-Hoy no puedo quedarme contigo pero te llamo esta noche- y produjo, ella, su más bella sonrisa demagógica antes de salir. El quedó petrificado viéndola desaparecer e intuyó lo que pesará ¡tu ausencia mujer! cuando se asomen la luna y las primeras estrellas. El amor y la dentadura duelen más de noche.
Ella se evaporó con el calor de aquella tarde. Veinte días pasaron desde aquella despedida frugal y no ha regresado desde entonces. Anoche, por fin, llamó:
-claro que si te quiero, mi amor, no seas tonto, pero debes entender: Raúl tuvo fiebre y yo lo cuidé cada segundo y ahora está tan amañado conmigo, mi bebé, como yo con él. Tú lo entiendes porque también eres abuelo…
El entiende, porque sacó su anticuado pañuelo y lo enjuagó con lágrimas de abuelo.
José Lagardera
Santa Ana de Coro
|