Axterion
Cántaro como huesos
Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe. Y así lo encuentro: en el piso, deshecho. ¿Es que será ese el destino de todos? Hoy soy un cántaro, frágil, perecedero. Cansada de tanto ir a donde fluye la frescura, cansada del jueguito de servir, ser útil. Rompiéndome meticulosa a mi misma por el hartazgo, comenzando por adentro, donde llevo el agua.
Estás ante mis pies, dulce cántaro. Allá frente a la fuente. Alguien debe haber descubierto que no eras más útil, y te dejó a la orilla del camino, solo, esqueleto café que te pierdes entre la tierra y el polvo. ¿Por qué me habrás provocado tanto sentimiento? ¿Por qué he de identificarme con un simple montón de pedazos, inservibles, que no esperan más nada?
Decido ponerme de pie. Espabilarme un poco. No es que me vaya a ir, cántaro fiel, sólo necesito un poco más de aire, que me haga pensar en otra cosa, quizás, o distraerme. Y es que es tan difícil, aceptarme ante el espejo que me presentas, cántaro. Quizás es un futuro: cuerpo perdido a ras de tierra, sin nada más que ofrecer. Quizás es un presente, o quizás lo sea desde hoy. El silencio nos envuelve. Si alguien viene pensará que estoy loca, aquí conversando con un montón de pedacería. ¡Imagínate, además de todo loca!
Ya el anaranjado tiñe los cielos. Poco a poco te escondes a mis ojos, cobijándote por la obscuridad y la tierra que arrastra el viento manso. He de volver por el camino, llegar de nuevo al pueblo, entrar una vez más a mi casa, convivir: volver a la realidad. En donde no existes como referencia, cántaro. En donde todo vuelve a la normalidad, y debo ocultar lo que el médico dijo del tumor: no me gusta que se preocupen de más por mí. Ya nos encontraremos después, amigo portador de agua, cuando mis huesos no sean más que pedazos de algo, arrumbados, olvidados y ya sin uso. Al fin y al cabo no ha de faltar tanto.
A.C.
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