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Inicio / Cuenteros Locales / Paulocho / La Tumba

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LA TUMBA

Luis Hueiquipán conducía el tractor velozmente por el callejón principal del fundo; al final del camino cercado que dividía los amplios y ordenados potreros lo esperaba su tarea para el resto de la jornada. El sol, que hacía rato se había alzado por sobre los volcanes, ya formaba sombras acogedoras bajo los escasos y añosos “pellines” que se mantenían aún en pie; los únicos testimonios del bosque selvático que hace menos de un siglo cubría hasta los últimos rincones del extenso fundo.
Los últimos retazos de terreno “sucio” de árboles y troncos quemados debían quedar como la palma de la mano. Así le había ordenado a gritos su patrón, como daba cada una de sus órdenes, las cuales eran a la vez reprimendas e insultos, sólo porque así era su poder. El origen de este poder tampoco era cuestionado por el obrero, él sólo obedecía y trabajaba con toda su fuerza, porque su familia necesitaba el mínimo salario permitido por la ley que él percibía. No era ya importante que el corpulento europeo dueño del fundo de tres mil hectáreas no supiera conversarle ni darle instrucciones no violentas. Hueiquipán, superaba su rabia y su impotencia cuando le gritaba el rubio patrón, tratándolo como a una basura molesta, con tal de entender bien la forma en que debía hacer el trabajo. Su naturaleza indígena le había dado por herencia una enorme capacidad de asimilar las penas y hasta se había acostumbrado a los abusos de poder. Esa mañana se había pasado reparando el tractor y acondicionándolo para la labor de habilitación de terreno; le había instalado el cable nuevo del huinche y cambiado los repuestos que le tiró el patrón al piso, y ,bajo la desagradable supervisión del dueño del fundo, había logrado hacer funcionar la máquina nuevamente. Ahora, ya estaba en tierra derecha y lo esperaba la dura labor de limpiar el retazo de terreno más sucio y complicado del predio.
Mientras el tractor viajaba, aplastando terrones y sorteando los baches y las pozas de agua, al otro lado del cerco, el ganado ese mediodía resplandecía de salud, pastando apaciblemente. Los cuerpos musculosos de los negros novillos Angus parecían sombras encendidas sobre el pasto verde, siluetas brillantes sobresaliendo de las empastadas perfectas.
Toda la tarde estuvo el trabajador moviendo troncos enormes con la ayuda del huinche del tractor y, poco a poco, se iba despejando el suelo. Las enormes pilas de troncos serían requemados y en poco tiempo más podría allí pastar el ganado y nadie se acordaría que en aquel terreno alguna vez hubo un bosque vírgen, intacto, poblado de animales silvestres y de antiguos habitantes que fueron los únicos dueños por generaciones de aquellas vastas tierras. Un derecho de propiedad indiscutido por siglos; extensiones casi interminables, de cordillera a cordillera. Ya faltaba poco para las seis de la tarde y Luis Hueiquipán se disponía a regresar a las casas y dejar preparado el tractor para la jornada siguiente. Con diestros giros del volante, condujo el tractor entre ramas y troncos dispersos, sorteando la última ruma de troncos que había hecho, por un lugar todavía sucio donde las ruedas no habían pasado antes. De pronto, sintió un crujido escalofriante bajo el tractor y, sin posibilidad de reaccionar, se desplomó con máquina y todo al fondo de un pozo, al que parecía no terminar de caer. Se dio cuenta que bajo las ruedas se había quebrado una especie de empalizada hecha con gruesos troncos, sobre los que había una capa de tierra cubierta por matorrales. Finalmente, la pesada máquina se estabilizó. El tractor había quedado derecho, pese a la caída de unos cinco metros, ya que había caído en forma vertical. El fondo de aquel socavón estaba oscuro y el cielo de la tarde alumbraba débilmente el fondo. Cuando cesó de desplomarse tierra desde la parte alta, el hombre, recobrándose de los golpes, se dispuso a salir de allí. Al principio, gritó pidiendo ayuda, pero estaba solo en el monte y el sonido de su voz salió apagado desde el fondo, abriendo apenas el inmóvil silencio de la tarde, que ya venía dominando. Resignado a valerse por sí mismo , mientras trataba de hallar la ruta más fácil para trepar hacia la tenue luz del exterior, una oleada de hediondez le tapó la nariz y estuvo a punto de hacerlo vomitar. Sus ojos, ya más adaptados a la penumbra del agujero, se le quedaron fijos,atónitos, como todo su cuerpo, y el miedo lo superó por completo en el instante que descubrió una enorme acumulación de huesos, que sin ninguna duda eran humanos, los cuales cubrían la totalidad del piso de aquella cueva. Tantos huesos, cráneos, manos descarnadas, yacían desordenados sobre el piso del socavón formando una costra maloliente, que no podía dar un solo paso sin pisarlos. La sorpresa se tornó desesperación por salir de allí cuanto antes, pero escalar los muros no era fácil puesto que eran totalmente verticales. Y las tinieblas le impidieron ver que en un extremo del enorme socavón, la pared se transformaba en una subida de suave pendiente. Hacia todos lados se apreciaba una oscuridad absoluta y vacía en la que blanqueaban las osamentas sobre el piso hasta que eran tragadas por la oscuridad. El pánico se apoderó de Luis Hueiquipán cuando tuvo certeza que se encontraba en el interior de una tumba, tan grande como extraña, una fosa común inexplicable al medio del monte. A tientas logró llegar a una pared que podría conducirlo hasta el boquerón que había dejado la máquina en su caída. Entonces, se acordó de la caja de herramientas que tenía en el tractor y luego, usando llaves y desatornilladores, logró trepar por la pared y huir del lugar, dejando sepultado el tractor.
El patrón, estaba absorto observando el funcionamiento de la nueva sala de ordeña, cuando divisó a su peón que se acercaba corriendo por el callejón. Inmediatamente adivinó que algún desastre había ocurrido y salió rápidamente al encuentro del tractorista, cuyo rostro aún reflejaba el impacto de una vivencia tan rara que el dueño del fundo no logró interpretar. Sin intención de escuchar explicación alguna, el patrón comenzó a retarlo por haberse venido a pie, dejando el tractor en el monte. Pero cuando escuchó los detalles del accidente, sus ojos adquirieron mayor intensidad de rabia; se transformaron en azules brasas y la ira le desfiguró el blanco rostro, tornándolo rojizo con manchas púrpuras. Su voz se tornó más ronca y violenta que nunca mientras maldecía a Hueiquipán. El indígena pensó que las gruesas venas del cuello se le reventarían al patrón o tal vez su corazón le daría un sólo corcovo dentro del pecho, dejándolo sin aliento. Pero le seguía gritando: Mañana apenas aclare te vas con otro tractorista al monte para sacar el tractor del hoyo! - le ordenó a Luis- y tapen bien esa cochinada que quizás que diablos es, no quiero que nadie se entere de que en mis tierras existen porquerías de esas!...

