EN EL CAFÉ LOS AMIGOS
Un tipo se acoda en la barra, pide café
y se pone a leer el diario.
Antonio Dal Masetto
Crónicas argentinas
Es una hora perdida de un invierno que me arrincona contra las tripas una destemplanza que no es el frío, en una madrugada incierta en Buenos Aires. Es miércoles. Estoy solo en el café Los Amigos, sin los amigos de siempre, que se han ido buscando enflaquecer en el sueño una soledad parecida a la mía, y que también los fastidia. Por la calle que se ve a través del ventanal hace rato ya que no cruza nadie. El humo de mi cigarrillo porfía en espirales indecisos que se deshacen en el aire; un aire espeso que se deshace a su vez en olores rancios y calientes… Pido una ginebra más al mozo, y quiero creer que es la última. Es, como he dicho, una hora olvidable y yo, en la ciudad indiferente, soy un hombre solo, desdibujado, nadie, buscando borrar de la memoria otras madrugadas parecidas a ésta.
La mirada de la luna está escondida detrás de unos deshilachados borrones de nubes. La mirada de la luna es otra ausencia…
Esa, que entra de repente trayendo el frío de la calle en la ropa, es una que no conozco. Hermosa (así, como sólo deben ser hermosas las mujeres en las madrugadas en las que uno es nadie), viene directo hasta mi mesa y se sienta, sin saludar ni pedir permiso.
-¿Ya lo sabés? –me pregunta, y pide un café con uno de esos gestos de las mujeres, pequeñitos, suaves…
La miro detenidamente, tratando de adivinar si la he visto antes en alguna parte, si es alguien que no recuerdo porque no quiero recordar, como a veces me sucede, pero no; no es una mujer que yo conozca. Tampoco sé de lo que habla. Pero es hermosa.
-Sí –le contesto igualmente, siguiéndole lo que supongo es un juego, y calculando que puede ser una de las tantas almas perdidas; una de esas que sobran en las madrugadas de Buenos Aires, como yo.
-Ah, ya lo sabés.
-Sí, sí… Ya lo sé.
-¿Y?...
-Nada; que ya lo sé… Lo demás importa poco.
-Es verdad… Lo demás importa poco...
Llega el mozo con el café, ella lo mira y le sonríe con otro gesto pequeñito, suave. Echa después dos sobrecitos de azúcar en su taza, revuelve el café y, mirándome a los ojos profundamente (como sólo pueden ser profundas las miradas de una mujer en las madrugadas en las que uno, perdido en una ciudad ajena, es nadie), me pregunta:
-¿Nos vamos, entonces?...
- Y sí, nos vamos –“Qué más da”, pienso.
Se levanta de la silla de madera oscura y gastada del bar Los Amigos, me tiende la mano mientras sonríe (parece que siempre sonríe) y yo me levanto para seguirla.
Mi cuerpo queda ahí… Tengo los ojos abiertos y lejanos, como si mirara por el ventanal esperando que pase alguien, tal vez alguno de esos amigos que ya se han ido. Tengo el cigarrillo todavía encendido entre los dedos. Tengo un gesto que no sé precisar y que me parece una sonrisa en la boca…
Esa ginebra fue la última y está sin terminar. Ahora lo sé, realmente lo sé. ¡Mierda si lo sé!… “Así que esto era todo, entonces...”, me digo… Nos vamos.
Un tipo entra, se acoda en la barra (no nos ve, no puede vernos cuando nos atraviesa al entrar y nosotros salimos), pide café y se pone a leer el diario.
Eso es todo.
Es miércoles.
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