Una vez muerto, lo que sintió fue vergüenza. Siendo un alma en pena descubrió que podía meter sus narices en cualquier lugar, que podía espiar, no, espiar no, mejor dicho, que podía sentarse cómodo a observar la función gratuita de las miserias humanas que los vivos se esfuerzan en esconder en las cuatro paredes de sus casas. Para él y otra miles de almas erráticas ya no existían paredes ni rincones ocultos.
Sintió vergüenza cuando descubrió que los que habían llegado antes que él a vagabundear con la muerte ya conocían todas sus miserias… y sus miserias eran las más miserables. Los fantasmas lo miraban de medio lado, con sus ojos vacíos, de muerto, con disimulo, pero conocedores de sus puntos débiles.
Percibió la resignación de los muertos: aceptar que no estamos solos, ni siquiera en la intimidad del olvido.
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