Había terminado de revisar un documento que me entregó mi secetaria, una hermosa muchacha, muy colaboradora y muy dulce, y al notar que tenía que hacerle algunas correcciones, decidí acercarme a su escritorio para indicarle los detalles.
Noté que al acercarme, la niña se ponía algo nerviosa y cuando iba a proceder a explicarle me dí cuenta del motivo de su nerviosismo. La jovencita se había echado un hermoso pedo, uno de esos vientos formidables que con su olor hace que se desprenda hasta la pintura de las paredes.
Tan bonita que se veía la niña... quien hubiera soñado que era capaz de tales cosas.
Tenía dos opciones o quedarme callado como un buen caballero y olerme su pedo completo y sin chistar o salir corriendo...
Opté por una ocpión intermedia, le dije a la niña que rezara por su alma y le pidiera a Dios , porque a estas alturas el cuerpo ya lo tenía perdido.
Anécdota de la vida real. |