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Inicio / Cuenteros Locales / vaerjuma / Tajamar y piscina (a Lesu)

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TAJAMAR Y PISCINA

Las muertes que no son infinitas, no son.
Andrés Penuela Jiménez

En una noche toda desnuda de negro, en El Salvador, en la América Central, Ernesto, el hombre que escribe cuentos, está sentado junto a la piscina del Hotel Novo, con un vaso lleno de ron Flor de Caña frente a él… La soberbia noche salvadoreña es, esa noche, una cómplice magnífica de todos los sueños posibles.
Hundiendo la mirada de los ojos en el agua transparente de la piscina y dejando que el ron juegue con los ojos de su corazón abrazando a gusto sus nostalgias, Ernesto siente que desde algún territorio incomprensible la melancolía le ha ganado el alma y los sueños, y que allí, en mitad de esa noche magnífica, ha tropezado con algo que lo hace decidirse a traer a los viejos recuerdos… Piensa en Mariela, aquella gurisita de los ojos más bellos del mundo que fue su primer amor, el más inocente y secreto, y con la que compartió alguna vez, apenas, unas tortitas con azúcar negra y nunca un beso. Nunca un beso… Piensa en los amigos, compañeros de aventuras… Piensa en los años que ya nunca más serán, en los ideales que aplastó el olvido, en el tiempo gastado y extraviado; pero también en que la vida todavía está siendo, y que es suya, y que vale la pena intentar reverdecerla.
Mira más hondamente la transparencia de las aguas de la piscina, cierra los ojos, viaja, se va por un momento de esa noche de El Salvador y se encuentra en una mañana cualquiera de aquellas de Entre Ríos, mirando las aguas marrones y los camalotes y el monte de espinillos y algarrobos del tajamar de lo de Warner. Está con los amigos. Es otra vez un gurí de 6 o 7 años, un poco montaraz, bañándose desnudo, libre, feliz. No se ve ahí; está ahí…
Abre los ojos y la piscina es otra vez la piscina y no el tajamar de lo de Warner. Está en El Salvador y no en el pueblito de su infancia. La noche, sin embargo, sigue siendo una cómplice magnífica de todos los sueños posibles.
Tal vez por eso, o por otros fundamentos de la magia o de los duendes, Ruth, una salvadoreña bellamente joven a la que ha conocido el día anterior, aparece encantadoramente desde ningún lugar y se para frente a él. Ernesto la mira, la toma de la mano sin decir una palabra (ella tampoco dice nada, sabiendo), y la lleva hasta su habitación. Ella se deja llevar y va llevándolo también, pensando los dos en el encuentro de la carne que presienten y desean.
Cuando la desnuda, toda ella tiembla sin miedo, todo él es una agitación urgente y crispada.
El cuarto 318 se llena violentamente de olores maleducados, calientes, agresivos. El cuarto 318 se llena de goces y de besos jugosos. En el cuarto 318 hay caricias, quejidos, mordiscos, rasguños… El cuarto 318 conoce esa noche una humedad y una dureza nuevas.
“En busca del epicentro de su cuerpo,
Aparto los pétalos de carne
Y de inmediato
Tengo la sensación
De que abro la más jugosa guanábana”, ha leído Ernesto en un poema de Edgardo Nieves-Mieles y siente en las entrañas las palabras del poeta y, mientras su boca baja por la geografía suave y ondulante del cuerpo de la muchacha, recuerda otros versos del poeta:
“Allí,
Entre sus piernas,
Con la punta
De mi húmeda y rosada
Lengua,
Descubrí
La falacia
De que el mar
Estuviese muerto”…
La hace suya con toda la ternura de la que es capaz, pero la hace suya. Ella abre las piernas hasta lo imposible y se deja hacer mansamente, y es esa su forma de poseerlo, de hacerlo suyo para siempre…
“Que nuestro único país sea el hechizo de la piel de esta noche
Y cuanto pueda el espacio de las manos acariciar”, piensa ella, recordando el final de un poema de Steven White. Él no piensa sino en gozarla otra vez. Y así sucede…
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Puede alguien saberlo, aunque haya contado las horas y los minutos? ¿Puede alguien medir lo que ha sido consumo de almas y de amor?... La eternidad ha estado siendo toda entera en medio de los dos, tirando las sábanas al piso. No han dormido, no van a dormir. Ella debe irse y él no va a retenerla: la mira alejarse como si desde allí se fuera la mitad del universo que ahora es un hueco en su costado, la ve perderse en la noche salvadoreña. No la ve más…
Regresa a la piscina, cansado de haber amado y dolido de haber amado y ya no hacerlo, se saca la ropa y se hunde en el agua transparente buscando alivio. Cuando emerge está en el tajamar y la mañana es luminosa y desvergonzada como las de su infancia. Mariela está allí como hubiera querido que estuviera antes, lo mira desde la orilla: “¡Ernesto!” le grita, y le ofrece una tortita con azúcar negra… Se zambulle en el agua turbia y cuando asoma la cabeza el ron lo espera sobre la mesa que está junto a la piscina, y la noche es más negra que antes, y Ruth, que no se ha ido, también desnuda como él, le tiende la mano para llevarlo otra vez hasta la habitación 318… Toma una desesperada y profunda bocanada de aire, se mete en el agua buscando el fondo, y es entonces que un poema de Heriberto Montano le hunde sin querer los dedos en el alma:
“Recuerda que siempre te amaré
Aún en los días en que el gato ensucia la sala
O en los sábados cuando el vecino toca su saxofón
O en las noches cuando el tendero no fía
O cuando la niña dibuja en la pared con sus crayones
Esas torcidas casitas con chimeneas
Porque el amor es esa sustancia pegajosa que me hace
Quererte…
Decía esa letra
En un papel ajado por la soledad y el tiempo

