“No espero ni remotamente que se conceda el menor crédito a la extraña y a la vez sencilla historia que voy a relatar. Sería verdaderamente insensato esperarlo cuando mis mismos sentidos rechazan su propio testimonio.”
- Edgar Allan Poe
I
El crepúsculo comenzaba a ensanchar sus ligeras alas de vapor sobre las casas del pueblo, cuando después de una fatigosa jornada llegué a Santa Rita, término de mi viaje. Santa Rita es un pequeño pueblo situado en el Departamento de Misiones, semejante a una isla rodeada de tierra, donde pasé dos de los mejores años de mi vida y adquirí fama de cazador muy bien ganada.
Mi presencia en Santa Rita después de tantos años se debía a una carta de mi viejo amigo Manuel que, sin dar más explicaciones, exigía mi pronta presencia en el lugar.
Decía la carta, en pocas palabras, que el pueblo estaba siendo victima del ataque de un animal feroz, de una bestia enviada por el mismo demonio, que sólo acometía protegida por la oscuridad de la noche, dejando a su paso despojos de aquellos que, el día anterior, habían sido animales enteros.
Reparaba en los arenales que Santa Rita tenía por calles cuando Manuel salió a mi encuentro.
Ingresamos a una de las vetustas casas triunfadoras en la batalla contra el tiempo; entonces, exigí un esclarecimiento de la carta, a lo cual mi amigo respondió:
—Déjame ir a buscar a mis vacas cerca de los esteros antes que caiga la noche, y a mi regreso te cuento toda la historia.
Pronto mi amigo se perdió entre la niebla y los sauces, surcando las enredadas calles del pueblo, rumbo a los pantanales, en busca de sus contadas vacas.
II
En el patio de la casa, los estallidos en la fogata y el canto de los grillos orquestaban la hora nocturna mientras una brisa agitaba las plantas de tacuaras y estremecía las llamas. El agua hervía dejando escapar murmullos y vapor.
Me disponía a avivar el fuego cuando Manuel se acercó con un viejo maletín de cuero y se situó al otro lado de la fogata.
La espera terminó, al fin, era la hora de la prometida historia.
—Es terrible esta situación —expresó Manuel como introducción a la historia que seguiría—. Te envié la carta para que vinieras y así contar con tu ayuda para cazar a una bestia que asecha el pueblo, perjudicando nuestros ganados y poniendo en peligro a nuestros niños y mujeres durante la noche.
—Pero si asecha durante la noche, por qué estamos aquí en el fondo de tu casa, expuestos a que ese animal salte sobre nosotros desde esos matorrales —dije.
—No, no es cualquier animal —contestó e hizo una pausa, bajó la cabeza luego alzó la vista hacia mí y concluyó—. Es un hombre lobo.
—¡Un hombre lobo! —dije atajando la risa en mi garganta.
—Sí, esa maldita bestia es don Luís.
—¿El solitario anciano que vive cerca de los naranjales de don Orue?
—Sí, el mismo —afirmó con severidad y continuó—. Todos notamos su extraño comportamiento en el barcito de doña Perla, de donde muchas veces sale nervioso y sudoroso al acercarse la media noche, casi siempre dejando un vaso con caña por la mitad o una partida de barajas sin terminar.
Una noche lo seguimos cautelosamente. Iba apresurado, tambaleando, amenazando con caer en cada esquina, pero siguió adelante hasta que, gracias a la luna llena de aquella noche, vimos su silueta perderse entre los panteones del cementerio del pueblo. Entonces, pasaron un par de minutos antes que saliéramos corriendo del lugar, aterrados por un aullido mitad animal, mitad hombre que rompió la paz del camposanto. Sin embargo, sólo el comisario del pueblo y yo nos atreveremos a enfrentar a la bestia y será esta misma noche —sus ojos se dirigieron a los míos reflejando las llamas de la fogata mientras continuaba hablando—, por eso apresuré tanto tu presencia.
Introdujo su mano en el viejo maletín de cuero y extrajo de él un revólver y pasándomelo dijo:
—Eres el mejor cazador que ha pisado Santa Rita y serás de gran ayuda para el pueblo si aceptas participar de la cacería de esta noche.
Tomé el revolver sin decir nada, aún no terminaba de creer lo que decía mi amigo.
