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Inicio / Cuenteros Locales / albertoccarles / Tú you toi

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Te despierto por la mañana con la mamadera tibia, que devoras con glotonería. Me gusta observar en tus ojos la mirada ausente que produce tu concentración en la mamadera. Al terminarla, abres los brazos desperezándote. Tus ojos entrecerrados piden el abrazo de los buenos días. Después te quito los pañales mojados y te paso la aburrida esponja por la cara. Comienzo a observar tu evolución mientras eliges la ropa con incipiente coquetería. Has aprendido a vestirte sola y apenas te ayudo con los botones más difíciles. Luego, te pongo de pie sobre un banco frente al espejo y te entretienes con el peine mientras me afeito y tomo el desayuno.

Salimos a la calle tomados de la mano. El quiosco de la esquina ya está abierto y compramos caramelos y cigarrillos. Al caminar, arrastras la otra mano por las paredes. De pronto, algo queda pegado en tus dedos y me los muestras intrigada. Nos detenemos para limpiarlos. Una persona, enternecida con tu pequeña figura, te acaricia en la cabeza al pasar. Te vuelves, furiosa, y después me miras ofendida. Yo reprimo una sonrisa, que podría tener serias consecuencias, y seguimos.

Al llegar a la plaza, te llevo a las hamacas, al tobogán, o haces equilibrio en los troncos que rodean los juegos. Te gusta meter los zapatos en todos los charcos que encuentras, mientras me miras de reojo. Quieres que te rete, pero no caigo en la trampa. En cambio, hago un barco de papel, que navega en algún charco junto con el borde de tu vestido.

A veces vamos al zoológico, donde están tus amigos los monos. Creo que has enamorado a uno, pues comienza a hacer piruetas cuando te ve. El león dormido boca arriba te da miedo y lástima. Crees que está muerto. Te asombras cuando el elefante absorbe con la trompa agua de la canilla, que luego sopla dentro de su boca. Te explico el procedimiento y me pides que te compre una coca-cola. Llega por fin la hora en que todo te molesta; intento llevarte sobre mis hombros, pero ya no puedo alzarte sin hacer un enorme esfuerzo. Entonces, un chupetín te calma, como los sedantes a la gente grande.

Llegamos. En el ascensor, ya alcanzas con la punta del dedo índice el botón de nuestro piso. Al salir, me quitas de las manos el manojo de llaves y corres hacia la puerta del departamento, pero aún no llegas hasta la cerradura y frunces el ceño mientras golpeas el piso con los talones.

-Más tarde, niña caprichosa y consentida- aseguro con calma. Te tranquilizas cuando te hablo. Pero al entrar eres como una tromba que todo lo arremete. Llegas a la cocina y te encierras. Escucho tus habituales gemidos del mediodía, y siento la impotencia que me anuda la garganta.

No puedo ayudarte. Espero que los dolores se te pasen, aunque un médico de niños me aseguró que no existen.

Abres la puerta y al salir, me enternece tu larga y delgada figura. Tiemblan tus rodillas. Me acerco y limpio con mi pañuelo los surcos que dejaron las lágrimas en tus mejillas sucias de la plaza. Me abrazas con una fuerza que siempre me resulta insólita. Y poco a poco tus sollozos se disuelven en una amplia sonrisa.

-Hay que preparar el almuerzo- afirmas, intentando abreviar la situación.

-Tú cocinas hoy- agrego, mientras te beso en la frente y me voy al living con el diario y los cigarrillos. Y la cocina se transforma en un torbellino de ruidosas cacerolas que van de un lado para el otro. Ya sabes leer y escribir correctamente. La escuela primaria te queda chica, y las muñecas son un recuerdo que guardas junto con la ropa de la mañana.

Cuando almorzamos, me hablas ininterrumpidamente. A veces, tengo respuestas a tus preguntas; en general no las tengo, pero te escucho con atención. Es, quizá, la hora más importante del día. Compruebo que el proceso iniciado al despertarte me sorprende al comer el postre con el comienzo de tu adolescencia.

