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Inicio / Cuenteros Locales / paulocho / Chuti Alberto

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- No sé si te contaron, - me decía la carta- murió Alberto Urrutia... de cáncer al estómago, en medio de atroces dolores.

Me he quedado pensando en el Chuti y entro a la memoria para verlo vivo. Qué poco supe de su vida, pero sin embargo, su esencia campesina, el tono en “la menor” de su voz cuando se emocionaba, su nariz abrupta y una brocha negra de bigote ocupan sitio en mi memoria, el mismo sitio de mi infancia y juventud, allá lejos en el tiempo: en Piñiquihue (lo que en idioma mapuche significa “Tierra de murciélagos”).

Rememorando al Chuti Alberto siento al instante el bramido ansioso de las vacas antes del corral, pesadas de leche, vaporeando en la mañana de escarcha, antes del sol. Por más que yo madrugara, Alberto ya las traía por la vega de los junquillos, inmune al doloroso frío, que yo combatía con calcetines de lana y botas, pero que el Chuti aguantaba con sus pies a la intemperie , con chalas de goma de camión y tiras de cuero de buey. Pie duro el del Chuti, sin calcetines, pie de huaso. El pasto alto mojaba “ hasta los encuentros” , como decía el Chuti, refiriéndose a un lugar indeterminado del cuerpo, donde se encuentran las piernas con el tronco.
Despertar y sentir que estoy en el campo y que el murmullo de agua corriendo es el chorrillo de la canoa de la casa, fue muchas veces la confirmación que la felicidad en la Tierra existe. Aún hoy, después de décadas, está ese mismo instante tratando de renacer en mis sueños. Pero un despertar nunca se repite y cada nuevo sueño es incapaz de confirmarme que es el despertar perdido.

Los llamados de angustia de las vacas y los terneros, ansiosos de encuentro tras la noche entera de separación, me indican que ya Alberto trae las vacas y que tengo que saltar de la cama. Si el sueño vence no alcanzaré a participar del corral. Son veintiuna las vacas, pero se ordeñan rápido, será mejor que salte ya de la cama. Algunas vacas ya estarán ordeñadas, con sus respectivos terneros atragantándose con el resto de la leche que las vacas saben guardar sólo para él, escondido en quien sabe qué rincón.
Llego soñoliento y entumido al corral, con mi jarro vacío bajo el brazo y las manos gélidas en los bolsillos. El “Chuti”, me ve y lanza su desafío de inmediato:

- Paulito, allí está “ la Cora” , llena de leche todavía. O si no, si quiere agarre “ la Negra”, ya que está al lado del portón .

Que frío cuando el sol se queda dormido detrás de los Hualles grandes ; olor a bosta fresca en el corral, aroma de baho de animal tierno; de maneas de cordel viejo. El ternero, acepta resignado la dirección de la mano que lo amamanta, manipulando su lengua, áspera y espumosa. El de tarro de leche es un ruido de chorro de teta blanda que levanta espuma al apretón de la mano. Me tomo un litro entero cada mañana, entre leche y “apollo”, aquella rara leche más rica que la leche, liberada por la vaca después que el ternero mama dos veces a punta de cabezazos .