—Es una maldición —continuó Manuel bajando la mirada al fuego—, todo esto empezó después de que un camión de cargas se llevara por delante la parroquia de Santa Rita.
Yo, no compartía su idea. La destrucción de un templo donde se adoraba a ídolos de piedra y barro no podía traer menos que bendiciones al pueblo.
III
La negrura de la noche y la luz tenue de la luna combatían por un lugar en la calle, el punto de reunión, donde nos hallábamos esperando al comisario que, poco después, se presentó disculpándose. El comisario era el único personal policial en el tranquilo pueblo de Santa Rita. Llegó acompañado solamente por una vieja escopeta, que según él, su padre había utilizado en la Guerra del Chaco.
Nos dirigimos rápidamente al barcito de doña Perla donde, sin duda, todavía se encontraba don Luís. La mejor jugada era, amarrarlo y encerrarlo en el siempre vacío calabozo de la comisaría.
Cuando llegamos al bar, doña Perla se disponía a colocar el tercer candado a su portón de hierro. Luego, haciendo una señal religiosa y nombrar a algunos santos comentó que don Luís ya había salido rumbo al camposanto.
Desenfundamos las armas y corriendo nos perdimos en la oscuridad. El cementerio se encontraba a escasos metros del lugar.
No tardamos en llegar frente a los lúgubres panteones. El sitio de la bestia estaba iluminado tenuemente por el brillo de la luna.
De pronto, encima de un gran mausoleo azul, se posó la terrible bestia oteando el horizonte nocturno sin advertir nuestra presencia.
Su forma humana no había cambiado del todo, se podía percibir al hombre debajo del grueso manto de pelo que lo cubría. Sin embargo, hasta ese momento era sólo una sombra macabra.
El comisario se me acercó cautelosamente y me murmuró al oído:
—Manuel y yo encenderemos las linternas con dirección a la bestia —me tocó el hombro y agregó—. Que sea un tiro certero.
Di mi aprobación a la táctica y me coloqué en posición. Lo tenía en la mira, sólo faltaba la señal para que la bestia cayera. Aún en la oscuridad podía darle en la cabeza.
—¡Ahora! —grito Manuel y las dos linternas cegaron al monstruo que, en ese momento, intentó cubrir su rostro con una de sus peludas manos, en la otra tenía fuertemente sujeto un machete.
La intensidad del momento apenas me dejó pensar en aquel hombre aquel que se había convertido en animal. A pesar de su pelaje de perro y cuerpo de gorila, la bestia adquirió un aspecto muy humano al blandir un machete.
Al último segundo decidí dispararle en la pierna. El tiro fue perfecto y la bestia cayó pesadamente desde lo alto del panteón dejando escapar un rugido seguido de un sonido seco al dar en el suelo.
Corrimos hacia el caído pasando por pasillos de panteones y cruces. Y por fin, allí estaba el herido, derrotado, caído como un soldado en el campo de batalla. El machete yacía en el suelo cubierto por el polvo del cementerio.
La bala apenas había rozado su pierna izquierda dejándole una línea roja bajo su pelaje de animal. A causa del disparo perdió el equilibrio y cayó quedando inconsciente por el golpazo contra el suelo. Seguía vivo, aunque, olía a uno más de los habitantes del camposanto.
Después de una pequeña discusión sobre el destino final del hombre lobo, finalmente, Manuel creyó conveniente llevar a la bestia a su propia casa. Dadas estas circunstancias, era mejor esperar el amanecer, cuando la bestia recupere su forma humana, para entablar un juicio.
Lo atamos con una cuerda de pies y manos, lo tomamos como a un cuerpo muerto y lo trasportamos hasta su vivienda. Al llegar allí, lo depositamos en una de las habitaciones, la cual cerramos con llave. Todas las otras puertas y las ventanas de la casa las cerramos también.
Acordamos un encuentro al amanecer frente a la vivienda cerca de los naranjales. Don Luís ya debería haber recuperado sus semblanzas para ese entonces.
IV
Clareaba el nuevo día, los naranjales estaban cubiertos por una espesa niebla que al pasar las horas iría huyendo de la luz del sol. Manuel y yo llegamos a la casa donde ya se encontraba el comisario esperándonos. La puerta de la casa seguía cerrada como habíamos acordado.