En vez de dormir la siesta, salimos nuevamente. Ríes todo el tiempo; no puedes evitar esa hilaridad un tanto ridícula que te posee por la tarde. Vamos al cine, y lloras porque el bueno muere junto con el malo. Intento explicarte que ahora todos se mueren en las películas; no me oyes y cambias nuevamente de humor. Cuando comemos un helado, me cuentas que te encanta trepar a los árboles. Te propongo que vayamos a una plaza. El guardián, que estaba espiando, se acerca furioso. Le sacas la lengua, yo le hago el pito catalán, y nos alejamos corriendo de sus iras.

En un sitio solitario nos echamos sobre el pasto. La agitación de la carrera te ha transformado otra vez. Ya eres toda una mujer. Hablas con la voz entrecortada por la respiración:

-Te quiero, te quiero y te deseo, ya, ahora.

-Y yo te adoro desde que te encontré- murmuro casi sin aliento. Me acerco temblando hasta tu larga figura. Estoy maravillado; no puedo hacer otra cosa más que contemplarte. La línea de puntos de nuestras miradas se detiene, nos rodea sin interrumpirse hasta que surgimos del abrazo con los ojos brillantes y dilatados. Entonces nos besamos desde el interior de los labios.

Volvemos a casa. El amor es fascinante; el amor es único. Así nos parece y permanecemos unidos. Contra nuestros deseos, nos separamos para preparar la comida. Escuchamos a Mozart.

-Podríamos casarnos- propones al cerrar la puerta del horno.

-Cuando crezcas de una buena vez, y no me hagas hacer papelones en el horario del registro civil- contesto. Te acercas, te atraigo, y entretanto se quema la comida. Sin embargo, comemos los restos con voracidad. Y hablamos; hablamos del presente, del pasado, del futuro, hasta que la cafetera empieza a derramar el café hirviendo en el piso de la cocina.

De Mozart pasamos a Schumann y luego a Brahms. Y después a Los Beatles. A veces leemos juntos, abrazados boca arriba. Tú sostienes una parte del libro y yo la otra. Casi siempre terminamos las páginas al mismo tiempo; de lo contrario, el primero apura al otro de alguna manera original.

Al apagar la luz, te levantas de la cama y te acercas a la ventana, tal vez para respirar el aire fresco de la noche. La calle ilumina con suavidad el contorno de tu cuerpo y no resisto el deseo de tenerte a mi lado. Hacemos el amor, quizá por última vez en el día. Luego, el sueño se apodera de mí con una urgencia irreprimible.

-El chupete está en tu mesa de luz- balbuceo medio dormido. Asientes con la cabeza. Estás distraída, preparando sobre la cama los pañales para la madrugada.

Texto agregado el 12-01-2004, y leído por 331 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2007-10-20 21:14:42 Sorprendente. Primero el desconcierto de una niña que según avanza el cuento es mayor -he tenido que regresar al principio en cierto punto porque pensaba que no lo estaba entendiendo- y después la intriga de a donde llevaría esa situación, sin duda, bien resuelta al final. Original y muy bien escrito. Selkis
2005-06-28 20:39:58 Sos un grande!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Aguante Argentina y vos bombon callejero_g elp
2004-05-16 23:13:24 Hemos sido invitados a una leccion de literatura. Gracias por esto. Gabrielly
2004-04-30 07:14:26 Muy acertada la recomendación y muy bien llevado todo el cuento. Sigo adelante con tu obra, muy disfrutable. Vidal-Olmos
2004-01-12 19:03:44 Es la primera vez que leo un texto tan largo aqui en este Club(cuestión de vista solamente).Pero tenía que espiar si eran tan largos o parecían.Me llamó la atención el título.Empecé a leer y me resultó dinámico,seguí.Luego empezó a intrigarme y me atrapó hasta el final. Sin duda.EXCELENTE..¡¡ Mis estrellas.De verdad inquietante y muy bueno. Mónica GeorgeSand27< /a>
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