El humo de los coches y el claxon de los taxis me despertaron una mañana de diciembre, mi vida y mis sueños a miles de quilómetros de aquí y quién sabe por qué aquella mañana flotaban en el aire. Eran las 9 de la mañana, no quería ni pensar en lo que diría mi madre de aquellas horas y aquellos harapos con función de pijama. Me asomé a mi balcón, el frío me penetraba hasta lo más fondo de los huesos, sin llegar a tocarme el alma, mientras observaba la publicidad en inglés y el tráfico que hormigueaba en dirección contraria.
No había visto la ciudad así antes, y nunca había imaginado así, tan maravillosa, diría que era de película, sino me pareciese tan fantástica que se había vuelto indescriptible. No había prisa, seguí mirando el movimiento, la Navidad que ya se respiraba en el frío pre-invernal y llegaba incluso con aquellos cláxones que en algún momento me parecieron música celestial.
Desayune, sin prisa, me duché y una vez vestido y abrigado, bajé a la calle. Volví a pensar, una vez allí en mis sueños, en el sabor de sus besos bañado en el calor español y los prados de mi tierra. Volvieron a mi cabeza aquellos ojos verdes que fueron la única luz que me guiaba, los labios que tanto me prometieron, y las promesas que prometían una vida a su lado. Recordé como entonces, por segunda vez y entre lágrimas le había reiterado mi apoyo, le había jurado estar a su lado para siempre. Vinieron entonces a mi cabeza los motivos que me habían traído a Londres, ella había decidido reestablecer los planes y yo no formaba parte de ellos y un impulso, quizás alguno de mis viejos recuerdos de la aún más vieja ciudad, me llevó a organizar los planes.
De repente, y sin querer, entre sueños y canciones y una guerra cabeza-corazón, acabé en Trafalgar Square, quien sabe, ironías del destino, creí verla, de espaldas, no parecía una turista como las demás, destacaba como siempre. Algo en lo más profundo del alma me decía que sí, mientras la cabeza razonaba contra el corazón, lo tachaba de imposible, la ciencia, una vez más, aplastaba la fé. Decidí acercarme contra el dictado de mi conciencia, ¡Era ella!¡Imposible! La miré a los ojos y me devolvió su encharcada mirada como quien devuelve un tesoro.
-Creí que todo había terminado- logré pronunciar deshaciendo el nudo de mi garganta.
-Ni siquiera sé, como he llegado hasta aquí...
Sin dejarme escuchar más, rompió a llorar y me estrechó en fuerte abrazo, entonces me di cuenta, ella también tenía un nudo en la garganta...
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