“Es un niño y no sabe lo que quiere”, pensé. Su irracionalidad me hacía sentir un poco incómodo con sus ocurrencias. La última: Para ser su amigo, debía convertirme en un espantapájaros.
Yo deseaba obtener su amistad, su cariño, su confianza. Era un chico tierno, de una aparente fragilidad que resultaba conmovedora. Desde que lo vi por primera vez, me fascinó su personalidad. Entonces intenté conquistarlo con juguetes y caramelos, pero fue inútil. Insistí con otros regalos, hasta que finalmente acepté el fracaso, y le pedí que me indicara lo que debía hacer para convertirme en su amigo.
La respuesta directa fue que tenía que transformarme en un espantapájaros.
Pensé que quizá algo quieto y grotesco avivaría su imaginación, y que a través de ella podríamos comunicarnos mejor que en la realidad. Así fue que conseguí ropa vieja, junté unos manojos de paja, me pinté la cara con carbón y construí una cruz con dos gruesas ramas para tener dónde apoyarme. Después rellené los pantalones y las mangas del saco con la paja y me até a la cruz con su ayuda.
-Ahora podemos ser amigos- expresó ya convencido. Luego, tomó de mi bolsillo una caja de fósforos, encendió uno y lo acercó a las pajas que asomaban del pantalón. Alarmado, le pedí que no hiciera eso, que apagara el fósforo, pero ya era tarde. Empecé a quemarme, cuando él saltó hacia mí, aferrándose al cuello.
-Te quiero- exclamaba entusiasmado -, te quiero mucho y ahora sos mi amigo para siempre. El fuego me llagaba los miembros y se acercaba rápidamente a mi cara. Cuando se incendiaron todas mis ropas, comencé a sentir dificultad para respirar. Le imploré que se alejara, pero ya él también estaba envuelto en llamas. A pesar del fuego, permanecía tranquilo, inmóvil. A los pocos minutos, sentí que él agonizaba y presentí que mi fin estaba cerca. Las correas que me sujetaban se soltaron; intenté cubrirlo con mis brazos y nuestros cuerpos se fundieron en una sola llaga. Entonces sentí hacia él una inefable ternura; olvidé el dolor y me dejé llevar hacia una muerte que nunca imaginé encontrar. El me sonrió debajo de su carita chamuscada y acercó sus labios a los míos para besarme por última vez.
|