En la casa donde nací, en un pueblo del sur cerca de un río, pasaban cosas especiales - de hecho en ella nací , que es lo más especial que a uno le puede ocurrir –
Entre las cosas naturales, a veces en los inviernos el río se subía y el barrio entero escapaba hacia lugares más altos. A excepción de mi familia, se iban todos. Algunos se dejaban caer de allegados con monos y petacas donde algún pariente, pero la mayoría se amontonaba en escuelas o lugares de acopio de “damnificados”, una palabra nueva parecida a la tristeza. Mi padre, que era hueso duro de roer, iba evaluando el ascenso del nivel del agua y si éste se estancaba aunque a escasos diez centímetros bajo las tablas del piso, se olvidaba del asunto; se ponía su sombrero, buscaba las llaves del camión y se iba a componer improvisados grupos de rescate de damnificados. Manejando su camión ayudaba a los hospitales y barrios pobres inundados a transportar enseres y personas a lugares secos.
Nuestra casa estaba montada sobre una especie de pequeño muro de cemento, por lo que el piso de madera estaba a más de un metro de altura sobre el suelo. Nunca entró el río al interior de la casa, pero durante las inundaciones ésta se transformaba en una isla. Al abrir las ventanas parecía un raro barco que flotaba sobre aguas turbias.
Cosas naturales y visibles fueron pasando para irse olvidadas. También, aquellas cosas que cada cual sentía mientras pasaba allí ese tramo de vida. Esas cosas que muestran que existe el pasado lineal de una memoria y junto a ello algo como un árbol lleno de ramas, una red de destinos de cada uno de los integrantes de la gran familia humana, entrecruzados, paralelos, perpendiculares, unidos o separados.
Yo, nunca he tenido percepción de acontecimientos perceptibles a los sentidos que puedan estar originados en un cierto plano de hechos imperceptibles. A excepción, naturalmente, de los actos normales y cotidianos que se originan en la mente, los cuales accionan al cerebro y éste a su vez hace funcionar al cuerpo. Como por ejemplo hacer un mono de nieve o escribir un cuento o hablar. Sin embargo, en el caso de mi casa natal, cuando era niño ,conocí en ella el miedo indomable a quedarme tirado en una cama, con la luz apagada, relegado a dormir, mientras el resto de la familia aún permanecía activa en la luz de los otros cuartos. La misión de dormir calladamente era imposible hasta que no mediara un palmazo en los cachetes traseros, propiciado por la mano de Mamá. Miedo que nunca supe de donde vino ni de lo que estaba hecho. Si acaso lo provocaba algo real o lo único real era el miedo, corriendo por mi cuerpo a caballo por las venas. Tampoco he logrado saber si el miedo que pudieron vivir mis seis hermanos tenía alguna sustancia en común con éste .
Viví desde cero a siete años en esta casa esquina de Mulchén, a media cuadra del río Mulchén, por lo que no tengo recuerdos muy claros de algunos hechos o acontecimientos. Pero es parte del folklore de la familia y cualquiera de nosotros podría relatar la historia que contaré, y probablemente con matices más definidos. El caso es que una noche, mientras cenábamos en familia, estando todos reunidos alrededor de la mesa familiar , oímos que se cerró la puerta del baño, que quedaba al otro lado de un pasillo. Todos sentimos el sonido del pestillo de bronce, ya que costaba cerrarlo y era inevitable golpear el pestillo con la argolla al hacerlo, lo que producía un sonido metálico característico. Todos supimos que alguien había entrado en el baño. Muy rápidamente el sentimiento que estábamos todos cenando fue tan fuerte que nos contamos y recontamos, mirándonos los unos a los otros, verificándose la presencia de los siete hermanos que somos y la de ambos padres.
- Entró una persona al baño - pensamos todos- , pero ¿Quién? y ¿Cómo entró si las puertas están cerradas? . No hubo sonido de pasos, sólo el ruido de la puerta de alguien que entra al baño y la cierra con el pestillo de bronce. Mi padre se puso raro, serio, y adelantándose a varios que movieron sus sillas hacia atrás, se acercó al baño y golpeó la puerta con los nudillos. La luz estaba encendida y se filtraba una línea de claridad horizontal a los pies de la puerta. Nadie respondió ni abrió la puerta. Pero de pronto, antes que volviéramos a sentarnos, sonó de nuevo el pestillo y se apagó la luz del baño, pese a que el interruptor se encontraba en el lado exterior, y la puerta permaneciera cerrada. Uno de mis hermanos, haciendo gala de coraje, encendió la luz y abrió la puerta hasta atrás. El baño estaba vacío. Y era un cuarto que carecía de ventanas.
