mi documentación y me advirtió categóricamente que no volviera por aquellas calles por un buen tiempo, que si hoy me volvía a ver merodeando con el nerviosismo del hampa, me encerraría durante varios días. Bajo un poco más el vidrio, el calor me está matando. Miro el reproductor de discos compactos derretirse en el puesto de al lado bajo la inclemencia de un sol estático. Podría jurar que me extravié en este camino al mediodía, eso hace ya varias horas, pero el maldito sigue ahí, impertérrito, recordándome desde su cenit mi pésima ubicación espacial. Un crujido anuncia el fin del reproductor. ¡Mierda!
Fincas de varias hectáreas rodean este camino, todas ellas cercadas por pinos o eucaliptos, adornadas con unas vacas aquí y allá que rompen la monotonía del verde que cansa mi vista tan acostumbrada al gris de la ciudad. Me dejo llevar por la delgada línea amarilla, por las curvas zigzagueantes que me adentran en un espeso bosque de pinos y robles. Al astro tostador inamovible se le dificulta traspasar el denso follaje y por primera vez desde que abordé el carro dejo de sudar. Despierto un poco del estupor producto del intenso calor y diviso adelante una gasolinera. Es buen momento de estirar las piernas.
Con el impulso del declive, dejo que el carro se deslice hasta quedar junto a la bomba. Al lado, un anciano petrificado.
-Lleno.
-Púdrase.
Podría jurar que aquella lápida recostada sobre la mecedora respondió alguna sandez, pero mi cabeza está apunto de hervir y no retengo sonidos. Paso a la tienda de comestibles para buscar cualquier cosa fría. Entro, suenan unas campanitas irritantes y me recibe una mirada adusta. Al parecer es la compañera de sarcófago del vetusto de la bomba. Recorro los estantes y encuentro únicamente pan mohoso, conservas vencidas y las neveras descongeladas. Detrás del mostrador, la mirada decrépita parece incómoda con mi presencia.
-¿Tiene cerveza?
-¿La vio?
-¿Refrescos?
-No.
-¿Cigarrillos?
-No.
-¿Chicles?
-No.
-¿Ostras?
-Sí.
¡Maldita! Sólo por llevarme la contraria. Al final le compro una botella de agua con gas, al clima, para continuar el camino. Pero, ¿a dónde? He conducido por muchas horas y me siento muy fatigado. Si todo tuviera un poco de sentido, ya sería de noche. Se ve algo oscuro, pero presiento que el maldito sigue allá arriba. Me está esperando.
-¿Hay algún estadero cercano?
-Motel.
-¿Ah?
-Nueve kilómetros.
-Gracias.
-Púdrase.
Algo masculló al final entre su apestosa caja de dientes, que escuché caer al piso. Lo único que quiero es dormir. Salgo y veo al fósil tal y como lo vi al entrar.
-Ya está lleno.
Enciendo el carro y efectivamente está lleno. Pago no sin cierta desconfianza. De nuevo en la ruta 45 A. Continúan las curvas. Tomo agua, me la echo en la cara, mojo hasta mis pantalones con ella, pero nada puede evitar el encantamiento de la carretera. Aun así me concentro lo que más puedo pues cada curva que voy tomando me lanza más afuera del asfalto. Al llegar a lo que parece una última curva, infinita, como si me estuviera devolviendo hasta mi origen, aparece una recta que se pierde en la espesura del bosque. El motor ronronea, el viento apenas entra por la ventanilla, mi respiración es acompasada por el traqueteo del eje. Parpadeo y descubro que me he quedado dormido. Me descubro ante la misma recta -según parece-, pero ya no hay vestigios del bosque. Al frente me atosiga un desierto penetrante que consume todo lo que significa vida. Para colmo de mi desasosiego, el malnacido sigue allá arriba. No se ha movido un centímetro.
Como una mancha parda sobre la gama de amarillos, aparece de la nada una edificación. Acelero a fondo para huir del asfalto pegajoso. Metros antes de llegar, el carro patea, el motor cruje y se atora con su propio vómito.
-¡Mierda!
Maldito alcohol carburante.
Con el impulso que alcanzó el carro, llego hasta la entrada. Es una edificación de tres pisos, bastante descuidada en su fachada, con algunas ventanas rotas, maleza cristalizada por la ausencia de agua y ningún aviso que me indique dónde estoy. Sólo el de “ruta 45 A”.
Apenas desciendo del carro, mi pelo comienza a oler a quemado. El puto me quiere aniquilar hoy. Seis pasos largos. Entro.
Lo primero que me recibe es un penetrante hedor a cañería tapada. Es como un filo que me corta el entrecejo. Es una mezcla de verduras descompuestas y humanos muertos. Ya no sudo pero ahora estoy a punto de vomitar. Un rostro grácil me recibe.
-Bienvenido al de te eme.
