Era temprano, el esplendor del Sol se hallaba reducido a una mancha brillante que recorría tímidamente la línea del horizonte, como si alguien hubiese derramado un vaso de wiskhy sobre el plano estelar, y desplazaba poco a poco el romántico brillo titileante en el oscuro fondo vacío del infinito, y el pálido, cristalino y blanco resplandor de la Luna, que ya se iba, vencida por el poder del astro Rey naciente, quien después de un tiempo ya rayaba el alba con imponencia.
Ya se podían ver las aves, que después de su descanzo nocturno se preparaban para un día más de trabajo y aquellas que habiendo terminado sus labores de vigilia se disponían a buscar asilo en la oscuridad de las cuevas.Sus cantos eran melodiosos y parecían celebrar y agradecer lvirtud de un nuevo día, y al abrir mis oidos a su melodía me perdí entre sus mágicas notas, mis pensamientos se desvanecieron y toda mi mente se involucró en aquel embrujo. Era una sinfonía en la que cada cosa ponía su parte: las aves cantaban, el viento silvaba, las ramas de los árboles crujían. Quise contarlos, pero eran tantos, que me di por vencido y sólo a oirla en su plenitud, decidí no intentar pensar más, y me sorprendí ante la abrumadora belleza de aquel perfecto conjunto de sonidos que hacía quedar en ridículo a la más magistral sinfonía creada por el hombre.
Cuando el Sol comenzó a herir mis ojos, con su intensa luminosidad característica, me dispuse a bajar del peñasco en que estaba subido. Entonces percibí aquel olor a hierba que lo inundaba todo, y que llegó a ser tan sobrecogedor que llegué a creer que era denuevo ese chico traviezo, y casi pude oler aquella fragancia de chocolate y pan recién salido del horno, que solía comer todas las mañanas, en el preciso momento en que el pasto emanaba toda su fragancia.
Y miré el basto paisaje, que parecía extenderse hasta lo inimaginable, en donde el azul del cielo se confundía con el verde del suelo en infinita continuidad. De repente todos mis pensamientos humanos me parecieron absurdos y vacíos. Me pereció increible haberme perdido en mi monótona vida, y jamás haber siquiera vislumbrado esa inmensa y viviente perfección, que parecía burlarse de mi orgullo, ante la demostración de lo insignificante de mi ser. Me repugnó mi condición humana, deseé con todas mis ansias dejar ese ciego cuerpo, lleno de preocupaciones, pensamiento y demás cosas que no son más que vanalidades. Y quise ser parte de ese todo, ser viento y viajar libremente por toda la inmensidad ,y permanecer toda mi vida con la misma admiración, alegría que sentía.Quería burlarme del tiempo, atravezar ligero las selvas y los bosques, rozando suavemente cada hoja, cada tallo, cada rama, tocar parte de aquella sinfonía, ser mi propia melodía y dar aliento a las almas melancólicas. Viajar caprichosamente entre la gente, susurrarles al oído, y pasar inadvertido. Contornear la figura femenina, rozando sutilmente su piel, disfrutando del arte perfecto de la creación.Quise ser un alma solitaria adornada por el cielo, inspirada por la luz del Sol, aquella estrella que hoy me saluda denuevo. |