Calcuta... La ciudad de la alegría, la ciudad de los cuervos... Calcuta.
Puedes llegar allí cualquier verano, sin saber muy bien cómo, o sin querer recordarlo. Echar uno de esos órdagos a la vida, sin mirar las cartas que tus manos esconden. De esos que ganas, precísamente, porque no te importa ganar...Porque Lo que quieres es que todo lo que te ha llevado a esa situación desaparezca.
Es buena la excusa esa de ir a ayudar... Una ironía, porque al final, sabes que te van a ayudar a ti. Resulta que el que reparte las cartas en esta partida, siempre nos da las mejores, pero nos empeñamos en jugar sin mirarlas...
Todo, para acabar a la deriva, con un proyecto de puertas a fuera con el que la gente no pregunte y se crea que es lo de siempre, porque lo estipulado es que el que ayuda eres tú...
Y entonces te pones a buscar lo que querías... Y lo encuentras en los brazos de un moribundo, en el olor a putrefacción, en los charcos del monzón, en la belleza de la puesta de Sol en el Ganges, en las montañas del Himalaya, en la sonrisa del que no tiene nada y te ofrece todo... en la Calcuta del corazón.
En esa ciudad que, como las personas, es capaz de ofrecerte lo mejor y lo peor. Esa ciudad que parece estar rodeada de miseria, pero que es capaz de mostrar la mayor de las bellezas.
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