LA ENCRUCIJADA
No voy a contar ahora dónde está la encrucijada en la que ocurrió el encuentro entre “Ladrillo” Filipuzzi y Satanás, aquella noche. Simplemente, voy a hacer una crónica de los hechos que entonces se atravesaron, porque no puedo (no debo) permitir que sospechen siquiera la fascinación de comparecerse hasta allí alguna vez, algún día... Puedo sí, también, aunque parcamente, dar algunas pocas referencias y nada más: decir que había en las inmediaciones unas vías del ferrocarril, las que a su vez están cerca de un tajamar poco profundo, y que fue en las afueras de la un poco más que bicentenaria ciudad de Rosario del Tala. Eso es todo lo que voy a señalar.
La noche que sobrevino la conversación entre Octavio Filipuzzi y el Ángel Caído (tómenlo como otra referencia, si quieren) fue una noche destemplada, sin luna, de un día sábado de un año impar.
Sepan también que Octavio “Ladrillo” Filipuzzi quería ser siempre el mejor de todos, el más grande, el más amado… pero que en aquel tiempo su oficio de maestro de ceremonias en bailes y quermeses estaba declinando, debido a la proliferación de improvisados y audaces de toda laya que habían comenzado a pulular, atraídos por el dinero fácil, la conquista cómoda de mujeres y -hay que decirlo- los atributos empobrecidos por la decadencia que el aludido ya ostentaba como locutor y animador.
El tipo, sin embargo, había sido casi un dios para las muchachas y las no tan muchachas de los barrios desheredados. Era famosa su frase “esta canción está ofrendada con ternura de cebolla a mis adoradas chitrulas de pelo chuzo”, que soltaba con voz melosa, impostada y temblona, antes que la orquesta arrancara con una pieza de moda. Esas palabras habían conquistado el corazón y el alma de todas las empleadas domésticas de Rosario del Tala y sus alrededores… Pero el paso del tiempo es implacable, y “Ladrillo” ya no era ese hombretón colorado y áspero, algo cabezón, pero bien entrazado que había sido: su voz estaba cascada por los muchos cigarrillos y la muchas ginebras de las trasnoches; su vientre, excedido ya, no le dejaba prender los sacos de colores un poco subidos de tono que usaba para trabajar; su siempre bien peinada cabellera pelirroja era un recuerdo que podía verse únicamente en pretéritas fotografías…
La madrugada destemplada y sin luna de ese sábado (el sábado del año impar en que ocurrieron los hechos) estaba llegando a su fin, y “Ladrillo” regresaba ya a su pobre y solitaria casita que había conocido tiempos mejores, con unos pocos pesos en los bolsillos, con un desagradable sabor a derrota en el corazón por el desprecio de una rubia teñida, y con el olor de la desesperanza envolviéndolo como un vestuario suplente, igual que casi todas las noches que regresaba.
No supo por qué tomó el camino que tomó esa noche… Su fondeadero quedaba para el otro lado del pueblo; para el lado del río, para el lado del basurero, para el lado donde viven los pobres y su pobreza, para el lado de los desheredados y su desesperanza, para el lado de los olvidados y sus oscuras frustraciones. Para el otro lado.
Cuando salió del ensimismamiento que le poblaba la cabeza, recién se dio cuenta que no estaba donde debía; miró a su alrededor y, con una puteada a flor de labios, iba a emprender el camino inverso… Y entonces lo vio: era un hombre bien entrazado y pulcro, medio retacón y con un sombrero negro de ala ancha, requintado sobre la frente.
-¿Me andaba buscando? –dijo el hombrecito sin que “Ladrillo” le preguntara nada, ni atinara siquiera a saludarlo.
-¿Buscando? ¿A usted? ¿Por qué?...
-No sé… Me pareció que andaba necesitando alguna ayuda, y entonces me vine para que pudiera encontrarme.
-¿A que yo lo encontrara?...
-Ajá. Seguro. Eso dije.
-¿Me conoce?
-Claro. Usted es “Ladrillo” Filipuzzi, el locutor.
-¿Y usted?...
-Yo soy el que soy, para servirlo.
-¿Me está cargando usted a mí? ¿El que qué?...
-El que soy, dije.