-¿A dónde?
-¿Cuánto tiempo pretende quedarse?
-Hasta mañana temprano. Si llega….
-Cobramos por horas.
-...(mierda)...
-¿Perdón?
-Lo que usted diga.
-Cuarto tres cero tres.
-Gracias.
-Púdrase.
Estoy casi seguro que esos labios carnosos adosados a ese rostro inmaculado enmarcado sobre dos prominentes curvas, más agrestes que las que me quisieron eliminar hace un rato, algo me respondieron. Creo que voy a dejar de dar las gracias. Antes de pisar el primer escalón la veo por última vez y su sonrisa no es concordante con sus ojos que quieren devorarme. No sé si figurativa o literalmente. Miro la claraboya en el centro del vacío de la escalera y el hideputa sigue buscando mi rostro desde su cima. A cada paso, a cada escaño, la escalera aumenta sus gritos de dolor. Yo creo que no voy a llegar hasta arriba. Llegando al tercer piso, faltan tres escalones.
Brinco. Por poco y me voy por el hueco. Abajo, me siguen mirando esos ojos tiernos y caníbales. Frente a mí, un pasillo lúgubre, sin ventanas ni iluminación. El cuarto es al fondo. El primero no tiene número, el segundo tiene el tres y el cero, el último: tres cero tres. Descorro la puerta y un hedor más pútrido que el que me recibió en la entrada me abofetea, golpe a la nariz y al hígado. Caigo de rodillas. Vomito. Espero que la beldad no tenga que recoger mis adentros. Me arrastro como puedo hasta el interior y cierro con delicadeza. Poso mi cuerpo sobre la cama y cierro los ojos un instante. Ya recuperado y adaptado a la oscuridad del recinto descubro que la cama es sencilla, que hay una mesita con lámpara, un televisor al fondo como empotrado en la pared o como encarcelado para no ser extraído, y un pequeño mueble muy golpeado. ¡Nevera! Vacía, qué más da. Al menos puedo enfriar el agua de la llave o mi cabeza dentro de ella. Para cerciorarme, entro al baño. El inodoro en medio de la ducha y el lavamanos en el piso. Nada que hacer.
Enciendo el televisor. Canaleo. Me detengo en cualquiera. Una película vieja. Mundo fantasmal. Esa me gusta mucho.Una burla abierta a los convencionalismos de la sociedad, ese humor negro que se cierne sobre Enid y Rebecca, sobre todo en Enid. Rebecca termina cediendo y prefiere adaptarse que morir en el ostracismo social. Siempre me he identificado con Enid, porque tal vez, como ella, nunca he querido enfrentar el mundo adulto. Por eso manejo. ¿Será por lo mismo por lo que no puedo salir de la ruta 45 A? En medio de mis desvaríos seudofilosóficos para los cuales nunca fui bueno, parpadeo y veo que de nuevo me he quedado dormido. En el televisor, otra película. No se me hace conocida. Pero, ay, ¿no es ese el valetudinario de la bomba de gasolina? Totalmente despierto sigo la trama de la historia. El protagonista entra a la tienda y compra una botella de agua. Observando la nevera descongelada como un cuadro de Dalí, recuerda su infancia asocial aprendiendo del mundo a través de un televisor en blanco y negro, y su adolescencia cruzada por el onanismo y las burlas. Él encerrado en el baño con una revista, los pantalones a las rodillas y Enid abre la puerta, lo señala y ríe hasta llorar. La abuela que atiende insulta al comprador que, con gesto de incomodidad, sale de su ensoñación. Afuera, recoge ¡mi carro! Y el vejete que hace las veces de bombero y pisapapeles también lo insulta. No comprende el porqué. Ahora maneja. Es como en las series de los sesentas, en que un mismo fondo pasa una y otra vez, como en diagonal, mientras que el conductor lanza fuertes cabrillazos que lo enviarían directo a la cuneta. Estaciona frente a una casona. Es recibido por una joven sexy y lasciva. Vaya, sexo en la recepción, que envidia. La joven hace entrega de una llave al visitante. Ella le indica a dónde tiene que ir y que lo mejor entre ellos está por venir. Esto se pone bueno. Llega al respectivo cuarto y abre con cautela. Ve el televisor prendido, la cortina cerrada y la nevera de par en par. Un fardo acostado en la cama. No pregunta, sólo apunta. Me despego del televisor y veo la puerta abierta, la nevera de par en par y una sombra en la penumbra de la entrada. Vuelvo al televisor pero una distorsión hace destellar la pantalla y nubla mi vista. Siento rabia. Mucha rabia. De mi mente, de la puerta, del televisor, de la nevera, de la cama, del baño nace un grito que rebota contra paredes, parte azulejos, abre la cortina dejando entrar al cabronazo que no cesa de calentar. Quiero dormir, o tal vez despertarme.
-¡Púdrase!
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