El día domingo siguiente, Luis Hueiquipán, hizo uso de su día libre para viajar a la costa. Al llegar a destino bajó pausadamente de la micro, con su bolsito en la mano, absorto en sus pensamientos, la mirada externa suprimida. Subió con el cuerpo cansado la empinada loma hasta la casa de su padre, quien vivía solitario en la última etapa de su vida. Ya caía la noche y el cielo se estaba salpicando de astros helados y distantes; los espacios negros entre ellos daban la sensación que el alma estaba vacía. Luis empujó la puerta y saludó a su padre con cariño: aquí le traigo yerba y azúcar viejo, tomémonos un mate. Vamos, le contestó sonriendo imperceptiblemente el anciano, pasemos al fogón. Con un fierro doblado en la punta, el padre movió los tizones y las brasas y agregó un palito seco a la lumbre, casi sin necesidad, tan sólo como un gesto de invitación a la tertulia. Qué te pasa Lucho, que no hablai ná -le preguntó el viejo- observando profundamente el paisaje interior de su hijo. El tractorista, todavía asqueado por la vivencia de la tarde del accidente, debió pronunciar frases nuevas, que hasta a él mismo le sonaban extrañas, para aproximarse a contar lo que había visto y lo que sentía en ese momento. Al terminar su relato, fue su padre quien enmudeció por un largo rato, tan largo que los perros cambiaron varias veces de rincón, pasando de un sueño a otro, antes que el indígena levantara abruptamente la vista y clavara su mirada otro largo rato en la mirada expectante de su único hijo. Mira Lucho -le dijo- aquí en estas tierras han pasado cosas que casi nadie sabe, y los que las saben se han encargado de que los demás no lo sepan, o que sepan alguna otra cosa sin importancia, para que el pasado se mire de otra manera. A ver a ver, viejo, no me comience a difariar -le contestó Luis- acláreme un poco el panorama, y si usté es de los que sí saben, entonces aquí me tiene escuchándolo así que parta no más, la tetera recién hirvió y harta noche nos quea toavía.
El anciano, pasándole el mate recién servido a su hijo, se acomodó en la silla y comenzó a hurgar en el pasado insondable de su memoria, como abriendo caminos que voluntariamente había cerrado. Es que yo sólo sé una parte - comenzó diciendo- conozco la parte en la que yo mismo participé y, la otra parte, la más triste, la supe nada más que por lo que oí y por lo que me contaron. Por ahí por los años treinta debe de haber sido, cuando estos potreros estaban con el monte intacto, de aquí de la Cordillera de la Costa hasta la Cordillera de los Andes, y habitaban por toas partes solamente los vivientes naturales, con sus pocos animalitos y todo el bosque para aprovecharlo. Yo, eso sí, vine de más al norte, me trajeron para hacer mi servicio militar por estos lados. En ese tiempo, empezaron a llegar con mucha fuerza gente afuerina, huincas con ansias de quedarse con todas estas tierras y hacerse dueños a toda costa de las tierras. Los oficiales que nos mandaban eran parece todos familiares, porque se parecían mucho y tenían casi los mismos apellidos raros. Ellos eran los únicos que mandaban. Nunca se oyó, así como ahora, otra palabra; nadie hablaba por radio ni aparecía por televisión, eso no había, ni diarios habían siquiera! Un día, me acuerdo, llegó la orden de ir al monte más lejano, de lo que ahora es el fundo donde trabajai, justo por allí donde se te cayó el tractor, y nos pusieron a cavar un agujero tan grande que incluso con máquinas y una montonera de soldados con palas y hachas nos demoró un montón de días hacerlo. Yo creo que el hoyo medía como diez metros de ancho por unos cincuenta de largo y unos seis metros de hondo. Después de terminado, nos ordenaron que tapáramos el hueco con largos troncos de árboles y le dejáramos una bajada y un acceso angosto para ponerle una tranca. Una vez que terminamos esa cuestión tan rara nos sacaron de la zona. Lo que me contaron después nunca supe si fue cierto, hasta ahora que tú me has contado lo que viste.
