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Un cólico renal

Apenas recibido de médico, mientras me preparaba para entrar en la residencia, hacía una guardia semanal en una pequeña Clínica de una localidad del Gran Buenos Aires.
Esas guardias generales representaban, por aquél entonces, mi única fuente de ingresos.
El trabajo de ese día había sido continuo, con varias suturas, un par de derivaciones al Hospital Zonal, y pude comer algo recién a última hora. Dormitaba luego frente al televisor, cuando sonó el teléfono. Un reloj de pared marcaba las tres de la madrugada. El dolor atroz de un cólico renal le impedía dormir; el hombre no había encontrado a su médico de cabecera, y pretendía que yo fuera a aplicarle un calmante que le habían recetado. Aunque odiaba ser confundido en el barrio con un enfermero, accedí, pero me propuse cobrarle por la visita y por la aplicación.
Me cubrí con el sobretodo, tomé el maletín de los domicilios y salí, habiendo dejado un cartel en la puerta de la Clínica.
El aire frío me despabiló. Cuando llegué pude comprobar en su rostro contraído, que no me había llamado inútilmente. Al pedirle la medicación, afirmó con la cabeza y me señaló un anaquel donde se encontraba una caja sobre la receta del colega. Tomé una ampolla, cargué la jeringa y le pedí que se acostara boca abajo. Limpié la piel con alcohol y clavé la aguja con un golpe seco. Simultáneamente, sentí un agudo dolor en mi nalga. Me volví, sorprendido, buscando algún borde filoso o penetrante, pero nada había detrás de mí. Me froté, pensando en un calambre, y empecé a inyectarle la solución. Cuando le pregunté si calmaba, negó con un movimiento de cabeza. Todavía no podía ni hablar. Entretanto, otro dolor, más sordo y persistente que el anterior, se apoderó de mi pierna prolongándose hasta el pie.
Me senté en el borde de la cama para aguardar el resultado de la inyección. La circulación intermitente de los autos por la húmeda avenida marcaba, desde la ventana, el monótono ritmo de un tiempo que volvía sobre sí, como si quisiera demorarse ex profeso en transcurrir. Pasó una larguísima media hora y el cólico no cedía. Cuando me pidió que le inyectara otra ampolla, haciendo señas y abriendo mucho la boca pues la voz todavía se le negaba, comprendí y tuve que acceder, aunque la receta indicaba cien miligramos cada doce horas.
Torné a sentir la misma puntada de antes y me alarmé. Supuse que esta otra inyección tampoco le haría efecto. Mientras, el cuarto comenzó a girar, mi cuerpo perdió peso y una voluntad ingente de hablar me invadió. Eufórico, casi descontrolado, caminé hasta el baño para que no advirtiera mi estado, aunque parecía poco probable que escapara fácilmente de su dolorosa abstracción. Allí me acometieron unas náuseas irreprimibles.
Después de vomitar, me calmé.
Cuando volví al dormitorio, comprobé que seguía presa del espasmo renal. Desesperado, demandaba si yo no había confundido la medicación. Algo excepcional ocurría, pero me encontraba desconcertado, casi exhausto, ya sin recursos para descifrarle un significado a situación tan confusa.
Entonces, de improviso y siguiendo un impulso irracional, tomé la última ampolla de la caja, cargué una nueva jeringa y, en un arranque de inspiración, me inyecté el calmante.
A los quince minutos, su dolor comenzó a ceder, y al cabo de media hora había desaparecido.
Después de cobrarle, cuando ya me iba - bastante mareado por cierto-, le sugerí que la próxima vez consultara con su médico de cabecera, o que recurriera a cualquier otro colega; no a mí.
Salí, subí al auto, y lentamente regresé a la Clínica.
































Texto de albertoccarles agregado el 10-01-2004.
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