Familiares y amigos iban a visitarlos al cementerio de noche, furtivamente; no les llevaban flores sino comida, frazadas y ropa limpia.
De los muertos no tuvieron miedo. Las almas en pena los acogieron en paz, solventando la pena inmensa de sus almas, pero sus enloquecidos perseguidores uniformados los buscaban para matarlos.
Llegaron!...se apagaron los motores de los patrulleros... sus pasos eran golpes atronadores en el silencio del camposanto, pero no los encontaron. Los potentes focos alumbraron desde la calle la calma pétrea de las cruces y monolitos creando sombras alargadas e informes, pero sus miradas rebotaron en los nombres grabados en las lápidas. Los muertos solidarios escondieron bien y salvaron a los que sólo querían vivir.
Mientras los muertos asesinos retomaban su ronda de búsqueda febril por las calles heridas de Santiago, los vivientes del camposanto se buscaban en las sombras, dolidos, desolados, autosepultados en tumbas ajenas para vivir . Se habían salvado otra noche más.
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