Alberto Urrutia era un huaso fuerte. Yo, era un niño en aquel entonces, y él me parecía tan alto como un árbol. Sus manos eran capaces de demoler un monte a pura hacha y hacerlo carbón en un par de jornadas. Por eso, quedé bastante defraudado cuando el chico “Peyo Risa” - un alfeñique de 44 kilos- lo reventó a puñetes en la fiesta del 18 de septiembre en la Escuela Pública de Bellavista. El Chuti, no le hizo ni la puntería a Peyo Risa, porque, en realidad, estaba tan ebrio que, después de la pelea, se quedó dormido embetunado en su sangre y en sus secreciones de borracho fuera de combate.
Peyo Risa le aforró al Chuti, se decía, y era vergonzoso, pero ¿Cómo pudo pasar ésto?, Peyo no era más que un alfeñique, un bufón que andaba riéndose eternamente, con una mueca de risa natural que la natura le impuso. Una risa que parecía todo el paisaje de ancha y blanca cuando llegaba hasta el patio de la casa los domingos, a comprarle medio kilo de queso al abuelo Emiliano.
Y yo no comprendí por qué Alberto no estiró su mano de puros tendones y callos, de gruesos dedos de hacerle palanca a los trozos, de hacer carbón a hacha, de cortar trigo a hechona, para arrebatarle el aire de un solo combo a Peyo Risa.
Al domingo siguiente después del bochorno, el Chuti, vestido de camisa blanca, al pasar por el patio ve al chiquito hombrecito parado bajo la ramada esperando que Don Emiliano le terminara de envolver el queso. Un chispazo de rencor y tinieblas le corroe el instinto, pero no atina a nada, baja los ojos y sigue su camino. ¡Cómo no pudiste pegarle a ese petizo! – decíase a sí mismo el Chuti- y hacerle crujir los lomos al Peyo Risa. Don Emiliano y Peyo se despiden, Alberto se queda mirando como se aleja su pequeño verdugo, con su figurilla de risa por el miedo a los perros, que ya lo devoran y no se los espantamos; con su varilla de mimbre como defensa inútil ante el Nerón y el Sultán, que atacaron primero, los otros más chicos iban detrás. Al final llamamos a los perros, se pasa la polvareda, el Chuti iba pasando, con camisa blanca de domingo, y de reojo saluda a Peyo Risa. Con la cordialidad de Piñiquihue, buenos días y va su paso largo hacia las casas del bajo, chalas de camión, camisa blanca, afeitada del séptimo día. Buenos días, y yo sin entender su falta visible de rencor y deseo de revancha. Quizás, la fiesta para él era apenas una memoria orgánica, un cosquilleo de bilis agria, pero ya borrada la cuenta de los combos, los que dio, los que recibió; al final, borrado del todo, daba lo mismo.

Para el fútbol , no era muy hábil el Chuti, en las vegas cuando jugábamos apatotados, pero era incansable corredor y no se le notaba ni que respirara, pálido y tenso. Sólo emitía unos breves bufidos cuando se le escapaba la redonda y la perseguía a sablazos con las chalas silbando por encima del balón. Durante casi todo el juego corría en un prolongado silencio, ágil y tieso a la vez. Si lograba tener el balón, no vacilaba en disparar hacia donde estaba mirando, haciendo sonar los pantalones enrollados hasta media canilla, tiraba recto, arrastrado, perfecto puntete con el dedo gordo del pie pelado que sobresalía por entre los corriones de la ojota.

Eran dos los trabajadores del abuelo Emiliano en aquel tiempo: Alberto Urrutia y Arturo Bucarey. Cuando regresaban de la pega al caer la tarde, entrando por el distante portón del camino público, recibiendo de frente las últimas llamaradas del sol, Alberto aún traía el pecho levantado y le sobraban algunas carcajadas atronadoras por las tallas imparables de la conversa. Mientras que Arturo, caminaba empujando su propio cuerpo, balanceándose como buey cansado, el pellejo colorado por encima de la redonda panza, desabotonada la camisa. Habían rozado el chacai de sol a sol en el potrero del álamo.
Arturo Bucarey había estado en Santiago, trabajando en la construcción, era otra cosa, ya había usado paraguas, había andado “acosquillao” con calzoncillos sin pierna, y se había puesto chaqueta de futre. Pero el Chuti nunca había cruzado los cerros del Bío-Bío, ni adentrádose en caminos más allá de Quilaco y Santa Bárbara, pueblos tan chicos que se componen de una sola calle, Oficina de Correos, Retén de Carabineros, varias cantinas , otras pocas casas y un par de almacenes.

Son tantos los recuerdos que, al seleccionarlos, surgen episodios y rostros como de la nada, surge, por ejemplo el rostro del pequeño Carlo Beto, asustado y mojado saliendo del estero después de caerse al agua, cuando recién podía seguir el tranco de su padre Alberto Urrutia:

Iba el Chuti esa mañana de frío rocío a trabajar en el potrero del Cinco, seguido a trote pegado por el pequeñísimo Carlo Beto, su hijo de dos años y medio. Había que pasar sobre un tronco para cruzar el estero, entre las quilas y matorrales. Cruzó sin problemas por el tronco el Chuti, pero Carlo Beto se cayó al agua. El Chuti sintió el chapoteo y todo, pero no se detuvo a socorrer a Carlito Beto. El cabro se recuperaría y podría superar el barranquito, pensó el Chuti , quien era un hombre educador. Carlo Beto surgió del agua con cara de nutria mojada, serio y sin llorar, superó el barranco de la orilla, ubicó la figura de su padre que se alejaba y apuró el trote.

