Para Yvette Nino Schryer.
Como todos los días, Eva abandonaba el número 53 de la calle Paraíso para ir a trabajar. Dejando a Adán dormido entre las sábanas con las que luchaba en su sueño intranquilo. “Otra pesadilla de esas” pensará cuando despierte. La mañana era fría y el día escatimaba promesas: será sólo uno más en la larga lista interminable del calendario que espera en la mesa, junto con un cuaderno abierto en donde Adán lo ha dejando la noche anterior, como una invitación a seguir escribiendo. En la página superior se alcanza a leer:
“Ante mi se extiende tu selva impenetrable. Desde su obscuridad sale un clamor grave y húmedo. Yo aquí decidido a domar tu verde piel, obligado por mi insaciable voracidad a recorrerte; respetando siempre tu naturaleza paz, adorándola, celebrando que revive al contacto con mi aspereza que busca reencontrarse con tu jugo vital, con tu suavidad innata.”
Ahora Adán comienza la cansada tarea de nadar en la cama soportando el último tramo del sueño, que siempre es el más intenso y el más vivo. Sudor, imágenes vagas, saliva que rueda hacia la almohada, frescura de repente, el sol amenaza siempre silencioso colándose por la ventana. Al abrir los ojos no reconoce ni su propia vida, vagamente representada ante él por la fotografía suya con Eva en alguna playa virgen, hace ya algún tiempo, hace ya muchos kilómetros de paraíso conquistado. De hojas llenas con letrita diminuta y negra que parece una infinita fila de hormigas, ansiosas de contar el relato de la vida de un tal Adán y su Eva: como si a alguien le importaran esas historias.
“Después de un rato de andar por tus confines, se hace un poco más dulce el respirar, la nariz percibe perfumes jamás conocidos y la piel comienza a respirar mentas un toque amargas, penetrantes. Relaja caminar por encima del sonido de mis pasos como un raspar sobre el musgo, con un leve crujir de tus hojas cuyo quejido me alimenta. Surgen las ganas de bailar siguiendo tu ritmo que flota invisible, como mariposas, abejas y bichos llevando un día simple. Sin notar que yo hoy he decidido invadirte, saquear todos tus néctares. Todo fluye conducido por tu dulce mano que me regala el sol que choca; un poco contra mi, un poco contra un verde que chisporrotea luz densa y espesa.”
Escribir luego de un buen sueño, manías de un Adán cuya pluma ahora suelta latigazos sobre una hoja perezosa: “estas no son horas de escribir” piensan la pluma y el papel. La ventana deja que la tenue luz de la mañana se deslice hasta la mano izquierda de Adán, que sostiene por su extremo superior al cuaderno que a veces no obedece y corta los caminos del sembrador de letritas negras y diminutas. Que florecen ante sus ojos maravillados. Más allá de la ventana está ese jardín. Como el que siempre deseó Eva y sólo pudieron conseguir en vista desde una ventana fisgona a la casa vecina. Con rosales altivos que, desde el escritorio, Adán adivina con espinas de dulce piquete, de dolor fresco. “Ese paraíso prohibido de al lado”.
“Y del horizonte limitado siempre por una rama, o una desviación, sale a mi encuentro tu templo. Cubierto por la vegetación acumulada que tú dejas realizar su danza, quizás centenaria, que hace un amor lento, agudo y profundo. Yo me acerco sin dejarme invadir del todo por la dicha que me inspira toda tu estructura, tu entrada que se ilumina con colores carnosos y el camino de pastos obscuros y fragantes que llevan hasta dentro. Lo recorro con cuidado, con amor, saboreando la privilegiada posición a la que accedo luego de todo tu transcurrir. Sabiendo que mi premio está ahí, y lleva tu nombre; es tu fruto más prohibido. Entonces gruñen las entrañas, previniendo al goce, me decido a comer algo, ante tu entrada. Saborear el aire, quizás, y luego continuar.”
Y es así que Adán salta de su silla directo a la cocina, al refrigerador casi vacío. Buscando un final entre la telaraña que se ha ido formando en la cabeza. Ya debe de haber pasado el medio día. En algún momento llegará Eva, con paquetes de risas, con una película quizás, con ganas de volver a poner ese disco a todo volumen y bailar, interrumpir a Adán, sacarlo del letargo de encontrar un final. “No” se dice a sí mismo mientras se prepara el emparedado. Y vuelve a buscar una manera de terminar, como un ciclo que no termina nunca de acabar.