El día de la mayor crecida del río, flotaban hojas de Coigüe tranquilamente por sobre los escaños de la plaza, que estaba a tres cuadras de la ribera. Por calle Gana sólo circulaban algunos tractores arrastrando colosos. Al pasar el tractor del vecino a toda velocidad frente a la casa, las aguas se volvieron olas violentas que se estrellaron contra el portón doble de tablas del patio, volteándolo al revés, hacia el interior del garage . Los siete niños que se asomaban por la parte superior de las tablas del portón vieron venir el oleaje turbio que surgía desde abajo del coloso y desde las grandes ruedas del tractor azul. Todos reaccionaron simultáneamente agachando sus cabezas bajo el nivel del umbral superior, bajo el cual pasaron raspando las tablas del portón cortando la luz y reventando hacia adentro como un tremendo palmetazo de madera. Las olas se quedaron confusas en calle Gana después del choque contra el portón, al tiempo que el racimo de mirones de la inundación caía de cualquier forma hacia el patio inundado.
La pieza de Jorge, mi hermano mayor, era la única en la casa que contenía una sola persona y estaba situada al medio de dos dormitorios. Su puerta de acceso daba al pasillo y su única ventana mostraba la calle Gana.
Cierta noche, Jorge abrió la puerta de su cuarto con el propósito de irse a acostar. Al encender luz encontró a un perro enorme dentro de su pieza. Estaba echado sobre el cuero de conejo que él usaba como bajada de cama y lo estaba masticando impunemente. Jorge, en una ranura de claridad que se le abrió dentro del chaparrón de pánico ocasionado por la sorpresa, constató que la ventana estaba cerrada. Al iluminarse la pieza, el perro, negro con aspecto de mastín y largas orejas triangulares, dejó de masticar . Un delgado hilo de saliva que le escurría desde las fauces como tela de araña lo dejó un instante conectado al cuero . La luz y la presencia humana provocaron ira en el negro mastín y dando un gruñido saltó hacia la ventana cerrada, pasando a través de ella sin que se moviera ni siquiera la cortina. Jorge, corrió la cortina y vio que el cerrojo de fierro permanecía fijo en su hermética posición cerrada. Palpó el cuero de conejo y percibió que una parte estaba húmeda, donde se podía ver la huella de los colmillos del can.
Dice mi otro hermano mayor: Sergio, que lo visto por él una vez en la casa esquina donde nací no lo pudo clasificar entre las realidades conocidas, si acaso fue una visión de algo real o si de puro miedo así le pareció. Pudo ser también que ya se estaba quedando dormido y se le cayó un trozo de sueño a la colcha , empañándole los ojos de la cabeza para dejarse entrar hacia el interior de un sueño estando aún despierto:
Sergio, ya se disponía a dormir, de lado mirando hacia la pared. Era el cuarto en el que dormíamos cuatro de los hermanos, en una fila de camas de un largo aposento. Aquella noche, Sergio fue el primero en irse a acostar, de modo que se encontraba solo, a oscuras, volteado hacia un costado disponiéndose a dormir, en la cama del rincón. De pronto, oyó nítidamente el sonido de platos y servicios producidos por personas comiendo. Los tintineos de tenedores y platos y murmullos de conversación provenían del dormitorio mismo y no del comedor ni de la cocina. Armándose de titánico valor, Sergio inició una pausada maniobra de voltearse y mirar en dirección al ruido que estaba oyendo. Al mirar a través de la penumbra hacia el pasillo, vio a una gran cantidad de personas, una docena por lo menos, de blancas personas, con vestiduras blancas, alrededor de una ancha mesa cenando y conversando. Repentinamente, la gente blanca paró de comer, y todos al mismo pausado tiempo, se voltearon para salir a encontrar la mirada de Sergio. Uno de ellos, el que estaba en la cabecera de la mesa dándole la espalda, se paró y volteándose miró fijamente a mi hermano a los ojos. Luego, la blanca figura comenzó a acercarse a la cama de Sergio, dio un largo salto y aterrizó suavemente sobre la cama vacía de Fernando; luego, aprovechando el impulso del colchón, saltó de nuevo hacia la cama siguiente, la de Tito; luego, dando un último rechazo con los pies justo al medio de mi cama vacía, saltó hacia la de Sergio. Este, aterrorizado, se cubrió enteramente con las ropas de cama y esperó con sus nervios crispados que la persona le cayera sobre la espalda. Pero bajo sus frazadas reinó quietamente sólo el silencio y nada cayó sobre él. Cuando se descubrió la cabeza, hacia el pasillo no se veía nada, estaba oscuro y silencioso, y por sobre las siluetas de las camas no venía nadie.