Me pregunto cuantos episodios en la vida del Chuti nunca podrán ser rescatados por memoria alguna, como aquella vez en que venía junto a Arturo Bucarey , regresando de vender carbón en el pueblo, cada uno con su carreta, y se les apareció una enorme luz roja viajando velozmente a muy poca distancia de ellos. Días después, repuestos del pánico, contaron que era una bola de fuego, que sintieron el calor, dijeron . Los bueyes se espantaron y no pararon de trotar hasta entrar al patio de la casa, con el zarandeo de los atónitos peones aferrados a las barandillas y la sonajera de la carreta. A ellos dos, les quedó la cara medio tostada como por el sol, pero a un sólo lado.

El caballo de Alberto Urrutia era un mulato oscuro que amansó de potrillo y le puso de nombre “El Mosco”. Este era un caballito delgado que llegó de improviso a la tropilla. Las yeguas, al principio, lo hacían huir a mordiscos y patadas. Al cabo de algunos veranos, fortalecido " El Mosco”, de pronto comenzó a ganar carreras: a la “Colorada” y a la “Sombra”, incluso le ganó una vez a la “ Furia”. Pero le faltaba vencer a la “Pildorita”, mi yegua rosilla, cuyo nombre le puso el mismo Chuti Alberto. Pensando que era una dosis pequeña de algo fuerte. A esta yegua, pequeña y vigorosa, conmigo de jinete no derrotó nadie en Piñiquihue, no lo digo por alardear sino por el simple hecho de la verdad. La “Pildorita” poseía una velocidad vertiginosa; casi siempre estaba libre en el potrero con su larga tuza blanca sin cortar, sólo era montada durante mis meses de vacaciones. El resto del año la dejábamos en el potrero del Seis, suelta a pleno monte. Ocasionalmente, la montaba la Narcisa, nuestra vecina pastora de ovejas; pero como la Narcisa era salvaje, nunca molestó a mi yegua con montura ni aperos de ninguna índole: sólo un cordel doblado a modo de bozal le bastaba.
Cierto verano, el Chuti me desafió a una carrera entre el Mosco y la Pildorita. Alberto estaba seguro que ganaría si él propiciaba los cuidados y enseñanzas especiales a su caballo. Lo prepararía durante tres días seguidos en técnicas y alimentación secretas y el Mosco vencería “cortando luz” en la carrera.
La competencia sería oficial, designamos a los jueces y se elijió la “Cancha de los Radales”, una recta del camino público con diez centímetros de trumao suelto en su superficie. Poco después de la meta, hay una bajada y una curva, antes de llegar al puente del “Lirquén”, nuestro cotidiano balneario en el río Lirquén . Cada viaje al río, la Cancha de los Radales era nuestra pista de carrera. Formábamos una estampida de varios caballos, hasta llegar al puente del Lirquén envueltos en una nube de polvareda de espeso trumao. Por lo que, era mi territorio, y la Pildorita conocía todos los pasos a dar. La Cancha de los Radales era escenario de las mejores carreras a la chilena que se hacían en Piñiquihue. Se juntaban allí jinetes engalanados y bulliciosos que se alborotaban en torno a un par de escuetos jinetes “en pelo”, quienes eran, en realidad, los bravos jinetes corredores. Estos, llevaban chala de corriones y calcetines de lana envolviendo la basta del pantalón; espolines pequeños pero afilados y una fusta de cuero curtido. Llegaban carreras “amarradas”, provenientes de todos los rincones: Santa Adriana, Cerro del Padre, Cerro Vacaechá, Piñiquihue, Quilapalos, Bellavista, Rucalhue, Loncopangue, y no faltaban los que venían del pueblo para apostar plata o simplemente para ver las carreras y las peleas
Una vez aceptado formalmente el desafío, el “Mosco” quedó atado a un palo por varios días, con bozal puesto, bajo una estricta dieta de avena y del especial entrenamiento dado por el Chuti, cuyo objetivo de barrer con el mito de la invencible “Pildorita” se lo tomaba totalmente en serio.
Varias tardes, cada vez que pasábamos con la Pildorita arreando las vacas hacia los corrales para encerrar los terneros, veíamos al Mosco amarrado. Siempre nos relinchaba , pero la Pildorita no contestaba el relincho, ocupada en morderle el lomo a aquellas vacas que perdían el ritmo monótono de la marcha del arreo. Al fin de la tarde, la Pildorita se iba al potrero, sin régimen ni entrenamiento, yo confiaba en su velocidad.
Llegó el día de la carrera, en pelo, los caballos dispuestos, recorrimos la pista retirando algunas piedras, marcamos la partida y la meta. Unos trescientos metros de pista recta, era la “Cancha de los Radales”, donde en carreras de días de fiesta corren las apuestas: a la uña del caballo, al cogote, a cortar luz; son desafíos serios, y corren también alegatos, rebencazos y argollazos en la testa cuando hay desavenencias.
