Lánguidas sombras recorrían las estepas,
nacidas del seno de la blanca Luna,
hemanas oscuras de su luz cristalina,
inertes anuncios del paso de los vivos.
De las vivas almas solitarias,
a la muerte condenadas.
Defensores de gentíos enajenados,
de iras convenidas, de honores de bellacos,
de efímeros pretextos, de necia palabrería,
de cabezas huecas, de caprichos escondidos,
de sutiles canalladas.
Fieles siervos de dibujos en un mapa,
que cargan sobre sus hombros las palabras de los muertos.
Guardianes eternos de razones olvidadas,
atados sepultureros de ideologías gusaneadas.
Caminan solitarios, espectros solitarios, caminan a la nada;
y la morbosa luna, en el horror deleitada,
les envía inertes compañeros,
lánguidas sombras,
guías ausentes para el camino de la muerte. |