Una vez reunidos los tres, el comisario procedió a abrir la puerta principal de la casa. Ingresamos cuidadosamente y escuchamos ruidos en la habitación donde habíamos dejado a la bestia.
—¡Sáquenme de aquí! —decía el grito proveniente del cuarto. Parecía evidente que don Luís había recuperado su forma humana.
El comisario abrió finalmente la puerta de la habitación y entramos. Nuestras miradas se clavaron en el ser horrible, peludo y maloliente que yacía en el piso, atado de pies y manos.
Un revolver y dos escopetas apuntaron su cabeza. La bestia, enmudeció, achico los ojos y bajó las orejas.
Uno buscó una razón en la mirada del otro. Observamos al animal que no había recuperado su estado humano. El comisario hizo un gesto con la cabeza, y pasamos a la habitación contigua.
Una vez allí, cerramos la habitación de la bestia y el comisario sorprendido preguntó:
—¿Qué vamos a hacer? —hizo un gesto con las manos y agregó— ¡Ya es de día!
—Tiene que haber una explicación coherente a esta situación señores —dije tomándome la barbilla.
—Tengo la solución —dijo el comisario sacando el seguro de su escopeta—, es un monstruo peligroso, y voy a acabar con él.
—Pero no es un hombre lobo —dije tomándolo del hombro—. A esta hora debería haber perdido esas características —dije observando mi reloj.
Dirigimos la mirada hacia Manuel y él sólo encogió los hombros.
En ese instante la voz del animal se volvió a escuchar desde la habitación cerrada:
—Déjenme explicarles, por años he escuchado sus confesiones, dejen que hoy yo me confiese —dijo.
El comisario volvió a hacer la señal con la cabeza, esta vez para ingresar junto a la bestia. Así lo hicimos.
Sentamos al animal en una silla y luego de muchas súplicas, de su parte, le desatamos las manos. Prometió explicarnos todo lo que estaba ocurriendo si tomábamos asiento y dejábamos de apuntarle con las armas. Así lo hicimos y no tardó en empezar a narrar la historia en los siguientes términos:
—Recordarán ustedes que un camión embistió contra la iglesia del pueblo destruyéndola por completo —decía mientras reproducía la escena con las manos—. Esa madrugada yo me encontraba desvelándome sobre uno de mis libros en el estudio contiguo a la capilla, cuando sobresaltado por el estruendo me levanté y observé que del techo empezaban a caer barriles, parte de la carga del camión.
Muchos de esos barriles se rompieron contra las vigas del techo, bañándome con su contenido líquido y desde entonces me encuentro en esta forma —dijo la bestia entre sollozos, cubriéndose la cara con las manos.
A medida que íbamos escuchando la historia, fuimos descubriendo su verdadera identidad. Era el cura del pueblo que había sido victima de una transformación debido a su exposición a sustancias tóxicas usadas en fumigaciones de cultivos, sustancias que sólo se transportaban en horas de la madrugada.
V
El silencio se apoderó de la habitación, roto sólo por los sollozos del hombre-animal que, después de unos minutos de silencio, alzó la mirada y continuó:
—Me aproveché de la superstición de los pueblerinos y de don Luís, a quien, una noche encontré caminando en las cercanías del cementerio, confundido por el alcohol. Le dije que si no iba todos los martes y viernes, por la noche y esa hora al cementerio, yo iría hasta su cabaña. Y, que no le gustaría mi visita.
Se detuvo en este punto para extender sus manos.
—Observen —exhibió sus uñas carcomidas que, no poseían la fuerza suficiente ni para desquebrajar la cáscara de una naranja.
—¿Y como explica la muerte de los animales destrozados? —Inquirió el comisario alzando la voz.
La bestia se entristeció y bajó la cabeza.
—Bueno —contestó y bajó sus orejas de perro—, no podía ir a pedir un plato en el barcito de doña Perla y tampoco podía comer cadáveres —quedó pensativo.
—Una noche —continuó—, iba cruzando los naranjales de don Orue y tropecé con un machete que uno de sus trabajadores olvidó clavado bajo uno de los naranjos. Con ese instrumento y preso del hambre fui a cazar. Imagino que entenderán la situación —concluyó.
Un estruendo se escuchó en la entrada de la casa, nos pusimos de pie y la bestia alzó las orejas. Por la puerta ingresó don Luís oliendo a caña y todavía mareado. |