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Inicio / Cuenteros Locales / albertoccarles / La treinta y tres

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LA TREINTA Y TRES



El hombre empujó la puerta de entrada al salón, miró por el hueco, y más allá de las mesas vio el piano vertical, casi oculto en el fondo, escasamente iluminado. En ese momento alguien se aproximaba para tocar. Entonces, el hombre decidió ingresar al recinto. Arrastrando los pies, bamboleaba su corpulenta estructura, y el sobretodo negro le caía desprendido, descuidadamente. No era probable que lo pudiera cerrar alrededor de su recargada cintura. Bajó el cuello del abrigo, que llevaba revertido, dejando al descubierto la abundante cabellera gris. Eligió un lugar vacío cerca del fondo, y al acercarse el mozo, solicitó:
-Una botella de algún buen vino del Rin- con voz gruesa, un tanto quebrada. Hablaba hacia el suelo. Su cabeza había caído contra el pecho, y estiraba las abultadas piernas por debajo de la mesa.
- ¿Vino de dónde?- preguntó el mozo con voz aflautada, mientras sacudía mecánicamente el repasador sobre la mesa, espantando imaginarias moscas, o barriendo hipotéticas migas.
- Vino blanco del Rin- reiteró el parroquiano.
- A ver...- el mozo volteó hacia la estantería, hizo como que verificaba el muestrario de las marcas, y luego volvió a negar con un movimiento de cabeza, terminando con:- No, señor, me parece que ese vino no lo tenemos.
- Bueno....tráigame algún vino blanco, seco y muy frío.
- ¿De la casa, nomás?
- De donde sea, pero rápido, que estoy sediento.
- Enseguida, señor -. Cuando el mozo se retiraba hacia el mostrador, el pianista terminaba de ubicarse frente al instrumento. Levantó la tapa, retiró el paño rojo que cubría las teclas, frotó las manos entre sí, y luego comenzó a ejecutar una suave melodía. Las notas iban llenando el ambiente, y el nuevo parroquiano lo miraba de soslayo, mientras bebía el vino con grandes sorbos, y tamborileaba con los dedos en el borde de la mesa. Al concluir su bebida, el hombre se puso de pie con dificultad, y con tardos pasos se acercó al piano. Se detuvo junto a la caja, y apoyó un codo en el borde superior del instrumento. Entrecerraba los ojos. Parecía que soñaba.
- ¿Conoce alguna otra cosa?- le preguntó al intérprete, que en ese momento atacaba efusivamente una seguidilla de melodías ocasionales.
- ¿Cómo qué?- respondió éste, sin levantar la vista ni los dedos de las teclas.
- ¿Alguna sonata de Beethoven, por ejemplo?- El hombre hizo el pedido en voz baja, con un susurro gangoso casi ininteligible.
- No, completa no. Alguna parte de las más conocidas... a ver...- y comenzó a desgranar algunos acordes del adagio cantabile de la "Patética"; luego pasó casi sin solución de continuidad al conocido adagio sostenuto del "Claro de luna”, siguiendo con el allegretto de la misma sonata. Avanzaba con alguna dificultad con el allegro ma non troppo de la "Appassionata", cuando levantó la vista para contemplar la silueta del parroquiano, envuelta en sombras por efecto del contraluz. Preguntó:
- ¿Algo así?- Pero el hombre no respondió. Con los ojos entrecerrados, tarareaba la melodía. En uno de sus tantos tropiezos, el pianista se detuvo.
- No pare; no se interrumpa. ¡Siga, por favor!- estimuló el parroquiano.
- No recuerdo más; se me acabó el repertorio beethoveniano. Tal vez pueda sacar algo de Chopin...
- ¿De quien?...- El hombre parecía algo desactualizado, o meramente era un ignorante. De inmediato solicitó: - A ver... ¿me permite?- y se quitó el sobretodo, que dejó descuidadamente sobre la caja del piano. El músico se puso de pie, pues no se sentía con ánimo para negarle el sitio. Cautamente, miró hacia el bar. El dueño servía copas a una pareja y conversaba. Se corrió hacia donde se había apoyado el hombre, para ocultar la visión desde la barra. Entretanto, éste terminaba de acomodarse en el banquillo, para luego comenzar a tocar con violencia, exagerando los golpes sobre las teclas, fundamentalmente al ejecutar los acordes de la mano izquierda. Inclinaba la cabeza sobre el piano, como si le costara escuchar lo que producía con profusión desproporcionada. El pianista comenzó a sentirse incómodo, y observaba con insistencia hacia el mostrador. El dueño había interrumpido la conversación, y miraba hacia ese rincón, preocupado, frunciendo el ceño y empujando el mentón hacia adelante, en definitiva interrogando qué estaba ocurriendo allí, que impresionaba fuera de lo común. El pianista se volvió hacia el bar, abrió los brazos con las manos extendidas y se encogió de hombros. Fruncía los labios y el mentón, como diciendo: “No tuve más remedio; no pude hacer otra cosa.”
De pronto, el hombre interrumpió la ejecución de eso que parecía un conjunto de ideas musicales desordenadas y caóticas. Tiró el cuerpo para atrás, y estiró brazos y piernas hacia el piano. Juntó los dedos, haciéndolos crujir al presionar sus coyunturas. Carraspeó, miró al pianista con una sonrisa y le habló, como en un murmullo:
- No está muy afinado, pero se puede tocar...¿Conoce la sonata número treinta y tres, de Beethoven?
- No, ni tenía idea de que existiera. Pero... ¿no fue que escribió solamente treinta y dos sonatas? - corrigió tentativamente el pianista.
- ¿Solamente, dijo usted?- El hombre fruncía los labios y el entrecejo, desde donde surgían hacia los costados espesas y enmarañadas cejas. Parecía nuevamente en vías de ofuscarse.
- Ajá, y me parece que la última fue esa en dos movimientos, creo que la Opus 111. Ahora no la tengo muy presente, pero...- porfiaba el músico.
- No, no es así, pero no importa- gruñó tajante el hombre. Luego se ensimismó, entrecerrando los ojos, para sumirse en una profunda ensoñación. Estiró los dedos abiertos hacia las teclas y anunció, algo solemne: - Escuche esto- y comenzó a tocar con suavidad, arrimando el oído a la caja del piano, y haciendo con el torso movimientos de vaivén para acompañar los acordes iniciales, piano, espressivo, de lo que parecía el adagio de una sonata. Un simple motivo de tres notas, armónico, con sentido descendente, completado de inmediato por otro motivo también de tres notas, de carácter rítmico-melódico, pero como aspiración interrogante, invadió poco a poco el ambiente. Con cadencia rota al dar su primer nota, el bajo contribuyó a impregnar de melancólica poesía aquello que impresionaba como una despedida. (*)
El viejo piano había comenzado a rejuvenecer a medida que desprendía sonidos poco habituales, tocado probablemente por primera vez de esa original manera. Los clientes de las otras mesas interrumpieron sus conversaciones, y hasta en el mostrador del bar pareció detenerse el natural ajetreo del ir y venir de fuentes y copas. El dueño abandonó el paño con que repasaba interminablemente la brillante superficie, para escuchar con aplicación, el codo sobre la barra, el mentón sobre la palma de la mano.
Allá al fondo, desde la penumbra, la breve frase del adagio mantuvo con su indecisión la expectativa, ( con dolor los amantes se besan; quizá por última vez, el padre abraza a su hijo que parte hacia el frente con su uniforme nuevo; también la madre enciende con repetidos besos las mejillas de su hija antes de subir al carruaje ) hasta que el tema inicial del allegro rompió la calma anterior, con la enérgica disposición de algo que se impone fatalmente. Comenzó vigoroso y animado, ( las manos sacuden pañuelos, que luego de flamear al viento, vuelven presurosos a los párpados enrojecidos de emoción, a las narices húmedas de llanto; el carruaje se aleja precediendo la copiosa polvareda, el crujido de las ruedas se va apagando, al tiempo que la tristeza va haciendo nido en los corazones desolados ), y luego un segundo motivo lo completó, con carácter anhelante, comunicando una ansiosa desazón. El diseño se repitió, cuando una sombra de melancolía descendió en un instante de serena tristeza, sólo perturbada por las palpitaciones rítmicas del bajo, (una última mirada hacia donde sólo el polvo queda flotando en el aire; luego el desganado deambular hacia el interior del hogar ), y finalmente llegó una coda muy amplia, de admirable belleza. Otra vez dialogaban las tres notas con su armonía característica. La cadencia final se preparó pianissimo; un ligero rasgo en escala agudo, etéreo, señaló la postrer despedida. Por último, la vigorosa cadencia ( y la puerta retumba al cerrarse detrás de sus pasos ) perfecta, desembocó en el segundo movimiento, andante expresivo, ( La distancia acentúa la soledad, real o compartida, acrecentando una desgarrante angustia, una punzante ansiedad en el interior de quienes esperan y desesperan. Los días transcurren lentamente, sin motivo. ), donde las ideas imprecisas reflejaban sentimientos indefinidos. La tonalidad vaga realzó la poesía misteriosa y sombría del movimiento. El primer tema, interrogante e inquieto, formó la médula de la anhelante ausencia, despertando una honda y penosa emoción (Sólo las noticias de buena fortuna o de regreso cierto interrumpirían esa sensación de vacío, difícil de colmar, aunque tal vez... ), hasta llegar al segundo tema, con su carácter más abierto y luminoso, de conmovedores cromatismos, donde la melodía cantaba dulcemente, acompañada por un trémolo medido. La armonía que servía de enlace al tiempo anterior, se fijó un instante en un fuerte acorde, seguido entonces por una impetuosa ráfaga de sonoridad. El ritmo del finale, vivacissimamente, en animado movimiento ( Sí, allá se adivina una inquietante polvareda contra el sangriento ocaso. ¿Será él? ¿Volverá ella? Rápido, corramos a preparar la recepción. ¡Suenen las campanas en señal de bienvenida! ¡Urgente, alcáncenme un caballo que galoparé ya hasta ellos!... ), combinó un diseño melódico placentero, jovialmente afirmativo, ( Y el jinete parte raudo hacia el