Y no sé por qué me sentí aludido
Ausente de un sitio donde alguien
Menciona con insistencia mi nombre”…
- - -
Hay un hombre y un niño en el agua ahora mismo, uno en Argentina y otro en El Salvador. Llevan, llevaron el mismo nombre…
Ese hombre que flota, vacío de alma en el tajamar de lo de Warner, jamás ha estado ahí.
Ese gurí que flota en la piscina del Hotel Novo, ahogado y sonriente, nunca soñó que la muerte sería suya en un lejano país de Centroamérica en el que nunca estuvo…

Texto agregado el 25-07-2006, y leído por 504 visitantes. (18 votos)


Lectores Opinan
2008-06-02 02:14:26 Salomone...5,pa,uste solito. anablaumr
2007-07-11 05:07:12 Sin querer, o sí, perder de vista la total magnitud del cuento, Pablo, en verdad ........como me hubiera gustado estar en ese cuarto 318! fué orgásmico ese relato! Todas mis ***** montevideana< /a>
2006-09-22 20:48:04 Ahora entiendo porque el colega me recomendó el texto. Déjame pensar... Tus textos me dejan un sabor a no sé qué. Mezcla de varias sensaciones. Sería bueno preguntarte si tu lengua es tan hábil como aquella de la poesía... Si fuera así... Como siempre, el periodista dibujando con sus letras, invitando a ir plus ultra. Un beso. _Catalina_
2006-09-12 03:56:04 Aia...me quedé idiota. Pablo, me sorprendiste. Esto está fuera de tu constante -y siempre maravillosa- línea. Esto cala hondo. Tan hondo, que siento ganas de llorar, por Ernesto, por la muerte, y de liberación. Aia. OliveriaVol_II
2006-08-21 13:08:34 Una noche casi sentida húmeda y pringosa, pero salvaje y atrayente que incita a tomar un ron, el último ron. Genial texto!! Un saludo!***** josef
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