El juez de partida sería Arturo Bucarey y Tito, uno de mis hermanos mayores, sería el juez de llegada. No había público ni testigos. El Mosco, lucía soberbio, hirviente, brillaba su pelaje mulato oscuro, nervioso, a los saltos, por las espuelas agudas que el Chuti le hacía rodar por los flancos y por el chasquido del azote de cuero, especialmente confeccionado para la carrera. Recorrimos toda la cancha con los caballos al paso, desde la partida a la meta y de retorno. La Pildorita no demostraba aún ni un leve entusiasmo y tranqueaba con la cabeza gacha, de caminata larga de camino al pueblo, ella veía sólo camino normal y no una pista de carrera. Miraba de reojo el alboroto del Mosco, que danzaba al compás del tintineo de las espuelas. Yo, iba a pie pelado, sin azote ni varilla, en pelo, seguro de mi yegua rosilla, porque nadie nos había ganado una carrera, de tantas que enfrentamos. Mientras observaba el espectáculo del Mosco me preguntaba si, en realidad, el mulato habría mejorado tanto de un verano a otro, durante mi larga ausencia en la ciudad. El Chuti amenazaba con ganar por cuerpo y medio. Tensos de preparativos, nos alineamos en la partida. Arturo Bucarey ya estaba agazapado a la orilla de la pista, ojo en tierra, para que la largada fuera simultánea. A un grito del juez, soltamos las riendas y ¡ nos fuimos mierda! La Pildorita salió un poco floja, por que no se había impregnado de carrera todavía, por lo que el Mosco, demasiado eufórico, se nos adelantó por un cogote al pasar la línea de largada. Anulado el primer intento, regresamos al galope al punto de partida. Habíamos llegado casi hasta la mitad de la cancha, tratando de sujetar los caballos. Repentinamente se le encendió la sangre a mi yegua; comprendió de lo que se trataba, y el aire se llenó de bufidos. Ambos corceles se miraban de soslayo, rechinando en el hocico el fierro tenso del freno y salpicando con espuma el blando letargo del trumao. Los apasionados animales se tornaban casi inmanejables, pues sólo querían liberar su fuerza por la Cancha de los Radales. Con las riendas tensionadas al máximo, regresamos a intentar otra largada. Al sentir su mordedura ardiente del freno, la Pildorita me transmitió su energía inmensurable y de un golpe se me llenó también la sangre de un reto que no había nacido aún, pero que se agolpó de súbito en las venas, de un solo impacto. Ya no vi más al Chuti ni a su caballo mulato, los sentía como una fuerza oscura a la cual había que vencer para no ser vencidos. Le apreté con fuerza los talones en las costillas a mi yegua invicta, lo que siempre fue nuestro único acuerdo, lo que bastaba para encender el fuego de una carrera. Pasé a cortar una rama de radal y la hice sonar en el aire, en las ancas a mi rosilla, en sus paletas, y ya está carajo, ¡a vencer! Nos alineamos de nuevo junto a nuestros adversarios, a los corcovos y forcejeos. Esperando el grito de largada, los caballos tiraban con fuerza descomunal de las riendas, desobedeciendo el irritante mandato de sus jinetes de mantenerse quietos otro momento más. Una vez alineados, el alarido de Arturo Bucarey no nos tomó por sorpresa esta vez, y partimos con un atronador pataleo de bestias embravecidas, a punto de volar, las piernas apenas lograban sostener al cuerpo, que tendía a desprenderse de los lomos de los corceles, en su máxima fuerza de aceleración. Pasamos igualados frente al juez y la carrera se hizo legítima. De pronto, la quietud del campo se rompió y nació la velocidad, el vértigo grandioso de la fusión con los cascos y el lomo de mi yegua. Dejé de sentir la euforia del mulato; tiré la rama de radal y me largué a los gritos, con la cabeza inclinada sobre el cuello de la Pildorita, lagrimeando por el viento que me azotaba la cara. El vértigo de ganar entraba en la garganta y salían solos los gritos. Sin un mínimo azote ni un clavo de espuela, pasamos la línea de meta en el aire, y seguimos corriendo; le seguí dando rienda a la Pildorita hasta que la Cancha de los Radales quedó bien atrás. De pronto,me di cuenta que estábamos corriendo solos, entonces tiré de las riendas y detuve la yegua. Dimos la vuelta, y, en el galope de regreso, encontramos a los perdedores. El Mosco, bañado en sudor, el semblante del Chuti agitado, ambos empolvados de trumao.