“Tan sólo una manzana. Los sabores son más frescos. La boca come con sensualidad. Es tu templo que con su magia da vida, a mí, a los árboles que me rodean, a la comida. Guardo todo mientras adivino que en el horizonte anochece. Tu luz me basta, me baña. Guía mis pasos hasta tu entrada donde mana un perfume viejo y que tiñe la piel de sudores empalagosos. El piso es suave, se estremece con mi contacto. Yo soy una lombriz que vuelve a la tierra, al origen de todo, buscando frenéticamente con movimientos de pez fuera del agua. Nos agitamos cada vez un poco más. Llueve rocío animal. El acto vuelve a ser instintivo, vuelve a su condición de original.”
Adán se seca el sudor con la manga del pijama. De pronto pareciera como si todo el calor del mundo se hubiera juntado en su cabeza, para nublarla de luz. Los vapores no cesan y entonces cierra los ojos, por un rato. Ahí, en la claridad, toda la telaraña se va tejiendo sola, mostrándole a Adán el camino a seguir, él sólo procura recordar, poner atención con detenimiento. La boca comienza a mostrar una sonrisa. La mano ansiosa juguetea con la pluma.
“Y nacen las estrellas de nuestro encuentro. En tu interior brillan como luciérnagas paseando por una cueva, se posan en mis brazos, en mi pecho, hacen brillar todo pero aún así no iluminan nada. Adentro todo es movimiento, el piso me avienta de un lado a otro, haciéndome chocar con tu suavidad que me manda disparado cada vez más lejos. La sed se calma por tu jugo de luna. El hambre sólo existe si decido saborearte. Entonces me vuelvo el aire que respiras y dejas deambular libremente por tu cuerpo; la caricia secreta e invisible; los planetas que giran guiados por ti. Mi cuerpo muta dentro de ti, la luz lo hace cambiar en todos sus espectros. Exploto. Exploto. Exploto. Como una cascada es la explosión de aguas, como si mi ola y la tuya se encontraran en tibio beso. Me vuelvo la tinta, tú el tintero; huyamos a escribir esta historia. Ahora entiendo por qué decían que nadie se interna en ti y sale ileso."
Adán decide que ese punto, esa bolita negra de tinta, es el final. La simplicidad y verdad. Por la ventana los rosales asienten, están de acuerdo con la historia, es verosímil y fiel a la realidad que ellas conocen. Por la puerta entra Eva, cansada de mundo, contaminada de ciudad inmensa, asesina. “Tu paraíso” escribe Adán en la parte superior de la hoja, luego con timidez agrega: “De Adán para Eva, con amor”. Está ansioso de una segunda opinión, y quizás no sólo eso. Ambos saben que el otro está en casa, siempre lo saben, y juegan a buscarse, él lleva las hojas en mano, como arma mortal. Ella las bolsas del supermercado, como protección secreta. La ve por detrás, ella está segura que lo encontrará sentado frente a la ventana que da a ese hermoso jardín, él se ha adelantado a su tentativa. La toma con fuerza por la cintura y ella se estremece del susto, voltea y ambos ríen, se besan, primero inocentemente pero poco a poco con pasión que nace, que promete una tarde espléndida. Entonces ella se separa y lo mira a los ojos, escudriña su alma. Él interpone las hojas y con una sonrisa le dice: “Lo he escrito hoy, con dedicatoria y todo. Es para ti.” Ella finge sonrojarse, comienza a leer mientras camina a la cama y se sienta.
Pasan los minutos como lentas tortugas, Adán juega a dibujarles alas. Ella lee, lee y lee. “¿Qué pensará?” La duda acecha. Y entonces, al final, ella aparta la vista de las letritas diminutas como de hormiga, y totalmente sonrojada se lanza sobre Adán. Él se limita a besarla, y poco a poco se interna en esa selva de mujer. Lo que sucede después no hace falta que lo escriba yo: ya Adán lo ha hecho magistralmente. |