PAN PARA TODOS Y EMIGRACION
Mes de agosto de 1.960. Aquel día, como casi todos los días, la tropa de amigotes se había reunido en casa de uno de ellos, para animadamente conversar de las mil y una cosas que unen las inquietudes de los que ya han cumplido quince, dieciséis o diecisiete años.
Intentan arreglar el mundo y todos opinan sobre las necesidades de esto o aquello, aportando con vehemencia datos cualificados, para conseguir un mundo donde impere la justicia y la solidaridad y en el que el reparto de la riqueza sea más equitativo.
En esto suelen estar todos de acuerdo, y alguno de los muchachos dice que es deprimente y doloroso que en los países poderosos y ricos, las personas coman tres veces al día, mientras que en otras naciones pobres, las gentes carezcan de pan y agua y mueran de hambre y de sed.
Dice otro que parece mentira que en el año 1.960, puedan ocurrir estas cosas. Es cierto que en España la guerra civil de 1.936 dejó ruina y miseria y que aún se arrastran carestías y secuelas, pero gracias a Dios la gente ya no se muere de hambre. No es que sobre nada; pero en los últimos años, pan, lo que se dice pan, casi todo el mundo tiene. Y concretamente en Albalate muchos tienen judías, patatas, garbanzos e incluso carne; que casi todas las familias del pueblo crían gallinas y corderos. Y un gorrino o dos dependiendo de las posibilidades de cada cual. Pescado, los cangrejos y truchas del Río Trabaque; fruta, la que da el tiempo en el campo.
Añade un tercero que es cierto, que todavía quedan familias a las que no les alcanza y que pasan ciertas calamidades, pero son la excepción. Además alguno está pendiente de que lo llame un familiar que trabaja en Barcelona, en una fábrica donde se hacen tresillos y sillones. Se fue de Albalate hace cuatro o cinco años y en la empresa donde trabaja lo han ascendido a categoría de jefe de sección y ya ha colocado a varias personas del pueblo.
Dice otro joven que da la impresión que aquellos que se fueron acuciados por la necesidad y el hambre, hicieron buen negocio. Las personas que no hace mucho tiempo huyeron del pueblo en masa, parece que viven mejor que muchas de las que se quedaron.
Trabajan profusamente, pero al menos, en la ciudad, tienen ese trabajo que en el pueblo les faltaba y dicen ganar mucho dinero. Algunos se han comprado un coche seat seiscientos e incluso cuando vienen de vacaciones, para las fiestas del pueblo, visten traje y corbata y calzan zapatos.
Y en el bar de la Claudina hacen barra libre e invitan a todos los presentes.
Además, algunos enseñan con enorme orgullo unos papeles firmados por un notario, que dicen ser las escrituras del piso que han comprado.
Uno explica que dio una pequeña entrada y que ahora está pagando todos los meses una cuota que le resulta muy costosa, pero que compensa con el trabajo de los domingos y horas extraordinarias. Al mismo tiempo, su mujer colabora a estos fines limpiando por la mañana temprano las dependencias de unas oficinas.
Los pisos que compran suelen estar en los extrarradios de las ciudades y dicen con vanidad e inmodestia, a todos los que les quieren escuchar, que tienen casi noventa metros cuadrados. Manifiestan que disponen de cocina amueblada con despensa independiente, salón comedor, que es hermosísimo, tres dormitorios, uno de ellos muy grande y los tres con armarios empotrados, un cuarto de baño espacioso y todo de mármol, un aseo con lavadora incluida y una pequeña terraza que es una maravilla y que da a un jardín precioso. Incluso tienen garaje y trastero. Poseen calefacción central, portero automático y agua corriente fría y caliente. Pero lo asombroso del caso es que también gozan de ascensor. Y las escuelas para los chicos a un paso. Además en la zona se han construido institutos de enseñanza media y escuelas de maestría industrial, donde pueden cursar estudios los jóvenes del contorno. El centro médico a la vuelta de la esquina y se pueden tomar autobuses que te llevan directo al centro de la ciudad y lugares importantes, como el hospital de la Seguridad Social, campo de fútbol, estación de trenes, supermercado, etc. También se están haciendo las obras necesarias y dentro de poco llegará el metro a la zona.
Ante tantas bonanzas, uno de los muchachos de la reunión dice, incrédulo, que no será para tanto, que haber si ahora va a resultar que en la capital atan los perros con longaniza, que ya será menos.
Pero los lugareños, en su fuero interno, sienten cierta envidia.
A uno, que tiene mediana hacienda de cereal, bastante olivar y algo de viña, se le ha oído decir que no espera más; que antes que llegue el año 1.961 estará en Alemania, pues le ha informado un amigo que allí, si se tiene suerte, en pocos años se puede hacer capital.
Uno de los asistentes a la tertulia asevera que él mismo se irá de inmediato con unos tíos que tiene en Madrid y se pondrá a trabajar de ayudante de cocina en un restaurante.
El mozalbete que inició la conversación apostilla que lo peor que pasa en el pueblo es que apenas si quedan chicas, pues fueron las primeras en emigrar. Algunas se fueron a las fábricas y la mayoría a casas de señores a servir, y claro, vosotros me diréis qué pintamos en Albalate, si apenas quedan mujeres.
Entonces, los jóvenes recuerdan a un hombre del pueblo, de edad madura y con aire de intelectual. En más de una ocasión y haciendo referencia al tema, en tono de mitin, se le había oído decir:
-En Albalate, las cosas han mejorado. Muchos jóvenes tienen aquí trabajo más que suficiente, no les manda nadie, están en su pueblo que al fin y al cabo son sus raíces, bien atendidos por sus madres y no les faltan cinco duros en el bolsillo. Entonces, estando bien aquí, ¿sabéis por qué se marchan? ¿Se van por necesidad?, ¿quizá se van por dinero?, ¿acaso por inquietud personal?
El hombre se recreaba en sus preguntas, hacía un inciso dejando transcurrir unos segundos y al final, con gran solemnidad, subía el tono de voz y concluía:
-No. No, señor. Se van en busca de hembra. Se van por que se lo pide su colilla. Por eso se van.
Esto da pie a los chavales para hablar de sexo y de mujeres, ya que, con la connivencia de un seminarista que asiste a la charla, todos los días los jóvenes tertulianos terminan hablando de sexo y de mujeres.
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