- Ave María, iñor, no le vimos ni la luz! Me gritó de lejos el Chuti, con los ojos saltones, blanqueando en su cara cubierta de tierra. El Mosco, bufaba de cansancio como un dragón, más débil que la Pildorita y, además, cargando en su lomo un cuerpo más pesado.

- La Pildorita cortó por tres cuerpos! Fue el veredicto de Tito, el juez de llegada. El Mosco ya podía regresar a pastar al potrero...


Por eso, aquel día en Chillán, regresando yo del Liceo, de uniforme azul y bolsón de estudiante, al encontrar al Chuti Alberto sentado en un sofá de la sala de estar, sin el hacha al hombro; sus pies cubiertos con zapatos para ir al pueblo y ropa de domingo, sentí que en algún lugar de la casa se había escondido el campo, con todos sus potreros, sus pajonales y sus tardes.
Buenas tardes Paulito, su mano de cayos gruesos, lavados, latentes, su sonrisa de mostacho de crin de caballo negro bajo el gancho de la nariz, más alto que todos nosotros. Vino a casa por que el abuelo Emiliano se moría. Quiso despedir a su patrón, que el quería a final de cuentas, porque el abuelo Emiliano era trabajador, de manos laboriosas y famoso por su bondad y justicia, juez de Piñiquihue.
El abuelo Emiliano, ya apenas distinguiendo la frontera entre el mundo tangible, la bruma y la luz del más allá, sentía la presencia de Alberto Urrutia en la silla, tenso por no saber qué decir o hacer, en silencio, atento a los delirios de su patrón, a sus últimas órdenes imposibles: Alberto, ensíllame la Colorada que hay que ir a rodear las vacas.- Sí, Don Emiliano!... Y yo : Alberto, me ayuda a atrapar la Rosilla para ir también?...

Después de almuerzo, mis horas de ocio, sin clases en la tarde, entonces, Alberto, salgamos a caminar un rato al centro. Chillán es una ciudad pequeña, pero la mayor que el Chuti conoció en su vida. Iba acorralado por la vereda, de espaldas contra la pared de casas, atento al tráfico de la avenida Libertad. Tuve que convencerlo un rato para que se atreviera a cruzar la calle toreando los autos, mientras éstos, apenas disminuyendo un poco la velocidad pasaban soplando los talones. Parecía un animal silvestre de asustado el Chuti.
Paseamos por el mercado, mirando los puestos de artesanía. El Chuti, media cuadra atrás, absorto, como niño contemplando un mundo nuevo.
- Tanta cosa pa’linda iñor!... Pero un poste de luz casi lo pone fuera de combate, porque su cuerpo siguió caminando mientras su cuello se quedaba atrás, mirando una montura, unas riendas, unas espuelas de clavos largos... cuando se dio vuelta ya era demasiado tarde: no pudo evitar la cabezada contra el poste de cemento.
Fuimos al cine, llegamos tarde, no importa entremos. Era su primera película, no había ido nunca al cine. La entrada a oscuras debió parecerle como caída a un pozo, puesto que encendió rápidamente un fósforo, Pa´onde vamos, Paulito. Lo tomé de la gruesa manga del chaquetón de castilla y lo guié por el pasillo inclinado hacia abajo.

