ANOCHE SOÑE CON GABRIELA
Anoche soñé con Gabriela.
Fue un sueño lleno de imágenes confusas, desordenadas, estrafalarias… Ella se alzaba sobre los hombros del agua (un agua que había) extendiendo los brazos hacia abajo, y yo hacía dibujos con las uñas de sus pies. Algo así, parecido a los sueños de los habitantes de un mundo caprichoso. Todos los dibujos eran de color azul.
Anoche soñé con Gabriela.
Gabriela sonreía con los ojos, mientras cuatro dedos de una de sus mano, tal vez la izquierda, se extendían y se alargaban lentamente, abarcando toda mi espalda, acariciándola, haciéndola suave, cuadriculada y un tanto espesa, como si fuera un tablero de ajedrez sin trebejos, como si fuera una especie de gelatina. Todas las uñas de las manos y de los pies de Gabriela estaban pintadas de azul.
Anoche soñé con Gabriela.
Hubo en el sueño una ráfaga de aire salobre, suculento de mar: dos pulpos, una sardina, un celacanto antiguo, milenario, inextinguible a pesar de los años que pasaron sin que volviera a vérselo. Otros peces recorriendo mis tetillas, mi vientre, mi entrepierna. Y también un hipocampo pequeñísimo, vestido de arlequín, que se escondía tras unas algas altas y gruesas para que no lo encontrara el celacanto. Las algas y los ojos de los peces y del hipocampo eran azules.
Anoche soñé con Gabriela.
En el sueño sonaba una campana llamando al regreso de algo desde alguna parte. Yo sabía (y Gabriela también sabía, pero ciertamente lo recordaba con un respingo turbio) que la campana era la campana de la primera y única vez, cuando aquello mojado fue lo que estuvimos buscando antes en la ciudad, la otra ciudad, donde el río y el parque y las escondidas y las charlas en jeroglífico frente a lo establecido eran las monedas con las que pagábamos nuestra alegría. La campana era azul, y en el repique soñaban ecos color azul.
Anoche soñé con Gabriela... Después desperté malamente, malhumorado, con un sabor azul en la boca. Gabriela estaba en la fotografía de marco azul, todavía sin haber querido irse después del sueño, porque es bastante testaruda en sus ganas de quedarse en la fotografía.
Ella me mira todos los días (yo creo que me mira; soy yo quien insiste en creer que ella me mira) desde la ajada fotografía que he colgado modosamente en la ventana hace poco más de un año, y que cada día miro con una nostalgia azul que a veces me golpea tan fuerte el pecho que siento que me falta el aire azul en los pulmones, y un nudo enorme y tieso y poderoso y azul me estrecha el estómago… Todo, todo es azul cuando eso pasa.
Ella también me sonríe (yo insisto obstinadamente en ver y creer que ella me sonríe) desde esa fotografía, y sigue siendo joven y bonita y dulce y alegre, tal como la recuerdo, cuando me mira y veo y creo que sonríe. Gabriela está vestida de azul. Ella no sabe que su fotografía está delicadamente en la ventana pintada de azul. Ella no sabe tampoco que todos los días me sonríe cuando la miro. No puede saberlo, nunca ha estado aquí.
Esta noche la soñaré otra vez.
Ahora debo darle de comer a las palomas, y tomar las pastillas azules para estar sedoso y que ellos entiendan que las puertas de mi habitación y del hospicio podrían quedar abiertas todo el tiempo, que yo no querré salir porque no son azules, y porque afuera no está Gabriela… Y que no es necesario, que ya es mío y no me hace falta el azul furioso del electroshock en las sienes todos los días.
… Mañana también soñaré con Gabriela.
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