polvoriento y traqueteante carruaje que, cada vez más cerca, ya permite visualizar a los pasajeros que asoman sus rostros por las ventanillas, ansiosos de reconocer a aquél que concurre en desbocado galope a darles la bienvenida ); la melodía recogida por la mano izquierda era acompañada por ligeros y graciosos contrapuntos. Creció la intensidad hasta el forte, y el tema volvió a oírse acompañado por ágiles octavas arpegiadas. Su luminosidad irradiaba una sensación de pura alegría, hasta que, un poco andante, dio comienzo la coda con oscilaciones hondamente expresivas. Todo el pasaje, soñador, poético, reflejaba un íntimo encanto y serena felicidad. Pero la resolución no se hizo esperar, y llegó con el vivacissimo, en brusco forte ( abrazos, besos y efusivas promesas. Regocijo con el reencuentro, que, aunque breve y efímero, siempre parecerá definitivo ), y la alegría desbordante concluyó con una última cadencia, vigorosa, perfecta.
Pero, como en la reiteración de un disco rayado, el hombre regresó sorpresivamente al adagio, iniciando otra vez la melodía. Parecía que la ejecución no tendría fin cuando, antes de ingresar al allegro y quizá como retornando de un sueño, el hombre interrumpió la música y se volcó hacia atrás, levantó la mirada, enervada, y luego se puso de pie. Se dirigió pesadamente hacia la caja y allí abonó la consumición. Dejó unas monedas sobre su mesa, y luego salió, tal como entrara.
- ¡Qué curiosa manera de tocar el piano!- expresó un parroquiano.
- Me parece que eso que interpretó es bastante conocido- dijo otro.
- Sí, es una sonata fantasía, de Beethoven, denominada "Los adioses" - aclaró el pianista-. Una de las últimas, pero el hombre creía estar tocando la treinta y tres, que el gran músico, me juego la cabeza, nunca llegó a escribir- completaba didácticamente, para dar por finalizado el episodio.
Se sentó luego al piano para avanzar con la función de la noche, ejercitando los dedos en esas claras y suaves melodías de siempre, bajo
la mirada satisfecha del patrón que lo observaba, ahora sonriendo, desde la barra.
Afuera, el hombre se trasladaba lentamente, entre luces y sombras de la vereda, junto a las paredes de las casas, sin llegar a apoyarse en ellas. Arrastraba los pies como sin ganas de caminar, dificultado tal vez por la hinchazón de las piernas. Ello no le impedía tararear el tempo di minuetto moderato, última de las Variaciones Diabelli, siguiendo el ritmo con la cabeza, con los brazos, con los dedos en el aire. Se detuvo en la esquina, obligado por el semáforo en rojo. Se volvió entonces hacia el bar, y haciendo un gesto despectivo y burlón, murmuró: "Claro que esa no era la treinta y tres, manga de tarambanas y sabihondos ignorantes. Mirá que voy a tocarla para ustedes, así nomás, después de haber tenido que tomar ese vino mediocre, y en un oscuro rincón de ese cuchitril, con un piano desafinado que parecía un cascajo..."
El semáforo en verde le permitió cruzar, y lo hizo mansamente, aunque algo zigzagueante. Se entretenía entonces con el andante cantabile e grazioso de la Bagatela en Mi bemol mayor. Ya cerca de su casa y evitando vecindades indiscretas, comenzaría a canturrear los etéreos acordes del último fragmento de un adagio molto semplice e cantábile, cuya deliciosa sonoridad, temblando y disminuyendo hasta el pianissimo en cascada resplandeciente de luz, se deslizaría sutilmente -ya dentro de su casa- hacia la visión mística, sobrehumana (de una serenidad que aguarda más allá de la belleza), de una estricta fuga adagio ma non tropo, e molto espressivo, conformando, ambos temas combinados, el encabezamiento del monumental, insospechado, primer tiempo del único movimiento de la ...
















(*) Ref. : Las sonatas para piano de Beethoven, por Ernesto de La Guardia. Asociación Wagneriana de Bs.As. (1922).




















Texto agregado el 10-01-2004, y leído por 251 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2004-03-07 19:10:20 ¿Desde que lugar se comenta este trabajo?, ¿Es posible abstraerse a la magia de las imágenes que el autor invoca en el lector a partir de la música?Yo creo que sí. Que aún el lector que nunca haya escuchado la sutil melodía encuentra aquí las claves para disfrutar de la obra. Me ha sorprendido el modo conque realza el idioma gestual para consolidar las emociones y perfilar la situación. En el parroquiano cuando ejecuta, en el subirse de hombros del pianista, en el trapo que va en idas y vueltas sobre el mostrador.Es la primera escena de un film, donde desde el guión se le han dado a los actores las instrucciones para la interpretación acabada del personaje, aún con una ligera sobreactuación del parroquiano, necesaria para el desenlace.Bello. muy bello. Muy. Gracias por compartirlo. p/d, estoy segura que si quien lee el trabajo nunca escuchó los adioses, la buscará estimado. hache
 
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