- Apague no más el fósforo, Alberto, ya puedo ver, sentémonos acá. La película era de Raphael, un film mortalmente aburrido, pero después venía una de cowboys. Alberto se sentó con la butaca recogida y quedó alto como negro cerro de castilla con un sombrero encima; el tipo de atrás ciertamente no se atrevió a reclamar. Pese a que le tapaba la visual, era muy imponente la figura humana que tenía de espaldas, por lo que prefirió no decir palabra ante la terrorífica silueta.

- Hey, Alberto, baje el asiento! -le dije- El Chuti parecía mirarme con su cara en tinieblas; no decía palabra, pero le brillaba una pupila de duda.

- A ver... párese un ratito, se paró, le bajé la butaca, ahora siéntese, se sentó... en el vacío de casi medio metro, sonó seco el riñonazo en el respaldo y el potazo en el hule del asiento. Se escuchó hasta en la platea alta y la galiche. El sombrero le quedó ladeado, pero siguió mirando la película sin comentario alguno.

Raphael cantaba desde el celuloide a patita pelada en una playa, mientras la resaca le envolvía las canillas afeminadas. De las canciones, el hombre silvestre no comentó nada, pero del mar...

- Paulito, ¿Qué es eso como río grande? ...
- Es el mar... Se quedó en silencio. Miré su rostro y vi un brillo extraño en el perfil de sus ojos, era el mar que llegaba por vez primera a la visión de un hombre, un mar de telón de cine, pero el único que vió en su vida el Chuti Alberto.
La segunda película era de pistoleros, y cada vez que alguno de los bandoleros era abatido por el jovencito heroico, cayendo del caballo espectacularmente, el Chuti explotaba en una carcajada atronadora. Como el film no tenía nada de gracioso, sino por el contrario, era más bien sangriento, la risotada estremecedora de este inusual espectador, que llenaba todos los rincones del Cine Central de Chillán, era inexplicable. Sin embargo, para mí tenía sentido, puesto que en Piñiquihue, un porrazo de un jinete tiene un significado cómico para el espectador, aunque vergonzoso para el que cae del caballo. En medio del silencio del público del cine, la jocosa celebración del Chuti por cada maleante abatido de su caballo, daba a pensar, seguramente, que a alguien de la platea se le habían aflojado las tuercas. De pronto, cuando apareció la caballería del ejército yankee, con sus trompetas victoriosas, los zapatos para ir al pueblo del Chuti Alberto comenzaron a golpear con enérgico ritmo marcial el piso del cine. Concluí que el escaso argumento cinematográfico de las películas que nos tocó ver no tenía importancia alguna para nuestro huésped.

He dejado la carta sobre la mesa. Dos líneas en una hoja de papel lo mataron. No pensaba en él hace tanto tiempo que esas dos líneas, en realidad, lo han hecho revivir, por que me han hecho ir a buscarlo donde no ha muerto, al sitio vivo de mi infancia, donde no puede vencer el cáncer.

Texto agregado el 02-08-2006, y leído por 64 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2006-12-03 23:46:19 ¿Por qué Chuti y no Chute? Pienso que puede deberse a alguna voz mapuche, pero lo ignoro, solamente me acuerdo de la cueca de Roberto Parra que dice que al Chute Alberto se lo cargaron por andar 'con la jaula abierta', y 'cargarselo' en el sentido que lo mataron. El Chuti Alberto de tu cuento también va con la jaula abierta por la vida, a su manera, por su naturaleza que lo hace reaccionar al mundo lejano de las grandes ciudades que apenas logra atisbar en las calles de Chillán. Pienso en lo bello y trágico que se conjuga en su vida, el precio enorme que paga por no doblegarse ante el espíritu de la cultura invasora; este personaje muere igual que el indio de tu otra narración cuyo nombre ahora olvido: por el vicio del alcohol; pero es que el indígena no es un ser beligerante como el huinka, 'le basta con el oro que le alumbra el sol' como lo canta la chillaneja Violeta Parra, entonces a mí me resulta hermoso conocer como este huaso se inmola de manera tan hermosa, ofrendando su vida en otra dirección de la que la sociedad nos conmina albertoquilapan
 
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