La primera vez que salí a caminar desde aquella casa esquina de Gana con Unzueta, tenía entre uno y dos años, lo bastante para caminar varias cuadras. Como me fui por la vereda, al cabo de cuatro cuadras de nuevo mundo llegué al punto de partida y encontré la casa con la puerta abierta; la que yo mismo había dejado así, por lo que no tuve problemas. Pocos en casa se percataron de la excursión, nadie posiblemente, porque cuando entré a la pieza del costurero, la casual pregunta de mi mamá de donde viene tan cansado mi hijito, le hizo soltar la aguja de la mano, con la que estaba hilvanando la basta de un pantalón negro con rayas grises. ¿ Cómo que güelta manchana, Paulito? – gritó mi mamá- Acaso dio la vuelta a la manzana solito niñito por Dios?, Sí Mamita! ...
La segunda vez que salí a caminar, abandonando la casa esquina fue unos días después. Esta vez cruzando la calle Unzueta me fui por Gana hasta la plaza de armas, y de allí seguí andando por el centro del pueblo hasta llegar al mercado. Mi madre notó la ausencia, y al buscar a su hijito por el barrio, no lo encontró ni obtuvo noticias de él con los vecinos. La familia completa, los amigos y los amigos de los amigos y los vecinos con sus amigos salieron a buscar al bebé perdido. Pasó la mañana y pasó la tarde, no quedaba ni bombero ni carabinero en Mulchén sin sumarse a la búsqueda. Mi madre había llorado siete océanos de lágrimas, corriendo por las calles del pueblo, y ya había vuelto a casa a seguir llorando de angustia, cuando alguien golpeó la puerta. Mi mamá abrió la puerta y se detuvo bajo el umbral, limpiándose los ojos y luego las manos en el delantal azul marino bordado a mano por ella misma. Me dio mucha pena verla tan triste parada en la puerta sin siquiera mirarme, apenas le dijo buenas tardes señora a la persona que me sostenía fuertemente por las rodillas, apretándomelas contra su cintura.
- ¿ Es suyo este niñito?, le dijo la señora que me apretaba las piernas a un metro del suelo. Mi mamá enfocó sus enrojecidos ojos y notó que la sonrisa del niñito que traía en brazos la buena mujer era mi sonrisa de hijito pequeño y se abalanzó sobre ella abrazándome con señora y todo.
Una de las cosas raras que acontecían en la casa de Mulchén era tener de visita al Abuelito Emiliano, que aparecía a caballo de vez en cuando . Llegaba en la Colorada, usualmente, su yegua favorita, pese a lo asustadiza, mordedora y buena para las patadas que era. Aunque encerrada en el Garage, amarrada a un palo con la montura puesta, pero sin riendas, saboreando la avena después de su largo viaje de treinta quilómetros de ripio y veinte de barro, la Colorada se tornaba pacífica, tolerante y se dejaba acariciar por los niños chicos, mientras crujían sus mandíbulas y las quijadas se le llenaban de surcos.
En la casa donde nací, me ocurrieron cosas especiales. A los cinco años se retorcía la tierra con el terremoto del sesenta, el más grande registrado en la historia humana. Pese a que el epicentro ocurrió más al sur, en Mulchén, la calle de adoquines se trenzaba como un río de fuerte corriente. Se asombraron mis ojos al ver que el terreno adquiría la movilidad del agua y tiraba al suelo a mis hermanos Fernando y Tito, que competían para ver quien lograba mantenerse en pie sin apoyo. Mientras, grupos de personas clamaban ayuda y misericordia al altísimo divino.
La casa donde nací permanecerá todavía inmóvil en su esquina de calles Gana con Unzueta, en un pueblo ignoto llamado Mulchén, cada vez más vieja, seguramente más allá de mis días terrestres. No me echa de menos, no me recuerda, es como una madre, pero silenciosa y anónima, dispuesta a que la abran o la cierren, la pinten, la reparen, la destruyan o la dejen llenarse de hongos y líquenes. Siempre estará en silencio y mientras pueda, dará cobijo a quien quiera en ella vivir, morir o nacer.
|