Los oficiales, una vez que estuvo terminada la extraña estructura, procedieron a reunir a todos los habitantes de la zona que a ellos les interesaba ocupar. Uno a uno los aislados hogares de los pobladores ancestrales fueron desmantelados y sus habitantes fueron obligados a entregar los escasos papeles de dominio de tierras que poseían. Los obligaron a firmar otros documentos que los indígenas nunca comprendieron y fueron luego conducidos en fila, obligados con ayuda de la amenaza de sus armas de fuego para ser encerrados en el gigantesco hueco del monte. Una vez que la enorme prisión estuvo repleta, descargaron sus ametralladoras y silenciosamente se fueron desplomando los padres, los hijos, las mujeres, sin alcanzar a comprender la dimensión de la codicia inmensa que impulsaba los gatillos. Cuando nadie quedaba vivo, los troncos del techo fueron cubiertos con tierra y la tumba quedó sellada. Los militares cercaron el lugar y prohibieron el acceso por muchos años. Los militares de entonces, dejaron de vestir uniforme; talaron los bosques de las tierras planas; sacaron los enormes troncos con moderna maquinaria; establecieron convenios entre sí; sanearon títulos de dominio y cambiaron el paisaje para siempre. Se transformaron así en ricos patrones, dueños absolutos de la tierra; preciosos clientes de los nuevos bancos; y, persistentemente, durante años, aliados con los gobiernos de turno, acosaron a los indígenas de los alrededores, quemando sus cosechas y sus esperanzas hasta acorralarlos en las zonas costeras, donde no habían caminos ni tierras fértiles, donde vive la familia de Luis Hueiquipán, quien, asomado en la puerta del fogón, contempla las frías estrellas con un nudo en la garganta y un sentimiento indefinido de preguntas sin respuestas. Un perro apareció desde el fogón, le olfateó al hombre una rodilla al pasar y sus ojos amarillos vieron caer a su lado una lágrima oceánica.

Texto agregado el 21-07-2006, y leído por 20 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2006-11-12 19:02:44 Es una historia desgarradora, quisiera negarme todo lo escrito, pero es casi imposible, porque en la actualidad la arbitrariedad, el dinero, la arrogancia el desprecio y personajes foraneos nos roban a vista y paciencia de todos, siendo los gobiernos sus principales aliados, engañando y abusando a veces de la ignorancia, humildad y precariedad de los más débiles, de la minoría, es una historia punzante, emotiva y verdadera en todo sentido, infinitas ***** cafayate
2006-07-21 02:47:53 Muy bueno, me agarró en seguida. El tema es terrible, pero más terrible es que en muchas partes de esta América nuestra no fue cuento. familiar
2006-07-21 02:41:25 esta muy bueno esto que no es ningún cuento... así se escribe para que sepan los que vienen y no vivieron eso y se lo cuentan distinto. Para los libros de historia. piolavago
2006-07-21 02:30:30 Esta muy bueno el cuento, es un buen tema para escribir. Lo triste es que esas cosas pasaron mas o menos asi... Se lo leí a mi hermana y a ella tambien le gustó. Laura-Pokrynnoe
 
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