Luchador incansable de tantas batallas, escuchando el fragor del combate, las súplicas de los heridos, la última plegaria del muerto, cerrando los ojos del que será un número más en el recuento de los daños en las filas.
Oidor de la palabra llorada, del grito ahogado, de la masacre desatada en el pecho penitente.
veedor de la justicia y de la injusticia de este mundo.
Celebrador de la fiesta entre los amantes, de la risa del niño, de la saciedad en el hambriento.
Hacedor de la belleza de la flor sencilla y silvestre, del perfume de mujer temprena y de mujer madura.
Perdonador eterno, etereo y si embargo el más tangible acompañante entre la vida y la muerte, entre la risa y la desesperación, entre la fina línea de ventura y desventura.
Inagotable fuente de misterio oculto, de presencia firme, de explicación innecesaria para la cual existe una sola respuesta...
"La Fe".
Sin más cuestionamientos ni mayores complicaciones.
09-01-04 |