-Mire don Quesoy, hoy no he tenido una buena noche, así que no me ande jodiendo la paciencia, ni me rompa mucho las bolas porque el horno no está para bollos…
-¿Y entonces?
-¿Entonces qué?
-¿Qué hacemos?
-¿Qué hacemos con qué?
-Con lo que tengo para ofrecerle…
-¡Y qué sé yo, don Quesoy! ¡Métaselo en el culo si no encuentra un lugar mejor, que ahí debe estar calentito y hace bastante frío, discúlpeme que le diga!...
El Demonio se puso rojo de furia, el aire se llenó de un olor penetrante a azufre, en las cercanías los relámpagos surcaron el cielo desde y hacia los cuatro puntos cardinales, una lechuza chistó lúgubremente desde la punta de uno de los palos del viejo telégrafo ya en desuso que están sembrados paralelos a las vías cercanas; en fin, que todo aquello fue una señal tras otra de la presencia del mal…
Filipuzzi ni mosqueó, ni se dio por enterado.
-¡¿No se da cuenta, zopenco de cuarta, de con quién tiene el privilegio de estar hablando?! –gritó Lucifer y se le zarandeó un poco el sombrero de ala ancha en la cabeza.
-Sí… Con un boludo gritón, por lo que veo… ¡Si yo no soy sordo, don Quesoy; no me grite desde tan cerca, que lo escucho perfectamente aunque no levante el tonito de voz!
-¿Me está cargando a mí?
-Eso le pregunté yo hace un ratito, no me copie.
-¿Usted es idiota?
-No, soy Filipuzzi… Octavio “Ladrillo” Filipuzzi, para servirlo.
-Para servirlo he venido yo, ya se lo dije…
-No empecemos otra vez, mi amigo…
-Está bien… A ver si ahora entiende: soy el Diablo, estamos en un cruce de caminos, es una noche sin luna de un día sábado de un año impar…
-¿…?
-En los cruces de caminos, antes del amanecer de un día como el de hoy, si hacemos un compromiso de sangre, puedo ofrecerle lo que me pida a cambio de su alma.
-¿Usted es el Diablo, dice?
-Sí.
-¿Me está cargando, don Quesoy?
-No.
-A ver, veamos… ¿Qué tiene para ofrecerme, ya que insiste tanto?...
-La gloria, fama, mujeres hermosas, plata… Lo que quiera…
-Un pucho… ¿Tiene un pucho?
-¿…?
-Un Colmena, negro, sin filtro… Hace más de 30 años que dejaron de estar a la venta y que no me fumo un Colmena… Si es el Malo, debe tener un Colmena, don Quesoy…
-Tengo –dijo Belcebú, y del bolsillo de la camisa sacó un paquete sin abrir de cigarrillos Colmena que le alcanzó a Filipuzzi.
-Un encendedor Carusita, ¿tiene también?... Yo siempre quise uno… ¡Pero de los originales!
-Tengo –dijo, y del mismo bolsillo sacó un Carusita flamante y brilloso, recién cargado con bencina de la buena.
-… Y un taxi.
-¿¡Un taxi, a esta hora, en Rosario del Tala y en este lugar!?...
-Sí, un taxi.
-¡Me cago en Dios!... ¡Ni Él consigue un taxi ahora!
-¿Y entonces?...
-…
-¿Y?...
-Mire, che, taxi no le puedo conseguir… ¿No quiere otra cosa, qué sé yo, una mina de esas de la “tele”, un portafolios lleno de dólares?...
-Un taxi.
-…
-…
-Así no puedo trabajar… Vaya, nomás…
-¿Le devuelvo los puchos y el encendedor?
-No, se los regalo.
-Bueno, hasta la próxima, don Quesoy, y no se me enoje…
-No, está bien. Vaya nomás…
Esas fueron las últimas palabras del Ángel Caído. Después desapareció, envuelto en una especie de nube maloliente y espesa.
Octavio “Ladrillo” Filipuzzi se fue, con paso lento y sinuoso, mirando para abajo, fumando despacito su Colmena, tratando de no pisar las bostas de vaca que sembraban el lugar. En la cara se le notaba el desencanto.
Hay cosas que son imposibles en Rosario del Tala, aún en las encrucijadas y aunque sea un sábado con una noche sin luna de un año impar.
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