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El monte de las acacias

EL MONTE DE LAS ACACIAS

Aquel día, después de almorzar, me recosté. Me había levantado temprano para trabajar con la hacienda, y sentía algo parecido al cansancio. Soñé des-pierto. Estaba mareado y la transpiración aumentaba una sensación que me oprimía el vientre. No era extraña. Desde que estaba en el campo, la sentía casi todos los días. Yo sabía que ese verano sería diferente a los otros y que algo distinto sucedería. La atracción que sentía por la naturaleza me perturbaba. Trabajar a la par de los hombres del campo me había endurecido, me había curtido. Pero la convivencia con los animales en un ambiente natural e instintivo, despertaba inquietudes en mí que me hacían envidiar la modalidad de los chicos del campo. Trece años es una edad difícil, en la cual los acontecimientos afectivos cobran valores irreales, grandiosos, inalcanzables. La sensualidad me bautizaba con su agua bendita. Volcar un tintero sobre el mantel blanco. ¿Dejará de ser blanco? La tentación y la duda ya me corroían.
Era un verano muy caluroso. Durante la hora de la siesta, el sol se desplomaba sobre los campos, las casas, los montes. El pasto se movía con un ruido animal. La humedad pegajosa imprimía voluptuosidad a todo movimiento. La quietud invitaba al amor o a algún sueño lleno de pesadillas.
Sofocado, me incorporé. El piso de baldosas, agradablemente frío, me refrescó desde las plantas de los pies. Sentado en el borde de la cama intenté ordenar el caos de mi mente. “Si ella no estuviera en
el cuarto de al lado, podría fumar”. “Un cigarrillo me
calmaría” - pensé-. De pronto, me puse las alpargatas, el sombrero pajizo y salí. Crucé el patio y caminé hacia el monte de las acacias. El silencio era completo a la hora en que los animales se amontonan bajo los montes, o duermen escondidos en alguna mata de pastos, y los hombres hacen la siesta.
A pesar del calor insoportable, sentí escalofríos en la espalda y en las piernas. Parecía que los pastos querían devorarme, castigando el empeine de mis pies. Caminé entre las acacias, que me pinchaban, complaciendo de ese modo una extraña necesidad de mi cuerpo. Los cardos, quemados por el sol de enero me dejaban, con sólo rozarlos, un reguero de espinas en los brazos y en las piernas. Nada me hería; nada me molestaba. El aire tan caldeado me obligaba a respirar como un animal en celo.
Yo sospechaba que había salido de la casa para encontrar un lugar tranquilo, donde podría fumar sin que nadie me viera. Sin embargo, los escalofríos y el ahogo que sentía, desmentían mi sospecha. Llegué a un claro del monte donde descansaban varias ovejas. El calor que emanaba de cada una de ellas era superior al mío, pues al trasluz vi que despedían un vapor
que se mezclaba con la humedad del aire. Sin saber si era casual o intencionado el encuentro, me acerqué a un árbol y me senté en el suelo, apoyándome en el tronco. Fumaba. El cigarrillo calmó la sensación de vacío del estómago. Sin embargo, al mirar el vapor de los animales, reapareció con mayor intensidad. Dudas y temores acosaron a mi espíritu. La duda de estar vivo, de ser capaz de sentir ese calor instintivo, y el terror de caer en la irracionalidad, me ahogaban.
Sin terminar el cigarrillo, encendí otro con su brasa. El humo ya no me calmaba; ni siquiera me distraía. El roce de mi espalda contra la superficie áspera y dura del tronco me adormeció. Me quité la camisa para sentir más profundamente esa sensación.
Luego, el ruido de los pastos aplastados por unas pisadas lentas, me hizo temblar. Mi respiración se entrecortó. Casi jadeante, me eché al suelo para
tranquilizarme. El sudor que goteaba por mis cejas, nublándome la vista, me hizo ver fantasmas que me rodearon. Me sequé con el antebrazo y las mire desde el suelo a través de los pastos. Comían apaciblemente. Incapaz de moverme, clavé las uñas en la tierra y esperé, observándolas con una mirada fija, obsesiva.
Encendí otro cigarrillo y aguardé, fumando, que llegara alguna orden del más allá. Sentimientos contradictorios me paralizaban. Me aferré al cigarrillo, sin pensar en otra cosa que en tragar el humo hasta la punta de los pies.
De pronto me puse de pie de un salto. Corrí atravesando cardos y ramas espinosas, sin sentir dolor alguno. En ese momento, todo cambió en el mon- te. Una multitud de ruidos, como el despertar de una laguna ante el disparo de una escopeta, produjo una enorme confusión entre los animales. Las ovejas se entrechocaron, sin saber hacia donde huir. Finalmente alcancé a una y la acorralé contra el alambrado. Con una fuerza inesperada, sacada de lo más íntimo de mi ser, la dominé. La llevé a la sombra, como el hombre de las cavernas llevaría mujeres hasta su cueva, y me senté sobre ella. En ese instante de dominio no sabía qué hacer. La realidad tan confusa no me dejaba pensar. Nuestras respiraciones eran simultáneas y jadeantes. Hasta que de súbito, sentí que algo se rompía debajo de mi vientre. Incapaz ya de
contenerme, me deslicé hacia ella, y la cubrí, presa de una gran agitación.
Todo fue ese instante, y el resto olvido. Olvidé mi propia vida para vivir ese momento con intensidad. Ese momento que ya se había clavado en mi ser como un aguijón. El monte de las acacias se asemejó al paraíso. Los árboles, cuyo nombre en el lenguaje de las flores significa amor platónico, me habían acosado, me habían vencido.
Después, el paisaje se tornó poético. Los pájaros me acompañaban con suaves cantos. Una liebre que avanzaba al galopito, de golpe se detuvo, se levanto sobre las patas, y apuntándome con las orejas, me invitó a jugar a las escondidas. El ruido y los gritos de un arreo lejano me trajo recuerdos de mi pasada vida de resero. Sentí que una eternidad me separaba de
ella.
Me recosté en el tronco de un árbol y fume con avidez. La tranquilidad me invadía. Me sentí parte de la naturaleza. Era un árbol, un animal mÁs. Al pensar en esto último, un terror oscuro me sobresaltó. Me levanté y me alejé del lugar. Sentí asco y huí, intentando esconderme del mundo. Pero el mundo estaba adentro mío. La engañosa paz anterior me entregó al remordimiento. El terror de no pertenecer ya a la especie humana, me arrastró a los abismos de la desesperación.
Dentro del esquema de la vida, no cabía la menor contemplación. El hecho era aborrecible. Sin creer que sería aceptado por las fuerzas celestes, me aferré al arrepentimiento. Pero eran gotas de vinagre en la boca del sediento. Saber que solamente así podría calmarme, aumentaba mi angustia. Era enorme mi deuda, y el acto consumado firmaba una senten-cia. Para siempre.
Con una marca de fuego en el alma, llegué al mundo de los hombres, con los cuales tomé mate a la sombra. Ellos no sabían que la maldad anidaba en
mis entrañas. Todavía me aceptaban.


Texto de albertoccarles agregado el 12-01-2004.
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